Llevaba una camiseta que había vivido tiempos mejores, de esas que relegamos al cajón de la ropa de dormir. Me había hecho un moño que sería la envidia del nido de cigüeña más perfecto. Y mejor no decir nada de mi ropa interior. No se me ocurrió pensar que sería él quien llamaba a mi puerta. Me empujó en cuanto abrí la puerta, atrapándome entre su cuerpo y la pared, deslizando la nariz por mi cuello y las manos por mis muslos desnudos. Jadeó en mi oído, besó cada centímetro de piel hasta llegar a mi boca para devorarla y yo sólo podía pensar en que llevaba las bragas más horrendas del mundo y no quería que las viera.
Sus manos siguieron subiendo bajo mi camiseta, amasando mis pechos por debajo de la tela ajada. Clavó los dientes en mi labio inferior. Gimió de gusto y yo me removí nerviosa cuando agarró el borde de mi camiseta y tiró de ella hacia arriba. Se apartó, mirándome, agaché la cabeza, observando mis pies descalzos, las uñas descascarilladas, fijándome en los blancas que tenía las piernas y en el repaso que necesitaba mi depilación.
Se agachó frente a mí, quería verme la cara. Se hirguió y yo levanté la cabeza para mirarle. Joder, qué guapo era, siempre tan perfecto. Me mordí el labio para que no temblara. La cabeza, a veces, funciona en su propia onda. De repente sólo podía pensar en las estrías que surcaban mi vientre y el granito inoportuno que había aparecido en mi cara; en que podía haber avisado para, al menos, haberme adecentado un poco.
Torció una sonrisa y se alejó de mí para acercarse a la cafetera. Sacó una taza más del armario sirvió dos cafés con leche largos y cargados. Se subió a la encimera y me llamó al hueco que quedaba entre sus piernas, abrazándome y hundiendo los labios en la maraña de pelo que coronaba mi cabeza antes de enredar sus dedos en el coletero y tirar de él, dejando mis rizos sueltos y desmadejados. Me acurruqué contra su pecho y él aprovechó para sobarme el trasero y dejar caer al suelo mi ropa interior. Subió las manos por mi espalda y, cuando quise darme cuenta, la tela raída pasaba entre nosotros y volaba hacia la otra punta de la cocina. Y allí, desnuda entre sus brazos, olvidé que aún tenía marcas de la almohada en las mejillas, que el tiempo había dibujado surcos alrededor de mi ombligo y que debía hacerme la pedicura. Porque allí, entre sus brazos, me sentía la mujer más segura del mundo.
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lunes, 4 de julio de 2016
(In)Segura
lunes, 11 de abril de 2016
A golpe de click
No recuerdo cuándo nos conocimos, no recuerdo cuando empezamos a interactuar ni cuándo comenzamos a seguirnos. No recuerdo cuál fue nuestro primer mensaje ni qué nos dijimos. No recuerdo cómo pasó, cómo las palabras traspasaron la pantalla y lo que sólo eran letras se convirtió en palabras, en llamadas interminables que acababan con la oreja ardiendo tanto como el teléfono, en risas acalladas para no despertar a nadie cuando hablabamos a las tantas, en miradas curiosas de quien me rodeaba... No recuerdo cómo pasó, cómo tú, tú, que sólo eras un avatar más, uno de tantos seguidores, de tantos buenos días, de tantas fotos de cafés que nunca tomaríamos... Tú te hiciste un huequito.
No recuerdo cuándo se me fue tanto la olla que decidí que ponernos cara y cuerpo y tacto sería buena idea. Que sería bonito y divertido vernos después de confesar que había algo que revoloteaba en mi estómago cada vez que el LED del teléfono anunciaba un mensaje nuevo, cada vez que tu nombre aparecía en mi pantalla... No recuerdo cuándo me subí a un tren, libr en mano y nervios por todas partes. No recuerdo cuándo me llamé de todo: idiota, loca, tonta, imbécil. ¿Quién te mandará a ti, alma de cántaro...? Cuando te tuve enfrente y se me encogió el estómago, recuerdo que me temblaron las piernas y no sabía ni cómo saludarte. Recuerdo que me pediste un beso. Recuerdo que te pedí tiempo. Recuerdo que hablamos. Que paseamos. Que nos besamos. Que nos tocamos. Que nos despedimos.
No recuerdo cuándo empecé a sentir que algo iba mal. No recuerdo cuándo mi estómago dejó de agitarse cuando el LED se encendía porque sabía que ya no eras tú, ya no serías tú. No recuerdo cuando decidí que sería buena idea buscarte. Unfollow. Block. Se acabó. Igual que empezó. A golpe de click.
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viernes, 11 de marzo de 2016
A la mañana siguiente.
Abro los ojos y hago pastitas con la boca. Es involuntario.
Gimoteo un poco, no me quiero levantar, siempre me parece demasiado temprano. Y
remolonear me parece una idea tan apetecible si es contigo… Me giro para
buscarte y noto el frío en tu lado de la cama. La casa no huele a café y
tostadas ni se oye el sonido de la ducha. Sólo hay silencio y el ruido del
tráfico atravesando los cristales. Miro el reloj para comprobar que no es
tarde. Me cuesta salir de entre las mantas, fuera hace frío y sólo llevo una
camiseta vieja que huele a ti. Busco por el piso una nota, algo, una pista de
dónde estás, de por qué no estás. Pero no hay nada. Sólo silencio y frío donde
anoche había caricias y risas. Las copas aún reposan sobre la encimera, a
medias. No las acabamos, había cosas más interesantes que probar. Tus labios en
los míos, por ejemplo. O el sabor de tu piel cuando desfilaba por ella besando,
lamiendo, mordiendo… El de tu sexo en mi boca o el del mío bebido de la tuya.
El aire se llenó de palabras pronunciadas a media voz, entre dientes, de jadeos
y gemidos, del sonido de nuestras pieles en la oscuridad de la noche. Como si
fuéramos furtivos escondiéndonos del mundo, protegidos por las sombras que
dibujan las farolas al colarse por los agujeros de la persiana. Nuestros
cuerpos dibujaron siluetas en las paredes, revolvieron las sábanas y deshicieron
la cama. ¿Dónde estás?
Juego con el móvil entre las manos, debatiéndome entre
mandarte un mensaje, tal vez llamarte, o esperar que seas tú quien lo haga,
pero algo dentro me dice que no lo harás, que sólo he sido una estación de
paso. Miro hacia el dormitorio, con la taza de café calentándome las manos y
los pies helados por caminar descalza. Mi mente viaja unas horas al pasado y
recuerda mi cabeza en tu pecho, nuestras respiraciones acompasándose. Los párpados
pesan y nos quedamos dormidos. Sé que me muevo mucho. Mi madre decía que pobre del
que compartiera colchón conmigo, por eso me gusta esta cama tan grande… Sé que
me separo de tu cuerpo porque noto el frío de las sábanas, pero siento tu brazo
bajo la almohada y tu mano buscando mi cintura para abrazarla. Escucho tu
respiración y la siento en la nuca. Sé que farfullo en sueños y hago ruiditos
al respirar. Mi hermana decía que parecía Darth Vader y que era imposible
conciliar el sueño a mi lado, pero te siento ahí, detrás de mí, respirando. Y
me dejo vencer por Morfeo. Vuelvo al presente, no recuerdo haberte escuchado
marchar. Ni haber sentido un beso en mi sien antes de que salieras de mi casa.
No llega ningún mensaje. Ninguna llamada. Y me lanzo a
hacerlo. Te llamo y no respondes. Te envío un wasap que no llega. Y lo intento,
has cerrado otras vías de contacto. No lo entiendo. Cierro los ojos y me apoyo
en la encimera. No entiendo nada. ¿Dónde quedaron los besos y las caricias?
¿Dónde están las palabras que dijimos, las promesas que hicimos? ¿Dónde estás?
Mi mente divaga entre mil razones posibles, unas duelen más que otras, algunas
reabren viejas heridas y despiertan inseguridades que había conseguido dormir.
Seguramente abrieras los ojos y vieras la colección de estrías, le michelín
sobre mi cadera y los hoyuelos que pueblan mis muslos. Y perdiera fuerza lo
mucho que te gustaban mis rizos anoche, cuando enredabas tus dedos en ellos
para atraerme a tu boca; o la forma en que tus dedos se clavaban en mi carne
cuando me sujetabas para entrar más adentro; puede que mis labios entreabiertos
al dormir no te resultaran tan sexys como anoche mientras recorrían tu abdomen y
rodeaban tu polla… Por favor, que alguien calle a esa voz que me dice que, al
despertar, sólo era yo y yo no soy suficiente… Por favor, dime porqué esto a la
mañana siguiente…
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lunes, 29 de febrero de 2016
Y que no haya más mundo.
Dormirme en la curva de tu cuello. Aprenderme de memoria las constelaciones que forman tus lunares. Respirar ese olor que es sólo tuyo. Y sólo mío. Reconocer tus costillas y el roce de tu piel. Que me quemen tus besos. Que me den sed. Que me entren ganas de tenerte cuando te alejas un centímetro. Volverme adicta a tus caricias. Tener mono de tu aliento. Que me estorbe tu ropa. Que te estorbe la mía. Y que no haya más mundo que nosotros en un mar de sábanas.
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viernes, 26 de febrero de 2016
Me gustas.
No me preguntes porqué, no lo sé. Sólo sé que esas dos palabras aparecieron un día ante mis ojos, como por arte de magia, como si antes no hubiera podido ver que era así, que me gustas.
No te asustes, no es una petición de matrimonio. Pero, ¿sabes? Me gustaría entrelazar nuestros dedos con disimulo, correr a escondernos a un rincón para matarnos a besos, que nos entre urgencia por volver a casa, por quedarnos solos...
Quizá sea porque me haces reír. Quizá tenga que ver que siempre tengas la palabra correcta. O que estés ahí para rescatarme cuando caigo, para creer en mí, para soportarme cuando ni yo misma me aguanto. No sé...
Tal vez sea la forma en que me miras. O la forma en que te miro. No sé, pero me gustas y no sé decirlo de otra manera. Puede que esté anticuada, que ya no se estile, pero nunca me importó no adaptarme a los nuevos tiempos, a esas modas que pretenden amar sin que lo parezca, que se esconden y se engañan diciendo que no llevan el corazón a cuestas. ¿A quién pretendo engañar si siempre he sido de las que pone el corazón en cada paso? Y contigo no iba a ser menos. Y ese pequeño músculo tonto, ese que tu dices que es muy grande, dice que le gustas.
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viernes, 29 de enero de 2016
Miénteme otra vez.
Miéteme otra vez. Dime que no me quieres, que no sientes anda. Miénteme mientras tus manos suben ansiosas por mis piernas y se deslizan bajo mi falda, dime que será la última vez. Será la tercera vez esta semana. Dime que no te cuesta un mundo separarte de mí, no besarme, no follarme. Dilo mientras te cuelas entre mis piernas y tu añiento se estrella en la curva de mi cuello. Mientras clavo mis dedos en tu espalda, los talones en tu trasero y gimoteo tu nombre.
Miénteme una vez más, dime que no hay nada entre nosotros, que somo sólo carne, como si no sintiera la ternura en tu mirada o la suavidad en tus caricias. Como si no oyera cómo tiembla tu voz cuando me llamas, cómo palpita tu corazón cuando estoy cerca.
Miénteme, dime que no te importo lo más mínimo, que no me sigues con la mirada, que no me buscas. Miénteme otra vez. Otra. Otra... Miénteme así, empujando, temblando, jadeando... Miénteme con mi nombre entre tus dientes, con tu último aliento. Dime que no se volverá a repetir y luego, tal vez, tengas que volver a mentirme.
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lunes, 25 de enero de 2016
Buenos días.
Se cuelan los primero rayos de sol por la persiana. Dibujan formas curiosas en tu cuerpo. Tu pelo enrdado, revuelto sobre la almohada y yo en vela desde hace horas, mirándote dormir, pidiendo a mis manos un control que yo no tengo. Las deslizo bajo las mantas, tu cuerpo suave, caliente, se resiente ante el frío de mis dedos. Gruñes bajito y te retuerces, ahora te tengo más a mano. No me entretengo en el camino, sé que, a veces, es divertido, pero ahora no, tengo otro objetivo.
Me deslizo ligera, directa, sin prisa, sin pausa. Última frontera, ese maldito elástico que siempre me frena. La cruzo, sin pensar demasiado, mi cabeza no es buena consejera en estos casos. Te estremeces con la primera caricia y adivino un quejido atascado en el fondo de tu garganta. Estos siendo delicada, apenas las yemas de mis dedos rozando tu masculinidad. Despacio, suave. Te muerdes los labios y acallas un gemido, estás despertando, pero no abres los ojos, me dejas seguir acariciando, tocando, rozando. Te acomodas, no dices nada, sólo se escucha tu respiración agitándose y el leve sonido de mi piel en contacto con la tuya.
Te retuerces, te tensas, lo noto baj mis dedos. Tu excitación crece con la mía. Paro, en seco, preparando mi siguiente movimiento. Rápido y certero, mis braguitas caen al suelo y sólo me abriga tu camiseta. Me subo a ti, a horcajadas, y el sol ilumina los lunares de tu pecho. Mis dedos juegan a unir los puntos, mi cuerpo se balancea, buscándote. No tardamos en encontrarnos, nuestros ojos se cierran y nuestras bocas se abren. Toda mi piel se eriza al contacto con la tuya. Silencio, gemidos, cuerpos chocando... Tú, sólo tú. Tus manos se agarran a mi cintura, me mueves a tu antojo, bailo para ti. Buscamos la unión perfecta y encontramos un error constante. Quizá sólo por la diversión de seguir buscando, de seguir probando. Es un juego que ninguno de los dos quiere terminar. Uno en el que no gana ni pierde ninguno. Tú aceleras, yo freno. No quiero acabar. Se está bien aquí, así, contigo dentro, tocándome, acariciándome, llevándome al cielo... Bajándome al infierno. Te tensas más, aceleras mñas y yo te sigo el ritmo porque ya no puedo hacer otra cosa. No coordino las palabras, no las controlo, no las escucho. Sólo tu respiración y el chasqueo de nuestras pieles. Sólo ese gemido ahogado que luchas por retener.
Mi espalda se curva, tus manos se aprietan en mi cadera. Te siento más dentro, más duro, más... Gruñes. Grito. ¡Oh!
Me derrumbo sobre tu cuerpo al vaivén de nuestras respiraciones aceleradas, al compás de nuestros latidos frenéticos. Me acaricias la espalda con las yemas de los dedos. Un beso entre mis rizos desmadejados. Otro en los labios. Suave, tierno. Un susurro. Buenos días.
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miércoles, 20 de enero de 2016
Volver...
Volver al lugar de ese último abrazo, esas últimas palabras, ese último beso... Hay lugares que siempre tendrán ese aura triste de despedida, de últimas veces. Lugares que despiertan los recuerdos que más duelen, que más pinchan, esos que remueven las cenizas de lo que un día fueron mariposas y llaman a las lágrimas a salir, a rodar libres por las mejillas.
Hay lugares que empapan las pestañas y empañan la mirada, que te hacen volver la vista atrás y pensar en todo lo que pudo pasar, todo lo que pudo ser, todo lo que no fue. Que te hacen buscar los porqués de lo ocurrido, los fallos. Te preguntas qué hiciste mal, si fuiste demasiado... tú.
Hay lugares que remueven cosas, lo remueven todo, como quien rebusca entre las ruinas de un terremoto algo que salvar.
Hay lugares que son catástrofe, desastre, sin supervivientes, en los que sólo se salvan las letras...
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lunes, 14 de diciembre de 2015
Con fecha de caducidad.
La nuestra era una de esas historias con fecha de caducidad.
De esas con principio de cuento y final de película. De esas que se van
degradando en el tiempo. La nuestra era una de esas historias que empiezan y acaban
en el mismo lugar. Sin darnos cuenta de que era el principio. Sin darnos cuenta
de que era el final. Una de esas historias que empiezan con una mirada, con un “no
puedo”. De esas que se viven con el estómago encogido no sabes si por nervios o
por mariposas. Con el corazón envalentonado, latiendo frenético. Sin coraza
porque la has dejado tirada en un rincón. ¿Para qué, si no me hará falta?
La nuestra era una de esas historias cortas que algunos
cuentan en dos frases y a otros les da para tres novelas. Una de esas con besos
y abrazos y paseos de la mano. Con saludos y despedidas en estaciones de tren.
Con café y cerveza. Con primeros besos. Con últimos besos. Con lugares
desconocidos. Con dos desconocidos. Porque eso éramos tú y yo, dos desconocidos
que jugaron a poder ser algo más. Que se abrazaron, que se besaron, que se tocaron…
Que caducaron.
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lunes, 30 de noviembre de 2015
A veces tengo que pellizcarme.
Te observo dormido a mi lado, con esa expresión de niño
bueno que tienes cuando sueñas. Escucho tu respiración pausada y resisto el
impulso de apoyar la cabeza en tu pecho para oír los latidos de tu corazón. Ese
sonido me calma y me ayuda a conciliar el sueño cuando mi cabeza truena
empeñada en que no te merezco. O quizá seas tú quien no me merece por ser digno
de algo mejor de lo que soy yo. Aprieto los ojos y siento que te revuelves. Tu
mano se posa distraída en mi cintura y la paz de tu rostro me dice que sigues
dormido, aunque la sonrisilla que has dibujado me despista un poco.
No logro controlar el impulso que lleva a mi mano a desfilar
por tu piel desnuda. Recorro tu hombro, ese en el que me apoyo y me escondo. Tu
brazo, que me rodea con fuerza cuando me abrazas. Tu pecho, en el que duermo y
me desvelo a partes iguales. Las yemas de mis dedos se aventuran por tu vientre
firme, moldeado, el que me hace pellizcarme de vez en cuando para recordarme
que no eres un sueño, que de verdad duermes a mi lado. Y se detienen, cobardes,
como siempre, a unos milímetros de la línea de fuego marcada por el inicio de
tu ropa interior.
Te revuelves y tus ojos se abren levemente. Parpadeas,
adaptando la vista a la oscuridad. Veo tu sonrisa más amplia y te deleitas en
el roce de mis dedos en esa zona peligrosa. Mil bombas estallas en mi cabeza,
ya no razono, me vuelvo toda carne y latidos frenéticos. Mi cerebro pierde el
control de mi cuerpo. Ya no hay vergüenzas ni inseguridades porque, al fondo de
tus pupilas, puedo leer el deseo que me tienes. Porque tus manos son menos
prudentes que las mías y mi ripa ya ha volado por el aire de la habitación.
Porque me agarras de la cadera y nos haces rodar. Porque… ¡ah!
A veces tengo que pellizcarme para recordar que no es un
sueño que tu piel choque con la mía. Aún cuando escucho tus jadeos
estrellándose en mis oídos me parece irreal que seas tú el que está ahí,
conmigo. Aún cuando estás tan cerca que ni el aire cabe entre nosotros. Aún
cuando tu cuerpo baila con el mío con ese sonido sordo y rítmico. Aún cuando
tus manos me aferran, me apresan, como garras. Aún cuando me abandono a ti de
tal manera que soy sólo un juguete.
Ya no razono porque un cosquilleo me sube por la espina
dorsal y siento mis piernas empezando a temblar, antesala de la sacudida del
orgasmo que me provocas. Mi espalda se arquea y tus labios acarician el valle
de mi garganta. Tu cadera danza con la mía en un sensual movimiento. Te
abandonas, escondiendo el rostro en la curva de mi cuello, murmurando palabras
ininteligibles. Me dices que, en ese momento, eres el ser más vulnerable del
universo. Y yo tengo que pellizcarme para recordar que no es un sueño que ahora
te adormezcas entre mis brazos…
viernes, 20 de noviembre de 2015
Besayúname...
Una mañana cualquiera, en una terraza cualquiera, en una calle cualquiera de una ciudad cualquiera. Dos manos se entrelazan sobre una mesa. Las miro unas milésimas de segundo y mis ojos viajan hasta los tuyos. Oscuros, profundos. Me pierdo en ellos, me sumerjo. Y tu sonrisa torcida me despista un instante. Sueltas mi mano, sujetas tu taza y das un trago largo. Veo como sube y baja tu nuez al tragar y hasta ese gesto involuntario hace que se me revuelvan las ganas de besarte. Observo tus labios, como los relames para saborear el café y acallo las voces que gritan en mi cabeza que soy yo quien debería saborearlos.
Me concentro en mi taza y en los dibujos que la espuma forma al revolverla con la cucharilla antes de llevármela a los labios. Y me deleito en ese trago pensando que ese debe ser ahora el sabor de tus besos. Amargo, intenso. Retiro la espuma que se ha quedado pegada en mi labio superior con la lengua. No puedo pasar por alto como tus ojos recorren el mismo camino que ella. Tu rodilla empieza a temblar bajo la mesa. Adivino el bailoteo de tu pie, tu nervosismo y tus ganas, parejas a las mías. Tu boca me apetece como esa galletita que han colocado en el plato junto al azucarillo sin abrir. Me bebo mis ganas en otro trago y miro alrededor. En otra mesa, unas mujeres hablan en voz baja, se ríen y nos miran de reojo. Sigues mi mirada y escondes esa sonrisa tuya en la taza. Te imito y me da la risa. Y te da la risa. Y tus ojos brillan de esa forma que hace que me derrita por dentro, que me tiemblen hasta las pestañas y se me enciendan las mejillas. Y, entonces, te inclinas sobre la mesa y me susurras una palabra. Esa palabra. La que me robaste en su día y yo nunca pedí que me devolvieras. Me inclino sobre la mesa, a escasos centímetros de tu boca. No puedo dejar de mirar tus labios entreabiertos. Unos milímetros y sólo aliento entre nosotros. Las mujeres se han callado y ahora miran con descaro. Lo repites. Un murmullo inaudible. Rompes la distancia que nos separa. Bebo de tus labios amargos por el sabor del café, dulces por el sabor a ti. Mi sabor preferido del mundo. Nos separamos y miras con urgencia el reloj.
Nos quedan pocos minutos y media taza de café, pero preferimos seguir bebiendo de nuestras bocas. Ya habrá tiempo de pedir otro café, cargado y en vena, por favor.
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