Llevo semanas preparando esta cita. Nuestro primer aniversario. He reservado en tu restaurante favorito, he comprado un conjunto de ropa interior que me ha costado una pequeña fortuna, pero te va encantar, lo sé, lástima que no vaya a sobrevivir a esta noche. También he comprado un vestido de los que te gustan, negro, con un escote de vértigo en la espalda, lleno de paillettes y sin cremallera. Otra pequeña fortuna, pero me sienta tan bien, me siento muy sexy y me muero de ganas de ver cómo tus ojos recorren mis piernas desde las sandalias de tacón hasta el borde del vestido. Parecen kilométricas. Me he esforzado en taparme la ojeras y me he rizado el pelo, como te gusta. Lo tengo todo calculado al milímetro. He dejado preparado mi pequeño apartamento para después de la cena. He puesto velas en el dormitorio, un cedé con música suave, las sábanas limpias y un par de sorpresas.
Llego puntual, pero tú no estás. Le pregunto al maître, dice que aún no has llegado y me acompaña a una mesa. Aparecen veinte minutos tarde, resoplando y aflojándo el nudo de tu corbata. Vienes directo del despacho, maldiciendo, cabreado. Ni siquiera me das un beso y yo me hundo un poco, pero me recuerdo que no puedo hacerlo, es nuestra noche y vamos a disfrutarla. Pasas un cuarto de hora contándome las idas y venidas de la oficina y finjo que te escucho, que me importa, aunque en realidad sólo asiento y sonrío. Me miras mal y me echas en cara que te ignoro. No sé muy bien cómo, pero consigo resumir todo lo que has dicho.Tus hombros se relajan y te escondes detrás de la carta fingiendo que no sabes qué vas a tomar, podría recitárselo yo misma al camarero. Tartar de atún, ensalada templada de gulas, y tiramisú. Para mí una capresse sin aliño y con poco queso, no quiero engordar. Me lanzas una mirada asesina cuando paso a la página de los postres dispuesta a pedir algo, no pasa nada por una noche, pero me reprimo y sonrío entregando la carta al chico que nos atiende. Es jóven, unos treinta años, tiene los ojos azul intenso y su piel es suave, lo sé porque me ha rozado al darle la carta. Pones mala cara y me excuso, sólo quería ser educada.
Evito mirar al camarero cuando vuelve con los platos, me concentro en el entramado del mantel. Veo por el rabillo del ojo cómo asientes mientras te enseña la botella de vino que has elegido y la pruebas. El chico se aleja y doy un sorbo a mi copa de agua.
- Estás muy guapa - sonríes.
- Gracias - sonrío. Y alabo tu traje, sé que es nuevo porque hoy tenías una reunión muy importante y siempre estrenas traje en las reuniones importantes. Llevas el alfiler de corbata que te regalo tu madre por Navidad. Y los gemelos de tu padre. Nunca te pones los que te regalé yo, parece que no te gustaran.
Gimes de gusto cuando das el primer bocado. Ese restaurante es siempre un acierto. La botella de vino se acaba, yo apenas he tocado el agua y alargo mi ensalada. Noto que el camarero me mira con pena, pero me da igual, así está bien. Te tomas tu tiempo con el postre y yo miro de reojo deseando que me des a probar, pero tu plato se vacía y esta vez tampoco he podido hacerlo. Pides la cuenta y rebusco el monedero, pero dejas la VISA en el platito y niegas con la cabeza, así que me excuso y me levanto para ir al aseo antes de marcharnos. Noto tu mirada quemarme la piel desnuda que deja el escote del vestido y se me encoge el estómago. No es la reacción que esperaba.
Cuando vuelvo a la mesa te quitas la chaqueta y me la echas por los hombros, me agarras del codo, fuerte, me haces daño, y gruñes entre dientes que cómo se me ocurre ponerme ese vestido.
- Todo el mundo te mira - farfullas y yo me cubro, avergonzada. Lo dices por mi bien, lo sé, voy rpovocando y algún día tendremos una desgracia.
Casi me empujas dentro del coche, aprietas la mandíbula, estás cabreado. Repito mil veces que lo siento, que no volverá a pasar, que tiraré el vestido a la basura. Respiras aliviado y me miras con ternura, posando una mano en mi rodilla. Vuelves la vista a la carretera y reconozco el camino a tu casa. Quiero hablar y decir que vayamos a la mía, pero ya estamos lejos y se ha hecho tarde. Además, tu mano ha subido unos centímetros y se ha colado bajo la tela del vestido, casi roza el encaje del tanga. Te miro de reojo y reconozco tu sonrisa lasciva, bajo la vista y veo el bulto bajo tus pantalones. Me humedezco por instinto y subes un par de centímetros más.
Cuando entramos en tu piso el vestido vuela por los aires y el tanga se convierte en un girón de tela en el suelo de tu salón. Juro que me duele oír cómo se rompe. Me devoras la boca con tanto ansia que no presto atención a nada más. Sacas mis pechos del sujetador y los amasas a manos llenas. Aprieto los muslos, impaciente. Bajas mordiendo mi mandíbula, el cuello, hasta llegar al pezón. Duele, joder, pero no me quejo, no puedo. Una de tus manos se ha colado entre mis piernas y acaricia mis labios, abriéndolos. Cuelas un dedo dentro de mí. Otro. Me haces daño, pero sólo gimo.
Aún no sé cómo hemos llegado al dormitorio.Has lanzado tu ropa por el pasillo y estoy tirada en la cama, con las piernas abiertas, el sujetador mal puesto y los ojos cerrados. Te cuelas de una estocada, gruñendo. Ni siquiera esperas que me acostumbre a la invasión. Sólo empujas, fuerte. Me tenso y trato de concentrarme en disfrutar, pero sólo sé que duele. Cada empellón es como una puñalada. Mi cuerpo menudo rebota en la cama cada vez que entras en él. Intento tocarte, hacer que frenes, pero no me sale la voz y has sujetado mis manos por encima de la cabeza. Aprietas mis muñecas con una de tus manazas y la otra me agarra del cuello con una leve presión. Aceleras los movimientos, siento que me rompo, me desgarro. Duele. Joder. Duele. Sollozo y vuelvo la cara, pero me obligas a mirarte. Tu expresión de éxtasis cuando explotas es como una bofetadas. Me llenas de líquido caliente y das dos empujones más antes de salir. Quiero irme corriendo, pero te desplomas sobre mí, no puedo moverme. Me besas con ansia y, cogiéndome de la mandíbula, me miras fijamente a los ojos.
- Esto es mío - gruñes. - No quiero que nadie más lo mire.
Desapareces en el baño y yo me hago un ovillo. Cuento con los dedos y rezo. Joder, ¿por qué no te has puesto un condón?
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Duele. Me retuerzo de dolor. Hace media hora que te he llamado. He roto aguas, joder. Noto cómo su cabecita empuja, pero me has pedido que no llame a la ambulancia, has dicho que llegabas enseguida y que limpiase lo que se había manchado. Ni siquiera he llamado a mi madre. Entras como un huracán y haces inventario. No me dices hola, no preguntas ¿qué tal?, sólo miras que esté todo limpio y recogido antes de bajar al coche y llevarme al hospital.
Me llevan a una habitación y dices que bajas a comer algo. Murmuras que te he sacado de una reunión, que soy una inútil inoportuna, pero finjo que no te oígo. La enfermera también hace como si nada. Me ofrece un vaso de agua y dice que hay que esperar. Y espero. Una hora. Dos. Tres. Duele. Me llevan a una sala que huele a desinfectante y me colocan en una máquina de tortura. Pregunto por ti, nadie sabe dónde estás. De repente, deja de doler. Escucho voces que me dien que respire, que empuje, que ya sale, ya veo la cabeza, un pequeño empujón y saldrán los hombros. La oigo llorar. Es preciosa, diminuta y llena de sangre. Salen a buscarte, pero no apareces. Tardas cuatro horas en hacer acto de presencia en el hospital.
- ¿Dónde estabas? - murmuro, para no despertar a la niña.
- A ti qué te importa.
Me encojo, hueles a alcohol y te acercas a la cuna de mi pequeña. Quiero impedirlo cogiéndote del brazo, pero me apartas de un manotazo y te inclinas sobre la cuna. Sólo rezo porque no le vomites encima. La miras con asco y veo una de tus manazas acercarse a su cabezita. Salto de la cama y llego antes de que la toques, pero me empujas y caigo contra la pared. Acaricias su carita con delicadeza y me miras con repulsión.
- ¿Cómo puede salir algo tan bonito de una puta como tú? - gruñes. Y la enfermera que entraba en la habitación sale sin mediar palabra, con la cabeza gacha. Veo el desprecio en tu mirada, sigues sin creerte que nadie me toca, nadie más que tú.
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Mi madre ha venido a vernos, le he dicho que tendrá que irse antes de que vuelvas, que estás muy cansado y estresado y no soportas las visitas. Dice que tengo mala cara y estoy más delgada, debería verme sin maquillar y con menos ropa. He conseguido disimular muy bien los moratones, llevo el cuello tapado con un pañuelo y un jersey gordo para que no vea cómo se me marcan las costillas. Me tomo el antibiótico en la cocina y vuelvo con el café. Me quejo un poco al sentarme y me mira interrogante. Le digo que me tiran los puntos porque no puedo contarle la verdad. No puedo decirle que anoche volviste borracho y me follaste. Después miraste con asco las sábanas llenas de sangre y fuiste a lavarte mientras yo las lavaba y rezaba por parar de sangrar o por no parar y morirme.
Estoy preocupada porque no me sube la leche. Mi madre dice que es normal, que soy primeriza, estoy nerviosa y que, cuando me relaje, todo fluirá, pero no quiero coger a la niña y es ella quien tiene que darle el biberón. Miro el reloj y la apremio a marcharse, llegarás enseguida. Lo recojo todo antes de que entres por la puerta. Me encuentras preparando la cena, pero no te acercas. Saludas a la niña, que duerme despreocupada en su cunita y, después, entras en la cocina como un elefante en una cacharrería. Me coges de la cara y preguntas qué hago maquillada y vestida. Miento. Te digo que he ido a dar un paseo con la niña y me das una bofetada. Te marchas dando un portazo y juro que respiro al pensar que puede que no vuelvas esa noche.
Me acuesto en mi lado de la cama, bien al borde, sin dejar de mirar la cuna de la niña. No puedo dormir. El estómago se me encoge cuando oigo que tanteas la cerradura y consigues abrir. Cierras de golpe y te tambaleas hasta el dormitorio. Una lamparita se cae por el camino. Entras en la habitación golpeando la puerta contra la pared. La niña se despierta, llora, y tu te inclinas sobre la cuna, gritando.
- ¡Cállate, hija de puta!
Sólo reacciono cuando te veo con un cojín en las manos. Te veo las intenciones. Te empujo y grito que te alejes de mi niña, pero me das un manotzo que hace que me caiga y me golpee la cabeza. Cuando recupero el conocimiento no estás y la niña no llora. Me acerco asustada a la cuna. No se mueve. Me agacho sobre ella. No respira. Está fría. No respira. El dolor no me deja gritar. Aprieto su cuerpecito y tanteo sobre la mesita hasta dar con el teléfono.
- Ha matado a mi niña - es todo lo que acierto a decir.
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Estoy acurrucada en la cama. Las sábanas blancas. Las paredes blancas. Voces y ruido de pasos. Hay una mujer sentada en una silla junto a mi cama y un tubo que va de mi brazo a una bolsa llena de un líquido que, dicen, me calmará el dolor. Pero nada me calma. No deja de doler. Intento alcanzar la ruleta que sube la dosis, pero la mujer me para y aleja el gotero.
- Quiero morirme - murmuro.
Reconozco a mis padres a pesar de que tengan la cara descompuesta. No quiero mirarles. Soy una vergüenza que ni siquiera es capaz de cuidar de sí misma. He matado a mi niña, me repito.
- Nadie te culpa - dicen todos.
Mi madre se sienta al borde de la cama y me acaricia el pelo. Mi padre habla con la mujer, es enfermera, que va a llamar al médico. La doctora es una mujer de unos cincuenta, con el pelo rojizo y la cara rechoncha. No se anda con rodeos. Veo a mi padre caer en la silla, con la cara entre las manos. Mi madre hunde la cabeza en mi regazo y me pide perdón. La doctora sigue hablando. Se abre la puerta. Reconozco tu olor aunque no pueda verte. Mi padre se abalanza sobre ti hecho una furia, te agarra del cuello, estampándote contra la pared.
- Hijo de puta. Maldito hijo de puta - brama cuando los de seguridad le apartan de ti. Os arrastran a cada uno en diferente dirección y dicen que vendrá la policía, que te detendrán y nos tomarán declaración.
La doctora se agacha frente a mí y dice que no tenga miedo, que ya pasó todo. Y a mí me gustaría creerlo.
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Llevo semanas preparando esta cita. Nuestro primer aniversario. He
reservado en tu restaurante favorito, he comprado un conjunto de ropa
interior que me ha costado una pequeña fortuna, pero te va encantar, lo
sé, lástima que no vaya a sobrevivir a esta noche. También he comprado
un vestido de los que te gustan. Otra pequeña fortuna, pero me sienta tan bien, me siento muy sexy
y me muero de ganas de ver cómo tus ojos recorren mis piernas desde las
sandalias de tacón hasta el borde del vestido. Parecen kilométricas. Me
he esforzado en taparme la ojeras y me he rizado el pelo, como te
gusta. Lo tengo todo calculado al milímetro. He dejado preparado mi
pequeño apartamente para después de la cena. He puesto velas en el
dormitorio, un cedé con música suave, las sábanas limpias y un par de
sorpresas.
Llego puntual y me estás esperando en la puerta. Me encojo un poco cuando colocas una mano al final de mi espalda antes de darme un ligero beso en los labios. Retiras la silla y dejas que me siente primero. Repasas la carta, aunque ya sabes qué vas a tomar. Le pides al camarero una botella de vino blanco, mi favorito, y dos cucharillas para el postre. Sonríes, me preguntas qué tal el día, qué me ha dicho el médico y cómo ha ido la visita a mis padres. Te cuento que he quedado con unas amigas cuando he salido de la consulta y hemos ido a tomar algo. La botella de vino se acaba y pides otra. Llega el postre y me cedes la primera cucharada, es tarta selva negra. Me quejo de que irá directa a mis cartucherasy bromeas. Pides la cuenta y busco el monedero en el bolso, pero dejas la VISA sobre el platito y me excuso para ir al aseo antes de marcharnos. Me sigues con la mirada y casi puedo ver tu sonrisa a mi espalda.
Subimos al coche y murmuras que te encanta cómo todo el mundo me miraba cuando el vestido bailaba alrededor de mis caderas. Pones rumbo a mi casa, con la vista en la carretera y una mano en mi rodilla que sube a cada poco y acaba pegada al encaje de mi ropa interior. Entramos besándonos, desnudándonos. Me encojo cuando me tocas entre las piernas y susurras que me calme, que no me harás daño. Me tumbas despacio en la cama, haciéndote un hueco con una rodilla mientras te colocas un condón y me pides permiso antes de colarte en mi interior. Asiento no muy convencida, pero entras con delicadeza y te quedas quieto hasta que me acomodo a tu alrededor. Te mueves despacio, sin dejar de mirarme, de tocarme, de besarme... Y, cuando me voy, contigo palpitando dentro de mí, sonrío. Ya pasó todo.
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martes, 5 de julio de 2016
viernes, 11 de marzo de 2016
A la mañana siguiente.
Abro los ojos y hago pastitas con la boca. Es involuntario.
Gimoteo un poco, no me quiero levantar, siempre me parece demasiado temprano. Y
remolonear me parece una idea tan apetecible si es contigo… Me giro para
buscarte y noto el frío en tu lado de la cama. La casa no huele a café y
tostadas ni se oye el sonido de la ducha. Sólo hay silencio y el ruido del
tráfico atravesando los cristales. Miro el reloj para comprobar que no es
tarde. Me cuesta salir de entre las mantas, fuera hace frío y sólo llevo una
camiseta vieja que huele a ti. Busco por el piso una nota, algo, una pista de
dónde estás, de por qué no estás. Pero no hay nada. Sólo silencio y frío donde
anoche había caricias y risas. Las copas aún reposan sobre la encimera, a
medias. No las acabamos, había cosas más interesantes que probar. Tus labios en
los míos, por ejemplo. O el sabor de tu piel cuando desfilaba por ella besando,
lamiendo, mordiendo… El de tu sexo en mi boca o el del mío bebido de la tuya.
El aire se llenó de palabras pronunciadas a media voz, entre dientes, de jadeos
y gemidos, del sonido de nuestras pieles en la oscuridad de la noche. Como si
fuéramos furtivos escondiéndonos del mundo, protegidos por las sombras que
dibujan las farolas al colarse por los agujeros de la persiana. Nuestros
cuerpos dibujaron siluetas en las paredes, revolvieron las sábanas y deshicieron
la cama. ¿Dónde estás?
Juego con el móvil entre las manos, debatiéndome entre
mandarte un mensaje, tal vez llamarte, o esperar que seas tú quien lo haga,
pero algo dentro me dice que no lo harás, que sólo he sido una estación de
paso. Miro hacia el dormitorio, con la taza de café calentándome las manos y
los pies helados por caminar descalza. Mi mente viaja unas horas al pasado y
recuerda mi cabeza en tu pecho, nuestras respiraciones acompasándose. Los párpados
pesan y nos quedamos dormidos. Sé que me muevo mucho. Mi madre decía que pobre del
que compartiera colchón conmigo, por eso me gusta esta cama tan grande… Sé que
me separo de tu cuerpo porque noto el frío de las sábanas, pero siento tu brazo
bajo la almohada y tu mano buscando mi cintura para abrazarla. Escucho tu
respiración y la siento en la nuca. Sé que farfullo en sueños y hago ruiditos
al respirar. Mi hermana decía que parecía Darth Vader y que era imposible
conciliar el sueño a mi lado, pero te siento ahí, detrás de mí, respirando. Y
me dejo vencer por Morfeo. Vuelvo al presente, no recuerdo haberte escuchado
marchar. Ni haber sentido un beso en mi sien antes de que salieras de mi casa.
No llega ningún mensaje. Ninguna llamada. Y me lanzo a
hacerlo. Te llamo y no respondes. Te envío un wasap que no llega. Y lo intento,
has cerrado otras vías de contacto. No lo entiendo. Cierro los ojos y me apoyo
en la encimera. No entiendo nada. ¿Dónde quedaron los besos y las caricias?
¿Dónde están las palabras que dijimos, las promesas que hicimos? ¿Dónde estás?
Mi mente divaga entre mil razones posibles, unas duelen más que otras, algunas
reabren viejas heridas y despiertan inseguridades que había conseguido dormir.
Seguramente abrieras los ojos y vieras la colección de estrías, le michelín
sobre mi cadera y los hoyuelos que pueblan mis muslos. Y perdiera fuerza lo
mucho que te gustaban mis rizos anoche, cuando enredabas tus dedos en ellos
para atraerme a tu boca; o la forma en que tus dedos se clavaban en mi carne
cuando me sujetabas para entrar más adentro; puede que mis labios entreabiertos
al dormir no te resultaran tan sexys como anoche mientras recorrían tu abdomen y
rodeaban tu polla… Por favor, que alguien calle a esa voz que me dice que, al
despertar, sólo era yo y yo no soy suficiente… Por favor, dime porqué esto a la
mañana siguiente…
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viernes, 5 de febrero de 2016
Ella y Él
Aquella noche se puso su vestido favorito y sus tacones nuevos. Se había pasado horas frente al espejo maquillándose y peinándose hasta darse el visto bueno. Se veía bien, guapa y, tras recibir una mirada de aprobación de su reflejo, cogió su bolso y se dirigió al bar donde había quedado con sus amigas. Las localizó pronto, no era difícil, siempre solían ponerse en la misma zona. Cerca de ellas, en la barra, había un grupo de chicos. Les había visto al entrar y sus ojos se habían fijado en uno de ellos. No era especialmente guapo, no sabía qué era exactamente, pero no podía dejar de mirarle.
Le habían arrastrado a aquel bar. No siquiera tenía ganas de salir, hubiera preferido quedarse en casa viendo la tele o alguna pelñicula, pero allí estaba, sentado en la barra, bebiendo y riendo. La vio entrar, como un maldito huracán, como esas escenas en que el tiempo se para, todo oscurece y un foco la alumbra sólo a ella. Estaba seguro de haberla visto antes, no lograba ubicarla, pero daba igual, no podía dejar de mirarla. Tenía esa clase de belleza que no todos saben ver, unas curvas generoas, una mirada limpia y penetrante...
Se acercó a la barra a pedir y la pilló mirándole. Ambos se cazaron. Bajó la vista, avergonzada y oyó cómo los chicos reían. Bufó y se recompuso, sonrió muy educada a la camarera y pidió una copa.
- Hola - dijo una voz a su lado.
Le temblaban hasta las pestañas. ¿Cómo le habían convencido para acercarse? Ella le lanzó una mirada asesina y él tragó saliva y volvió a intentarlo.
- No quiero molestar, pero te he visto entrar y...
- ¿Y? Te has dicho "vamos a burlarnos de ella", ¿no? ¿Qué habéis apostado? ¿Una copa, una ronda? Bah.
- Yo... Lo siento.
Volvió con sus amigos, con la abeza gacha y un nudo en la garganta. Sacudió la cabeza y recibió un par de palmadas en la espalda y alguna palabra de ánimo.
Ella se maldijo mentalmente, se repitió que era mejor así para convencerse mientras su cabeza desarrollaba un escenario idílico en que no le había apartado. Volvió con sus amigas, que le reprocharon que hubiera sido tan borde y no le diera una mínima oportunidad al chico. La tacharon de diva. De pronto ya no le apetecía la copa ni estar allí. Ya no se veía guapa y sólo quería volver a casa. Le pasó la copa a una de ellas y se despidió sin besos. Se limitó a ponerse el pijama, acurrucarse bajo las mantas y llorar hasta que el sueño la venció y dejó paso a unos sueños donde el lastre a sus espaldas no condicionaba su vida...
lunes, 25 de enero de 2016
Buenos días.
Se cuelan los primero rayos de sol por la persiana. Dibujan formas curiosas en tu cuerpo. Tu pelo enrdado, revuelto sobre la almohada y yo en vela desde hace horas, mirándote dormir, pidiendo a mis manos un control que yo no tengo. Las deslizo bajo las mantas, tu cuerpo suave, caliente, se resiente ante el frío de mis dedos. Gruñes bajito y te retuerces, ahora te tengo más a mano. No me entretengo en el camino, sé que, a veces, es divertido, pero ahora no, tengo otro objetivo.
Me deslizo ligera, directa, sin prisa, sin pausa. Última frontera, ese maldito elástico que siempre me frena. La cruzo, sin pensar demasiado, mi cabeza no es buena consejera en estos casos. Te estremeces con la primera caricia y adivino un quejido atascado en el fondo de tu garganta. Estos siendo delicada, apenas las yemas de mis dedos rozando tu masculinidad. Despacio, suave. Te muerdes los labios y acallas un gemido, estás despertando, pero no abres los ojos, me dejas seguir acariciando, tocando, rozando. Te acomodas, no dices nada, sólo se escucha tu respiración agitándose y el leve sonido de mi piel en contacto con la tuya.
Te retuerces, te tensas, lo noto baj mis dedos. Tu excitación crece con la mía. Paro, en seco, preparando mi siguiente movimiento. Rápido y certero, mis braguitas caen al suelo y sólo me abriga tu camiseta. Me subo a ti, a horcajadas, y el sol ilumina los lunares de tu pecho. Mis dedos juegan a unir los puntos, mi cuerpo se balancea, buscándote. No tardamos en encontrarnos, nuestros ojos se cierran y nuestras bocas se abren. Toda mi piel se eriza al contacto con la tuya. Silencio, gemidos, cuerpos chocando... Tú, sólo tú. Tus manos se agarran a mi cintura, me mueves a tu antojo, bailo para ti. Buscamos la unión perfecta y encontramos un error constante. Quizá sólo por la diversión de seguir buscando, de seguir probando. Es un juego que ninguno de los dos quiere terminar. Uno en el que no gana ni pierde ninguno. Tú aceleras, yo freno. No quiero acabar. Se está bien aquí, así, contigo dentro, tocándome, acariciándome, llevándome al cielo... Bajándome al infierno. Te tensas más, aceleras mñas y yo te sigo el ritmo porque ya no puedo hacer otra cosa. No coordino las palabras, no las controlo, no las escucho. Sólo tu respiración y el chasqueo de nuestras pieles. Sólo ese gemido ahogado que luchas por retener.
Mi espalda se curva, tus manos se aprietan en mi cadera. Te siento más dentro, más duro, más... Gruñes. Grito. ¡Oh!
Me derrumbo sobre tu cuerpo al vaivén de nuestras respiraciones aceleradas, al compás de nuestros latidos frenéticos. Me acaricias la espalda con las yemas de los dedos. Un beso entre mis rizos desmadejados. Otro en los labios. Suave, tierno. Un susurro. Buenos días.
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lunes, 4 de enero de 2016
Lo quiero contigo...
Quiero un baile entre tus brazos, de esos que acaban con los dos desnudos, revoviendo las sábanas. Escribir con mis labios por todo tu cuerpo, no dejar un rincón sin su letra. Leer cada verso de tu piel acariciándola con mis dedos- Y repetir. Releerte.
Quiero una canción de esas que susurras en mis oídos y tocas en la curva de mi espalda. Una de esas danzas malditas en las que acabamos arqueados y temblando. Uno de esos silencios cómodos llenos de respiraciones entrecortadas y latidos acelerados.
Quiero ese descansar en tu pecho después de la batalla entre los cuerpos. Ese aroma a piel y sexo. Quiero esos murmullos, esas caricias, esos dedos tuyos enredados, sin querer, en mi pelo, esas piernas entrelazadas. Quiero ese abrazo adormilado, ese gemido en sueños, ese brazo apretándome más contra tu cuerpo.
Quiero todo. Y lo quiero contigo.
lunes, 28 de diciembre de 2015
Sigue leyendo
Si quieres que me desnude, sigue leyendo. Aquí no encontrarás kilómetros de piel expuesta, no verás unas curvas donde perderte o un cuerpo en el que hundirte. Aquí encontrarás un alma que grita, unos ojos que hablan, unas letras que calan. Lo que hay aquí dentro es una coraza abollada de tantos golpes, deslucida por lo salado de unas lágrimas que brotan, a menudo, con demasiada facilidad. Una coraza que esconde mucho, pero, si te fijas bien, deja ver más de lo que crees. Una coraza que encierra mucho miedo y muchas inseguridades, muchas tormentas sin amainar. También encontrarás un corazón que late, a veces frenético, otras, agónico; unos pulmones a los que, a menudo, les cuesta llenarse de aire; un estómago que se encoge ante un abrazo, repleto de mariposas que aletean con fuerza y lo revolucionan todo y se equivocan casi siempre; una cabeza que piensa demasiado, que razona lo irrazonable, que se desoye cuando le viene en gana y le cede las riendas al corazón para que actúe a sus anchas, ya le dirá eso de "te lo dije" cuando venga retorciéndose de dolor.
Sigue leyendo. Aquí leerás palabras que sangran, de esas que sólo se escriben cuando uno se abre en canal, de par en par, dejando todo al aire. Hay palabras bonitas, tristes; palabras que excitan, que incitan; palabras que pretenden hacerte sentir, recordar o, tal vez, olvidar. Aqui me encontrarás a mí, desnuda, porque no hay mayor desnudez que poner el alma en cada letra, escribir a corazón abierto, desangrarse en palabras...
Pasen y lean.
viernes, 18 de diciembre de 2015
Oniria e Insomnia
He cerrado los ojos otra vez, intentando dormir. Y ya no sé si es la película que he visto antes de dormir o es que has cuelto a pasearte por mi mente sin permiso. O quizá, sólo quizá, es que ya no sé soñar si no es contigo y no hay quien coja el sueño cuando la cabeza y el corazón entran en el campo de batalla. Porque ella no quiere verte y él no quiere dejar de sentirte y, así, así no hay quien duerma.
Veo pasar las horas observando la oscuridad de mi habitación, esperando que el techo se me caiga encima en cualquier momento. Ya no puedo dormir, no quiero soñar. Son sólo recuerdos que se pasean, se solapan con imágenes de algo que nunca sucedió. Quizá un deseo, quizá un futuro que no llegó a ser, quien sabe. Sólo sé que te veo, nos veo, cada vez que cierro los ojos y duele. Es como si mis sueñpos fueran puñales que reabren heridas que aún no han cicatrizado del todo. O quizá sea mi memoria selectiva, empeñada en hacerme un daño que, algún día no podré sopoprtar.
Me rodea un vacío imenso, sumida en un cansancio que me arrastra a los brazos de Oniria mientras Insomnia se hace la fuerte y reclama su derecho a n dejarme dormir. Cierro los ojos otra vez y una sacudida me lanza al abismo de los sueños, donde ya no hay vuelta atrás. Sé que despertaré en algún momento de la noche, con el corazón encogido y el pecho convulsionando, con las lágrimas brotando y la garganta seca. Me abrazaré, hecha un ovillo, e intentaré minimizar el daño. De eso se trata, de levantarse y hacer como que nada ha pasado, como que tú no has pasado, como cada noche, sin permiso, por mis sueños.
lunes, 14 de diciembre de 2015
Con fecha de caducidad.
La nuestra era una de esas historias con fecha de caducidad.
De esas con principio de cuento y final de película. De esas que se van
degradando en el tiempo. La nuestra era una de esas historias que empiezan y acaban
en el mismo lugar. Sin darnos cuenta de que era el principio. Sin darnos cuenta
de que era el final. Una de esas historias que empiezan con una mirada, con un “no
puedo”. De esas que se viven con el estómago encogido no sabes si por nervios o
por mariposas. Con el corazón envalentonado, latiendo frenético. Sin coraza
porque la has dejado tirada en un rincón. ¿Para qué, si no me hará falta?
La nuestra era una de esas historias cortas que algunos
cuentan en dos frases y a otros les da para tres novelas. Una de esas con besos
y abrazos y paseos de la mano. Con saludos y despedidas en estaciones de tren.
Con café y cerveza. Con primeros besos. Con últimos besos. Con lugares
desconocidos. Con dos desconocidos. Porque eso éramos tú y yo, dos desconocidos
que jugaron a poder ser algo más. Que se abrazaron, que se besaron, que se tocaron…
Que caducaron.
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viernes, 11 de diciembre de 2015
Póker.
Aquí estoy, sentada en esta mesa de póker, sin saber jugar, con una mano horrible y él, guiando mis pasos, diciendome cuál debe ser la siguiente jugada, cuál es la carta que debo echar en el siguiente movimiento. Me empuja a su antojo, quiere jugar, disfrutar, divertirse sin importar las consecuencias. Paso a paso, sé que estoy perdiendo, que no voy a ganar esta partida como no gané las anteriores. Me he apostado el corazón y late agónico en el centro de la mesa. Pero quiere seguir jugando.
Me ha dicho que me apueste hasta el alma si es necesario, que acabe la partida. Y ahí está, mi alma desnuda haciéndole compañía en el centro de la mesa, junto al puñado de escusas y falsas promesas que has apostado, pero él no lo sabe y quiere seguir jugando.
Me apostado la inocencia y la autoestima, esa que tanto me cuesta ganar cada día. Las he arrastrado junto a todo lo que me queda hacia el centro de la mesa. Creo que necesito un whisky o algo más fuerte. Observo mis cartas, mi combinación perdedora, como siempre. Mi cerebro grita que una retirada a tiempo puede ser una victoria, pero yo enseño mis cartas y me resigno a perder, otra vez. Una más. Y, cuando recojo los resquicios de mis apuestas, pienso que demasiado poco he perdido siendo tan mala partida.
miércoles, 9 de diciembre de 2015
Con el corazón en la mano.
No lo sé, últimamente se me vuelan las horas del día sentada
junto a una taza de café que, casi siempre, acaba quedándose fría mientras
aporreo las teclas con cualquier estupidez que se me pase por la cabeza. Que si
amor, que si heridas, que si corazas, que si cicatrices. Y a mí lo único que me
apetece es sentarme en cualquier lugar que no sea este, junto a una taza de
café que se quede fría porque me importa un carajo el café, porque mis manos
vuelan sobre el teclado o dejan correr el bolígrafo por las hojas en blanco en
un arrebato de inspiración de estos que hacen que no puedas levantarte hasta
que el camarero se acerca y te dice que, por favor, vayas marchándote, que van
a cerrar. Pero sólo se me ocurren gilipolleces, minucias, y es que si te saco
de la ecuación, si dejo de pensar con el corazón, mis letras se resienten, se
vacían y quedan desinfladas. No tienen sentido alguno. Son borrones de
sentimientos que no pueden expresarse con palabras. Son miedos que tiemblan
igual que mi mano cuando quiero forzarme a escribir algo coherente. Son esa
canción que no termina de gustar. Esa tormenta que sólo deja el aire
enrarecido. Y es que yo aprendí a escribir con el bolígrafo en una mano y el
corazón en la otra, pero, claro, ahora al pobre le cuesta respirar y bastante
tiene con acordarse de cómo hacerlo. No quiero hacerle pensar, la última vez
casi se desangra y aún está cicatrizando. Se le saltan los puntos de sutura y
tiene unas cicatrices horribles. Creo que, desde la última vez, ha envejecido
cien años. Y, aún así, junto a esta taza de café que hace horas se quedó fría,
me ha dicho que tiene ganas de volver a sentir, de volver a emocionarse, de
correr hasta ahogarse, de revolucionar a las mariposas dormidas… Y yo, yo que
no sé negarle nada, le he dejado pensar, le he prestado un bolígrafo y ahí
está, desangrándose sobre una hoja en blanco mientras yo preparo otro café que
volverá a quedarse frío.
miércoles, 2 de diciembre de 2015
Tormentas
El día despuntaba con las calles mojadas por la lluvia. La
tormenta de la noche anterior había tenido una réplica brutalmente exacta en mi
interior. Mi cabeza tronaba entre pensamientos, recuerdos y una resaca
monumental que había fraguado poco a poco a base de chupitos de vodka y bebidas
con nombres divertidos y colores brillantes. La ciudad se despertaba
lentamente. Pronto el tráfico lo inundaría todo y las calles se llenarían de
gente. A esa hora, mis tacones resonaban en el asfalto con un eco lejano y el
soniquete de la loza de las vajillas asomándose a las ventanas. La ciudad
entera olía a café y tostadas. O quizá fuera yo. O mi estómago vacío de nada
que no llevara alcohol. Tenía que recordarme a mí misma cómo caminar, pensar
antes de poner un pie delante del otro. ¿Cómo había llegado a aquel estado en
que apenas sabía dónde estaba y, sin embargo, lo sabía perfectamente? Estaba
dando un rodeo, lo que fuera por no llegar a casa y meterme en aquella cama inmensa
y vacía en la que mi tormenta mental se transformaba en un huracán
incontrolable que se desbordaba inundándolo todo de lágrimas y sollozos que
ahogaba contra una almohada cansada de tragar tanto, de aguantar tanto, de
escuchar tanto…
He dejado los tacones en la entrada. Mi ropa ha ido cayendo
esparcida por el suelo de esa caja de zapatos que parece tan enorme desde que
te fuiste. Y me he hecho un ovillo entre las mantas y el nórdico esperando que
el último chupito, el que he bebido directamente de la botella antes de
acostarme, haga amainar la tormenta.
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