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viernes, 24 de noviembre de 2017

Un café con Sara

Quedé con Vanessa en El Café de la Luz a las cinco. Llevaba semanas hablando con ella, preparando la cita para una de sus próximas visitas a Madrid. Estaba tan emocionada que había vaciado el armario encima de la cama, el baño parecía un Sephora y, después de diez cambios, aún no había decidido qué ponerme. —Tranquila – me dijo en un wassap, - yo voy en vaqueros y camiseta. Pero no me tranquilicé. Mis vaqueros favoritos habían encogido un poco después del fin de semana de comilonas que nos habíamos dado por el aniversario de Álex y Rober, el cumpleaños de Gonzalo… Madre mía, iba a ser un desastre. Si Rober me oyera me daría un bofetón mental con una de esas frases suyas que siempre consiguen animarte y hacerte pensar, pero no estaba y no podía oírme y yo estaba entrando en crisis porque quedaba media hora para la reunión y aún no me había decidido por un modelito. Cuando llegué, Vanessa estaba sentada en uno de los sillones junto al ventanal, concentrada en su libreta. El boli se movía tan rápido que me dio pena acercarme e interrumpirla así que me acerqué a la barra y pedí un café con leche y esperé a que levantase la vista del papel para ir a sentarme frente a ella. Verla escribir daba paz y a la vez ganas de saber quién sería el protagonista de su nueva historia, si sería como la mía con Gonzalo, si también habría un Jorge… Pero no pregunté, uno no pregunta a una escritora por sus proyectos, tienes que dejar que te los cuente ella. Me sentía acobardada, ¿qué hacía yo sentada frente a una escritora que ya tenía un libro mientras yo guardaba mis proyectos en el cajón de la mesilla? Además estaba cortada, con lo lanzada que había sido para decirle de quedar y ahora… no me salían las palabras. —¿Qué tal? – me atreví a preguntar. —Bien – contestó con la boquita pequeña, no la esperaba tan vergonzosa, por wassap no lo parecía. – Esto es más fácil por teléfono – sonrió tímidamente. —Si te sirve de consuelo, yo estoy igual – di un sorbo a mi café y rebusqué en mi cabeza la lista mental de preguntas que quería hacerle, pero sólo se me ocurrió decirle – ¿llevas mucho esperando? —Ah, no, estaba escribiendo, no te preocupes. A ver si consigo encauzar el proyecto nueve, me trae de cabeza. —¿Bloqueada? —¡No! Gracias a Dios, no. Ya me pasó con el anterior, tuve que aparcarlo porque no había forma y ahora sus personajes no dejan de llamar mi atención y darme ideas para que vuelva, pero no quiero, quiero centrarme en este y en la documentación del siguiente… A veces creo que me voy a volver loca, si no lo estoy ya. Hablar con gente que sólo existe en tu cabeza es de chiflados, ¿no? —Un poco, pero creo que os pasa a todos los escritores – me reí. – No me cuentes nada vital pero, el proyecto nuevo ¿de qué va? ¿Se parece a mi historia? —Uhm... – dio un trago a su café. – Sí y no. Quiero decir, es una historia romántica, pero hasta ahí las similitudes. —¿Y el siguiente? ¿Cómo puedes llevar dos historias a la vez? —¡No puedo! – se rió. – Sólo escribo una, pero me voy documentando y tomando notas de la siguiente, cuando acabe con una, me pondré con la otra. Si no sí que me volvería loca del todo. —Vaya… Pero supongo que será difícil escribir algo con otros personajes en mente, ¿no? —Un poco, intento dejarles apartados, hacerles callar de alguna manera, o hacer sobresalir a los que necesito con música para que “hablen” más alto que el resto. Además no son sólo los futuros, no veas lo que cuesta soltaros del todo, siempre dejáis un cachito de vosotros dentro de mí. —Y tú dentro nuestro, no creas, a veces pienso que hay algo por ahí dentro que nos une. —Creo que imposible no dejar una parte del autor en el personaje, aunque sea pequeñita, eso no significa que la historia sea autobiográfica, de ser así, mis historias serían bastante aburridas, pero de alguna forma, parte de la personalidad del autor se cuela en los protagonistas. Creo que tiene que ver un poco con que viváis dentro de mi cabeza. —Eso sí que ha sonado un poco a chiflada – me reí. —Lo sé, por eso no se lo digo a casi nadie, no quiero que me tomen por loca. Aunque ya lo decía el sombrerero, las mejores personas lo están. —Además de verdad. Un poco de locura nunca está mal. Si no, no habría vivido esa aventura… —Creo que los GinTonic también tuvieron algo que ver… —¡Para que luego digan que las ensaladas son buenas! – me carcajeé. —Bueno, bueno, toda la culpa no es del alcohol… Álex puso algo de su parte. —Puso a Jorge en mi camino. Y, ¿sabes qué? No me arrepiento de nada. De lo único que hay que arrepentirse es de lo que no hacemos. Todo lo demás nos lleva al punto donde estamos, nos ayuda a crecer, a evolucionar… —Qué sabia eres a veces, Sara. —Creo que eso lo heredé de ti. Junto con alguna que otra cosilla… —El gusto por la moda, el maquillaje, algún que otro complejo… Apuesto a que has pasado un buen rato eligiendo qué ponerte, ¿me equivoco? —Mi cama parece un mercadillo, pero ya sabes: “todas las mujeres tenemos un armario lleno de nada que ponernos”. —Y tener una talla grande no está reñido con tener estilo ni vestir bien. ¿Todavía tienes ese vestido fucsia? —¡Claro! Lo tengo en el trastero en una caja, pero pienso vengarme de Nerea y ese vestido será mi arma. —¡Eso no me lo pierdo! Bueno… ¿Qué tal todos? —Bien, más o menos. Álex y Rober han pasado una pequeña crisis y me fastidia no haberme dado cuenta, estaba demasiado centrada en mis problemas y no vi que ellos no estaban en su mejor momento. Aunque en el fondo creo que les ayudó, necesitaban salir de esa rutina que se habían autoimpuesto, todos los viernes afterwork, los sábados al teatro, los domingos al centro comercial… Eso no es sano, lo sé por experiencia. —¿Sabes algo de Héctor? —No. Y la verdad es que me da igual. Me crucé un día con él por la calle, le saludé por educación y no sé si me lo devolvió, no le guardo rencor. Con el tiempo aprendes que hay cosas que es mejor que se rompan del todo que seguir remendándolas, duele, pero al menos sabes que llegará el momento en que dejen de hacerlo. Si seguíamos poniendo parches a lo nuestro acabaríamos por hacernos polvo y no merece la pena. —Eso no sé si lo has heredado de mí… —Créeme, sí, todo esto lo llevas tú dentro y nos lo traspasas a nosotros, eres nuestra voz, nuestra conciencia… Sin ti no existiríamos. —Calla, que me vas a hacer llorar… —¡Pues llora! Es liberador. A veces es necesario, no lo seas tanto como yo, pero sácalo fuera que dentro se enquista. —Es que tú eres una Drama Queen. —Sólo un poco – me reí y vi como buscaba en su memoria algún ejemplo. – No, no me digas nada, que ya lo sé. Soy muy melodramática, me crié viendo telenovelas. —Y lees demasiada novela romántica. —De eso no puedes quejarte. —Para nada. Yo encantada. Hay que leer. ¿No te animas a publicar esas cositas que tienes escondidas? —Me da vergüenza. Quizá no sean tan buenas como pienso. —Eso me pasaba a mí, pero mira, cuando tuve por primera vez “No llores por los hombres” en la mano casi lloro, me sentí muy realizada. Y después he recibido muy buenas críticas, aún no me acostumbro a que alguien que no conozco de nada me hable para decirme que le ha encantado tu historia, que se ha identificado con alguno de los personajes… Si no te atreves a lanzarte a publicar el libro, hazlo en un blog o alguna plataforma para escritores, pero no lo dejes, si es lo que te gusta y lo que quieres, escribe. Es el mejor consejo que puedo darte. Miró el reloj y apuró su café antes de despedirse con un abrazo y dos besos. Pensé que nos costaría más soltarnos y hablar, pero casi tienen que sacarnos de allí arrastras. Estábamos tan a gusto que nos daba pena dejarlo, pero habría otra ocasión. Muchas más ocasiones…

miércoles, 4 de octubre de 2017

Un paseo por Madrid de la mano de Sara (y compañía).

Desde que era niña, el sueño de Sara había sido vivir en Madrid y pasear por sus calles, respirar la ciudad y empaparse de ella, tener un pisito en el barrio de las letras con el amor de su vida... Y aunque su vida se pone patas arriba, hay una cosa que no cambia: Madrid. ¿Te vienes a dar un paseo con ella y sus amigos por sus calles?
El Uno de Molina fue un local que se puso de moda allá por 2011 y que actualmente está reconvertido en un MásQMenos, situado en la calle María de Molina nº, en el exclusivo barrio de Salamanca. Esta franquicia mantiene la exquisita coctelería y los licores premium del Uno de Molina y añade además una variedad de productos de primera calidad para comer. En este local, Sara se encuentra por primera vez con Jorge... ¡y saltan chispas!
El Barrio de las letras es una zona del distrito centro de Madrid La zona queda delimitada por la calle Cruz y la plaza Jacinto Benavente, el paseo del Prado, la carrera de san Jerónimo y la calle de Atocha. Debe su nombre a la gran actividad literaria desarrollada a lo largo de los siglos XVI y XVII y a que algunos de los literatos más conocidos de la época fijaron su residencia en sus calles. No es de extrañar que este fuera el "barrio" predilecto de Sara a la hora de fijar su domicilio con Héctor.


Alex y Rober fijaron su residencia en Malasaña, una pequeña zona del barrio Universidad al que apodaron, precisamente, como Malasaña a raíz de la calle dedicada en 1879 a la familia Malasaña y desde 1961 a la joven costurera Manuela Malasaña, asesinada por las tropas napoleónicas durante las jornadas de represión posterior al Levantamiento del 2 de mayo de 1808. Y después de la pequeña lección de historia, no debería sorprendernos que esta pareja se estableciera en un barrio moderno y cosmopolita, lleno de vida.


Ya que entramos en Malasaña, nos acercamos a Picnic, el local donde Gonzalo sirve copas y se gana la vida mientras aparca su sueño de vivir de la música. Situado en la calle Minas 1, es uno de esos sitios recomendables para tomar un café con algo dulce a media tarde. Buena música, actividades culturales, conciertos, sofás, decoración chula y en la planta de abajo rincones agradables con poca luz de los que esconderse del  ruido y poder hablar...


Seguimos de bares por Madrid para adentrarnos en Ocean (Calle San Vicente Ferrer, 27) un rock bar para empezar una despedida de soltera como la de Nuria o una noche de confesiones con Jorge.

Nos movemos a La Vía Láctea en la calle Velarde 18, lleva más de 25 años amoldándose a la escena actual pero sin perder su esencia.

De ahí pasamos a MadKlyn (San Andrés 12), un local un tanto extraño donde tomarse unas copas con un platito de galletitas saladas... y meter un poquito la pata cuando no vas muy serena. ¿Verdad Sara?

Dejamos ya los bares de Malasaña, pero no nos alejamos mucho porque a nuestros protagonistas les gusta salir de copas, pero también les gusta comer y celebrar. Por eso Nuria elige Mythos (mención especial aquí a mi compañera de letras Marta Sebastián, que me descubrió el lugar ideal para juntar a este grupo de amigos) un restaurante griego de la calle Apodaca 20 para celebrar su despedida de soltera.


¿Y qué mejor para celebrar un cumpleañs que un restaurante de cocina fusión? Por ejemplo, Yakitoro by Chicote, en la calle Reina 41. Las raciones son tipo tapa, pequeñitas, pero buenísimas. Mi recomendación personal: el algodón de azúcar de postre. ¡Delicioso!

Y para elebrar un triunfo empresarial, el bar de las peinetas, el Estado Puro (Plaza Cánovas del Castillo 4), otro bar de tapas con vistas al Museo del Prado en el que picar algo.

Volvemos al Barrio de las Letras, a la Plaza de Santa Ana, concretamente a Mauna-Loa un bar hawaiano con (enormes) cócteles variados donde tomar algo con los amigos y reconciliarte con la vida... o el amor. O si no que le pregunten a Sara.


Y si hay un lugar mítico donde amanecer en Madrid, esta es, sin lugar a dudas, la chocolatería San Ginés, en el pasadizo de San Ginés 5. Un chocolate con churros, las primeras luces del día en Madrid y un puñado de amigos son suficientes para arreglar el mundo, aunque sólo sea por una noche.


Me dejo muchos lugares, muchas calles. Me dejo esa calle Serrano por la que Sara vuelve a casa andando y divagando sobre su relación; esa Gran Vía que recorre frapuccino en mano junto a Natalia; esa Calle Mayor donde un día, por casualidad y a pesar de toda la gente que atesta la acera, se encuentra de frente con Gonzalo... Pero si de verdad quieres recorrer y vivir Madrid de la mano de Sara y sus amigos, empieza a leer No llores por los hombres. ¿Vienes?

martes, 31 de enero de 2017

Para muestra, un botón.

Buenas tardes.
Ya hacía tiempo que estaba buscando la manera de hacer esto. Como consumidora soy de las que prefiere ver, tocar y probar antes de comprar. Me pasa con la ropa, la comida y, cómo no, con los libros. A veces una sinopsis no es suficiente, es muy complicado resumir en unas pocas líneas la trama de una historia ¡y sin soltar spoilers! Sin ir más lejos, a mí me costó un mundo escribir la de "No llores por los hombres" y a veces dudo de que transmita el sentido de la novela. Por eso quería enseñaros las primeras páginas del libro, para que, de alguna manera, podáis ver y probar el libro y, si os gusta, hacer click en comprar.
No me enrollo más, os dejo una pequeña muestra de "No llores por los hombres" que incluye el prólogo tan chulo que me escribió Nena Atada. Espero que os guste.

lunes, 29 de agosto de 2016

No, no puedo.


Puedo convencerme de que no siento nada.
Puedo fingir que te miro y no se revuelven las dos mil mariposas que habitan en mi estómago.
Puedo creerme que no sonrío cuando te veo.
Puedo decirme que los días no son diferentes cuando sé que voy a verte.
Puedo mentirme a mí misma.
Puedo negarlo.
Puedo hacerlo, sé que puedo...

Pero no, no puedo.

martes, 5 de julio de 2016

Ya pasó todo

Llevo semanas preparando esta cita. Nuestro primer aniversario. He reservado en tu restaurante favorito, he comprado un conjunto de ropa interior que me ha costado una pequeña fortuna, pero te va encantar, lo sé, lástima que no vaya a sobrevivir a esta noche. También he comprado un vestido de los que te gustan, negro, con un escote de vértigo en la espalda, lleno de paillettes y sin cremallera. Otra pequeña fortuna, pero me sienta tan bien, me siento muy sexy y me muero de ganas de ver cómo tus ojos recorren mis piernas desde las sandalias de tacón hasta el borde del vestido. Parecen kilométricas. Me he esforzado en taparme la ojeras y me he rizado el pelo, como te gusta. Lo tengo todo calculado al milímetro. He dejado preparado mi pequeño apartamento para después de la cena. He puesto velas en el dormitorio, un cedé con música suave, las sábanas limpias y un par de sorpresas.
Llego puntual, pero tú no estás. Le pregunto al maître, dice que aún no has llegado y me acompaña a una mesa. Aparecen veinte minutos tarde, resoplando y aflojándo el nudo de tu corbata. Vienes directo del despacho, maldiciendo, cabreado. Ni siquiera me das un beso y yo me hundo un poco, pero me recuerdo que no puedo hacerlo, es nuestra noche y vamos a disfrutarla. Pasas un cuarto de hora contándome las idas y venidas de la oficina y finjo que te escucho, que me importa, aunque en realidad sólo asiento y sonrío. Me miras mal y me echas en cara que te ignoro. No sé muy bien cómo, pero consigo resumir todo lo que has dicho.Tus hombros se relajan y te escondes detrás de la carta fingiendo que no sabes qué vas a tomar, podría recitárselo yo misma al camarero. Tartar de atún, ensalada templada de gulas, y tiramisú. Para mí una capresse sin aliño y con poco queso, no quiero engordar. Me lanzas una mirada asesina cuando paso a la página de los postres dispuesta a pedir algo, no pasa nada por una noche, pero me reprimo y sonrío entregando la carta al chico que nos atiende. Es jóven, unos treinta años, tiene los ojos azul intenso y su piel es suave, lo sé porque me ha rozado al darle la carta. Pones mala cara y me excuso, sólo quería ser educada.
Evito mirar al camarero cuando vuelve con los platos, me concentro en el entramado del mantel. Veo por el rabillo del ojo cómo asientes mientras te enseña la botella de vino que has elegido y la pruebas. El chico se aleja y doy un sorbo a mi copa de agua.
- Estás muy guapa - sonríes.
- Gracias - sonrío. Y alabo tu traje, sé que es nuevo porque hoy tenías una reunión muy importante y siempre estrenas traje en las reuniones importantes. Llevas el alfiler de corbata que te regalo tu madre por Navidad. Y los gemelos de tu padre. Nunca te pones los que te regalé yo, parece que no te gustaran.
Gimes de gusto cuando das el primer bocado. Ese restaurante es siempre un acierto. La botella de vino se acaba, yo apenas he tocado el agua y alargo mi ensalada. Noto que el camarero me mira con pena, pero me da igual, así está bien. Te tomas tu tiempo con el postre y yo miro de reojo deseando que me des a probar, pero tu plato se vacía y esta vez tampoco he podido hacerlo. Pides la cuenta y rebusco el monedero, pero dejas la VISA en el platito y niegas con la cabeza, así que me excuso y me levanto para ir al aseo antes de marcharnos. Noto tu mirada quemarme la piel desnuda que deja el escote del vestido y se me encoge el estómago. No es la reacción que esperaba.
Cuando vuelvo a la mesa te quitas la chaqueta y me la echas por los hombros, me agarras del codo, fuerte, me haces daño, y gruñes entre dientes que cómo se me ocurre ponerme ese vestido.
- Todo el mundo te mira - farfullas y yo me cubro, avergonzada. Lo dices por mi bien, lo sé, voy rpovocando y algún día tendremos una desgracia.
Casi me empujas dentro del coche, aprietas la mandíbula, estás cabreado. Repito mil veces que lo siento, que no volverá a pasar, que tiraré el vestido a la basura. Respiras aliviado y me miras con ternura, posando una mano en mi rodilla. Vuelves la vista a la carretera y reconozco el camino a tu casa. Quiero hablar y decir que vayamos a la mía, pero ya estamos lejos y se ha hecho tarde. Además, tu mano ha subido unos centímetros y se ha colado bajo la tela del vestido, casi roza el encaje del tanga. Te miro de reojo y reconozco tu sonrisa lasciva, bajo la vista y veo el bulto bajo tus pantalones. Me humedezco por instinto y subes un par de centímetros más.
Cuando entramos en tu piso el vestido vuela por los aires y el tanga se convierte en un girón de tela en el suelo de tu salón. Juro que me duele oír cómo se rompe. Me devoras la boca con tanto ansia que no presto atención a nada más. Sacas mis pechos del sujetador y los amasas a manos llenas. Aprieto los muslos, impaciente. Bajas mordiendo mi mandíbula, el cuello, hasta llegar al pezón. Duele, joder, pero no me quejo, no puedo. Una de tus manos se ha colado entre mis piernas y acaricia mis labios, abriéndolos. Cuelas un dedo dentro de mí. Otro. Me haces daño, pero sólo gimo.
Aún no sé cómo hemos llegado al dormitorio.Has lanzado tu ropa por el pasillo y estoy tirada en la cama, con las piernas abiertas, el sujetador mal puesto y los ojos cerrados. Te cuelas de una estocada, gruñendo. Ni siquiera esperas que me acostumbre a la invasión. Sólo empujas, fuerte. Me tenso y trato de concentrarme en disfrutar, pero sólo sé que duele. Cada empellón es como una puñalada. Mi cuerpo menudo rebota en la cama cada vez que entras en él. Intento tocarte, hacer que frenes, pero no me sale la voz y has sujetado mis manos por encima de la cabeza. Aprietas mis muñecas con una de tus manazas y la otra me agarra del cuello con una leve presión. Aceleras los movimientos, siento que me rompo, me desgarro. Duele. Joder. Duele. Sollozo y vuelvo la cara, pero me obligas a mirarte. Tu expresión de éxtasis cuando explotas es como una bofetadas. Me llenas de líquido caliente y das dos empujones más antes de salir. Quiero irme corriendo, pero te desplomas sobre mí, no puedo moverme. Me besas con ansia y, cogiéndome de la mandíbula, me miras fijamente a los ojos.
- Esto es mío - gruñes. - No quiero que nadie más lo mire.
Desapareces en el baño y yo me hago un ovillo. Cuento con los dedos y rezo. Joder, ¿por qué no te has puesto un condón?
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Duele. Me retuerzo de dolor. Hace media hora que te he llamado. He roto aguas, joder. Noto cómo su cabecita empuja, pero me has pedido que no llame a la ambulancia, has dicho que llegabas enseguida y que limpiase lo que se había manchado. Ni siquiera he llamado a mi madre. Entras como un huracán y haces inventario. No me dices hola, no preguntas ¿qué tal?, sólo miras que esté todo limpio y recogido antes de bajar al coche y llevarme al hospital.
Me llevan a una habitación y dices que bajas a comer algo. Murmuras que te he sacado de una reunión, que soy una inútil inoportuna, pero finjo que no te oígo. La enfermera también hace como si nada. Me ofrece un vaso de agua y dice que hay que esperar. Y espero. Una hora. Dos. Tres. Duele. Me llevan a una sala que huele a desinfectante y me colocan en una máquina de tortura. Pregunto por ti, nadie sabe dónde estás. De repente, deja de doler. Escucho voces que me dien que respire, que empuje, que ya sale, ya veo la cabeza, un pequeño empujón y saldrán los hombros. La oigo llorar. Es preciosa, diminuta y llena de sangre. Salen a buscarte, pero no apareces. Tardas cuatro horas en hacer acto de presencia en el hospital.
- ¿Dónde estabas? - murmuro, para no despertar a la niña.
- A ti qué te importa.
Me encojo, hueles a alcohol y te acercas a la cuna de mi pequeña. Quiero impedirlo cogiéndote del brazo, pero me apartas de un manotazo y te inclinas sobre la cuna. Sólo rezo porque no le vomites encima. La miras con asco y veo una de tus manazas acercarse a su cabezita. Salto de la cama y llego antes de que la toques, pero me empujas y caigo contra la pared. Acaricias su carita con delicadeza y me miras con repulsión.
- ¿Cómo puede salir algo tan bonito de una puta como tú? - gruñes. Y la enfermera que entraba en la habitación sale sin mediar palabra, con la cabeza gacha. Veo el desprecio en tu mirada, sigues sin creerte que nadie me toca, nadie más que tú.
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 Mi madre ha venido a vernos, le he dicho que tendrá que irse antes de que vuelvas, que estás muy cansado y estresado y no soportas las visitas. Dice que tengo mala cara y estoy más delgada, debería verme sin maquillar y con menos ropa. He conseguido disimular muy bien los moratones, llevo el cuello tapado con un pañuelo y un jersey gordo para que no vea cómo se me marcan las costillas. Me tomo el antibiótico en la cocina y vuelvo con el café. Me quejo un poco al sentarme y me mira interrogante. Le digo que me tiran los puntos porque no puedo contarle la verdad. No puedo decirle que anoche volviste borracho y me follaste. Después miraste con asco las sábanas llenas de sangre y fuiste a lavarte mientras yo las lavaba y rezaba por parar de sangrar o por no parar y morirme.
Estoy preocupada porque no me sube la leche. Mi madre dice que es normal, que soy primeriza, estoy nerviosa y que, cuando me relaje, todo fluirá, pero no quiero coger a la niña y es ella quien tiene que darle el biberón. Miro el reloj y la apremio a marcharse, llegarás enseguida. Lo recojo todo antes de que entres por la puerta. Me encuentras preparando la cena, pero no te acercas. Saludas a la niña, que duerme despreocupada en su cunita y, después, entras en la cocina como un elefante en una cacharrería. Me coges de la cara y preguntas qué hago maquillada y vestida. Miento. Te digo que he ido a dar un paseo con la niña y me das una bofetada. Te marchas dando un portazo y juro que respiro al pensar que puede que no vuelvas esa noche.
Me acuesto en mi lado de la cama, bien al borde, sin dejar de mirar la cuna de la niña. No puedo dormir. El estómago se me encoge cuando oigo que tanteas la cerradura y consigues abrir. Cierras de golpe y te tambaleas hasta el dormitorio. Una lamparita se cae por el camino. Entras en la habitación golpeando la puerta contra la pared. La niña se despierta, llora, y tu te inclinas sobre la cuna, gritando.
- ¡Cállate, hija de puta!
Sólo reacciono cuando te veo con un cojín en las manos. Te veo las intenciones. Te empujo y grito que te alejes de mi niña, pero me das un manotzo que hace que me caiga y me golpee la cabeza. Cuando recupero el conocimiento no estás y la niña no llora. Me acerco asustada a la cuna. No se mueve. Me agacho sobre ella. No respira. Está fría. No respira. El dolor no me deja gritar. Aprieto su cuerpecito y tanteo sobre la mesita hasta dar con el teléfono.
- Ha matado a mi niña - es todo lo que acierto a decir.
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Estoy acurrucada en la cama. Las sábanas blancas. Las paredes blancas. Voces y ruido de pasos. Hay una mujer sentada en una silla junto a mi cama y un tubo que va de mi brazo a una bolsa llena de un líquido que, dicen, me calmará el dolor. Pero nada me calma. No deja de doler. Intento alcanzar la ruleta que sube la dosis, pero la mujer me para y aleja el gotero.
- Quiero morirme - murmuro.
Reconozco a mis padres a pesar de que tengan la cara descompuesta. No quiero mirarles. Soy una vergüenza que ni siquiera es capaz de cuidar de sí misma. He matado a mi niña, me repito.
- Nadie te culpa - dicen todos.
Mi madre se sienta al borde de la cama y me acaricia el pelo. Mi padre habla con la mujer, es enfermera, que va a llamar al médico. La doctora es una mujer de unos cincuenta, con el pelo rojizo y la cara rechoncha. No se anda con rodeos. Veo a mi padre caer en la silla, con la cara entre las manos. Mi madre hunde la cabeza en mi regazo y me pide perdón. La doctora sigue hablando. Se abre la puerta. Reconozco tu olor aunque no pueda verte. Mi padre se abalanza sobre ti hecho una furia, te agarra del cuello, estampándote contra la pared.
- Hijo de puta. Maldito hijo de puta - brama cuando los de seguridad le apartan de ti. Os arrastran a cada uno en diferente dirección y dicen que vendrá la policía, que te detendrán y nos tomarán declaración.
La doctora se agacha frente a mí y dice que no tenga miedo, que ya pasó todo. Y a mí me gustaría creerlo.
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Llevo semanas preparando esta cita. Nuestro primer aniversario. He reservado en tu restaurante favorito, he comprado un conjunto de ropa interior que me ha costado una pequeña fortuna, pero te va encantar, lo sé, lástima que no vaya a sobrevivir a esta noche. También he comprado un vestido de los que te gustan. Otra pequeña fortuna, pero me sienta tan bien, me siento muy sexy y me muero de ganas de ver cómo tus ojos recorren mis piernas desde las sandalias de tacón hasta el borde del vestido. Parecen kilométricas. Me he esforzado en taparme la ojeras y me he rizado el pelo, como te gusta. Lo tengo todo calculado al milímetro. He dejado preparado mi pequeño apartamente para después de la cena. He puesto velas en el dormitorio, un cedé con música suave, las sábanas limpias y un par de sorpresas.
Llego puntual y me estás esperando en la puerta. Me encojo un poco cuando colocas una mano al final de mi espalda antes de darme un ligero beso en los labios. Retiras la silla y dejas que me siente primero. Repasas la carta, aunque ya sabes qué vas a tomar. Le pides al camarero una botella de vino blanco, mi favorito, y dos cucharillas para el postre. Sonríes, me preguntas qué tal el día, qué me ha dicho el médico y cómo ha ido la visita a mis padres. Te cuento que he quedado con unas amigas cuando he salido de la consulta y hemos ido a tomar algo. La botella de vino se acaba y pides otra. Llega el postre y me cedes la primera cucharada, es tarta selva negra. Me quejo de que irá directa a mis cartucherasy bromeas. Pides la cuenta y busco el monedero en el bolso, pero dejas la VISA sobre el platito y me excuso para ir al aseo antes de marcharnos. Me sigues con la mirada y casi puedo ver tu sonrisa a mi espalda.
Subimos al coche y murmuras que te encanta cómo todo el mundo me miraba cuando el vestido bailaba alrededor de mis caderas. Pones rumbo a mi casa, con la vista en la carretera y una mano en mi rodilla que sube a cada poco y acaba pegada al encaje de mi ropa interior. Entramos besándonos, desnudándonos. Me encojo cuando me tocas entre las piernas y susurras que me calme, que no me harás daño. Me tumbas despacio en la cama, haciéndote un hueco con una rodilla mientras te colocas un condón y me pides permiso antes de colarte en mi interior. Asiento no muy convencida, pero entras con delicadeza y te quedas quieto hasta que me acomodo a tu alrededor. Te mueves despacio, sin dejar de mirarme, de tocarme, de besarme... Y, cuando me voy, contigo palpitando dentro de mí, sonrío. Ya pasó todo.

lunes, 4 de julio de 2016

(In)Segura

Llevaba una camiseta que había vivido tiempos mejores, de esas que relegamos al cajón de la ropa de dormir. Me había hecho un moño que sería la envidia del nido de cigüeña más perfecto. Y mejor no decir nada de mi ropa interior. No se me ocurrió pensar que sería él quien llamaba a mi puerta. Me empujó en cuanto abrí la puerta, atrapándome entre su cuerpo y la pared, deslizando la nariz por mi cuello y las manos por mis muslos desnudos. Jadeó en mi oído, besó cada centímetro de piel hasta llegar a mi boca para devorarla y yo sólo podía pensar en que llevaba las bragas más horrendas del mundo y no quería que las viera.
Sus manos siguieron subiendo bajo mi camiseta, amasando mis pechos por debajo de la tela ajada. Clavó los dientes en mi labio inferior. Gimió de gusto y yo me removí nerviosa cuando agarró el borde de mi camiseta y tiró de ella hacia arriba. Se apartó, mirándome, agaché la cabeza, observando mis pies descalzos, las uñas descascarilladas, fijándome en los blancas que tenía las piernas y en el repaso que necesitaba mi depilación.
Se agachó frente a mí, quería verme la cara. Se hirguió y yo levanté la cabeza para mirarle. Joder, qué guapo era, siempre tan perfecto. Me mordí el labio para que no temblara. La cabeza, a veces, funciona en su propia onda. De repente sólo podía pensar en las estrías que surcaban mi vientre y el granito inoportuno que había aparecido en mi cara; en que podía haber avisado para, al menos, haberme adecentado un poco.
Torció una sonrisa y se alejó de mí para acercarse a la cafetera. Sacó una taza más del armario sirvió dos cafés con leche largos y cargados. Se subió a la encimera y me llamó al hueco que quedaba entre sus piernas, abrazándome y hundiendo los labios en la maraña de pelo que coronaba mi cabeza antes de enredar sus dedos en el coletero y tirar de él, dejando mis rizos sueltos y desmadejados. Me acurruqué contra su pecho y él aprovechó para sobarme el trasero y dejar caer al suelo mi ropa interior. Subió las manos por mi espalda y, cuando quise darme cuenta, la tela raída pasaba entre nosotros y volaba hacia la otra punta de la cocina. Y allí, desnuda entre sus brazos, olvidé que aún tenía marcas de la almohada en las mejillas, que el tiempo había dibujado surcos alrededor de mi ombligo y que debía hacerme la pedicura. Porque allí, entre sus brazos, me sentía la mujer más segura del mundo.

domingo, 19 de junio de 2016

No de cualquiera

Cierro los ojos, me pesan. No quiero dormir. No puedo dormir. Me falta algo a lo que aferrarme cuando asalten las pesadillas. Una voz que susurre que ya pasó, que todo irá bien. Unos brazos que me sostengan y mezan mi cuerpo hasta arrastrarme a la tierra de Oniria. Unos dedos que acaricien mi espalda y calmen los miedos. Y, lamento decirte, ya no me valen de cualquiera.

viernes, 3 de junio de 2016

Descansa en paz #39

Me siento ante esta maldita hoja en blanco con el corazón encogido, los ojos inundados y las manos temblando. Me siento pensando que la vida es muy puta por dejar que te vayas, que la muerte debía tener prisa por verte trazando curvas por sus lares. Pensando que ahora estarás allí, con ellos, en un circuito perfecto en las nubes, corriendo junto a aquellos a los que el amor por las motos se llevó, como a ti. Pensando que te fuiste haciendo lo que más querías, siguiendo tu sueño, tu pasión. Pensando que era demasiado pronto. Demasiado pronto. Tenías demasiado por delante. Demasiada carrera. Demasiada VIDA. Y sé que esto es así, que todos moriremos algún día, pero no es justo, joder, no es justo. Veinticuatro años no son suficientes...
Ojalá despertar y que tu marcha sólo sea una jodida pesadilla.

lunes, 11 de abril de 2016

A golpe de click


No recuerdo cuándo nos conocimos, no recuerdo cuando empezamos a interactuar ni cuándo comenzamos a seguirnos. No recuerdo cuál fue nuestro primer mensaje ni qué nos dijimos. No recuerdo cómo pasó, cómo las palabras traspasaron la pantalla y lo que sólo eran letras se convirtió en palabras, en llamadas interminables que acababan con la oreja ardiendo tanto como el teléfono, en risas acalladas para no despertar a nadie cuando hablabamos a las tantas, en miradas curiosas de quien me rodeaba... No recuerdo cómo pasó, cómo tú, tú, que sólo eras un avatar más, uno de tantos seguidores, de tantos buenos días, de tantas fotos de cafés que nunca tomaríamos... Tú te hiciste un huequito.
No recuerdo cuándo se me fue tanto la olla que decidí que ponernos cara y cuerpo y tacto sería buena idea. Que sería bonito y divertido vernos después de confesar que había algo que revoloteaba en mi estómago cada vez que el LED del teléfono anunciaba un mensaje nuevo, cada vez que tu nombre aparecía en mi pantalla... No recuerdo cuándo me subí a un tren, libr en mano y nervios por todas partes. No recuerdo cuándo me llamé de todo: idiota, loca, tonta, imbécil. ¿Quién te mandará a ti, alma de cántaro...? Cuando te tuve enfrente y se me encogió el estómago, recuerdo que me temblaron las piernas y no sabía ni cómo saludarte. Recuerdo que me pediste un beso. Recuerdo que te pedí tiempo. Recuerdo que hablamos. Que paseamos. Que nos besamos. Que nos tocamos. Que nos despedimos.
No recuerdo cuándo empecé a sentir que algo iba mal. No recuerdo cuándo mi estómago dejó de agitarse cuando el LED se encendía porque sabía que ya no eras tú, ya no serías tú. No recuerdo cuando decidí que sería buena idea buscarte. Unfollow. Block. Se acabó. Igual que empezó. A golpe de click.

viernes, 1 de abril de 2016

Sueños


Abrí los ojos y la vi ahí, de pie, junto a mi cama. Tebía en sus manos un bote de cristal con miles, millones, de lucecitas que brillaban. Algunas con más intensidad que otras, pero todas encendidas. De todos los colores. Revoloteaban por el tarro, chocándose con las paredes de cristal, cayendo al fondo y levantándose, aturdidas. Las miré fijamente, las conocía a todas. Y luego la miré a ella, seria, impertérrita, mirándome de esa forma en que sólo ella me mira. Me encogí en las mantas, segura de lo que iba a hacer, no quería verlo, no podía verlo.
- ¿Ves esto? - murmuró, enseñándome el bote. Y yo asentí, intentando no temblar. No había salvatoria para todas aquellas lucecitas. - Mira lo que hago con ellos.
El tarro se hizo mil añicos contra el suelo, las lucecitas trataban de volar, escapar de su destino, huir del pie que las aplastaba sin que nadie pudiera hacer nadie por evitarlo. Su brillo se apagaba, su voz se reducía a grititos de angustia...
- No, por favor... - sollozaba, tratando de salvar aunque fuera unas pocas, pero ya era tarde. Mis sueños yacían inertes junto a la cama, aplastados, apagados.
Abrí los ojos al sentir una lágrima correr por mi mejilla. Sobre la mesita de noche, un bote de cristal con miles, millones, de lucecitas que brillaban. Algunas con más intensidad que otras, pero todas encendidas. De todos los colores. Revoloteaban por el tarro, chocándose con las paredes de cristal, cayendo al fondo y levantándose, aturdidas. Las miré fijamente, las conocía a todas. Allí estaban, intactas, brillantes, tan vivas como siempre. Sólo había sido un mal sueño.

lunes, 21 de marzo de 2016

Ya no se escriben cartas de amor.


Me siento en mi escritorio y escojo mi bolígrafo favorito, ese que sólo utilizo para los textos especiales. Preparo un taco de folios en blanco y esa guía que llevo utiliando desde que iba a la universidad y me servía para no torcerme cuando pasaba los apuntes a limpio. Respiro hondo, doy un sorbo al té humeante y dejo fluir las palabras. Pienso en ti. En la forma en que me das los buenos días,acabando siempre con ese icono que lanza un beso con corazón. En la forma en que me haces sonreír con una simple palabra. Pienso en cómo me miras, en cómo me rozas casualmente, como sin querer. Pienso en lo bonito que es sentir las mariposas revoloteando por todo el cuerpo porque el estómago se les ha quedado pequeño. Pienso en lo extraños que son los días que no te veo, en lo que te echo de menos a pesar de pasarnos horas hablando.
El bolígrafo camina solo, no pienso en lo que escribo, sólo lo hago. La tinta azul dibuja trazos precisos, letras pequeñas y redondeadas que no son sino una colección de eufemismos para decirte que no hay día que mi corazón no se salte un latido cada vez que me diriges la palabra; que mi respiración se acelera cuando te tengo cerca y hasta el estómago se me encoge cuando me abrazas. Doy mil rodeos para no decirte directamente que siento tantas cosas que no sé ponerles nombre y que me muero de miedo sólo de pensar que puedas darte cuenta de ello antes de que pueda ponerlas en orden. Porque no puedo, no sé decirlo, no sé si quiero. Y tengo miedo. Y llámame cobarde, pero ya malgasté muchos "te quiero" y este es tan grande que temo soltarlo a destiempo.
Creo que desvarío, le he dado tantas vueltas al tema para no enfrentarlo que he caído en una espiral de palabras que dicen todo y no dicen nada. Espero que lo entiendas. No es fácil ponerle letras a algo tan grande que no tiene definición. Deberían inventarle un nombre a todo esto, algo nunca dicho, nunca escrito. Deberían para que pudiera decírtelo. Para que pudieras entenderlo. Y sigo escribiendo. Y creo que ya te lo he dicho todo. Y creo que me falta mucho por decir.
Doblo la hoja en cuatro partes y la meto en un sobre que lleva tu nombre y el mío. Lo cierro con cuidado y lo sostengo entre las manos. Ahí dentro van más que palabras. Siento que pesa mucho, demasiado para ponerle un sello y echarlo a un buzón. Respiro hondo, del té ya no sale humo, sólo es un líquido frío y ambarino que no me aclara las ideas.
- Hola. ¿Qué tal?
Te dejo el mensaje en el wassap. El sobre me mira desde el cajón donde lo he lanzado.. Doble check azul. Cierro el cajón, el sobre se queja.
- Bien. ¿Y tú?
Y volvemos a la rutina de escribirnos cada día con letras sin forma, letras sin alma. Porque ya... Ya no se escriben cartas de amor.

viernes, 18 de marzo de 2016

Soñar contigo.




Anoche soñé contigo. Nos veíamos a lo lejos, sonreíamos mientras nos acercábamos y nos fundíamos en un abrazo reparador, de esos que curan todos los males. Charlábamos, caminábamos, tomábamos algo… Recuperábamos el tiempo perdido. Te miraba a los ojos y seguía fascinándome tu mirada, luego bajaba la vista, avergonzada, roja como un tomate, del color de las cerezas, porque siempre me dio vergüenza que me pillaras maravillada… No podía dejar de sonreír. Sentía esa paz que sólo sentía cuando estabas en mi vida y esas ganas de que el tiempo no pasara para no tener que separarnos, no tener que dejar de hablar…
Ha sonado el despertador. Notaba las mejillas tirantes de sonreír en sueños, pero se ha borrado en cuanto he abierto los ojos. No estás. Y lloro. Lloro cuando sueño contigo. Cuando admito que sólo era eso, un sueño, que fuiste, eres y serás un imposible. Y no hay más. No hay tú y yo. Debí suponerlo, ¿cómo íbamos a ser posibles? Tú tan… tú. Yo tan… nada. Pequeño e insignificante desastre encerrado en una coraza agrietada, ajada y oxidada por el salitre de las lágrimas. ¿Cómo íbamos a ser nada?
Es lo bonito de los sueños. Durante unas horas, todo es posible. Hasta volar. Hasta tú y yo…

lunes, 14 de marzo de 2016

¿Y si...?



Me abrazo a la almohada una noche más.  
Finjo que no sé, que no he sabido. Finjo que no me gusta estar contigo.
Puta canción, se me ha grabado en la cabeza.
Cierro los ojos y lo intento, intento no pensar, dejar la mente en blanco. Intento no llorar.
Tarde.
No puedo evitar hacer preguntas al aire, de esas que nadie va a responder porque nadie tiene la respuesta.
¿Y si no hay más primeras veces?
¿Y si no hay más primeros besos?
¿Y si estoy condenada a que todo empiece y acabe en esa puta sensación?
¿Y si... no hay más?
Me esforcé en construir una coraza a prueba de golpes, en evitar el daño y, tal vez, no me habría venido nada mal rasparme de vez en cuando las rodillas.
Me empeñé en dejarte entrar, en permitir que pasearas a tus anchas, que descubrieras cosas que mí que ni yo misma conocía y tú...
¿Y si todo acabó contigo?
¿Y si nadie vuelve a...?
¿Y si...?

viernes, 11 de marzo de 2016

A la mañana siguiente.




Abro los ojos y hago pastitas con la boca. Es involuntario. Gimoteo un poco, no me quiero levantar, siempre me parece demasiado temprano. Y remolonear me parece una idea tan apetecible si es contigo… Me giro para buscarte y noto el frío en tu lado de la cama. La casa no huele a café y tostadas ni se oye el sonido de la ducha. Sólo hay silencio y el ruido del tráfico atravesando los cristales. Miro el reloj para comprobar que no es tarde. Me cuesta salir de entre las mantas, fuera hace frío y sólo llevo una camiseta vieja que huele a ti. Busco por el piso una nota, algo, una pista de dónde estás, de por qué no estás. Pero no hay nada. Sólo silencio y frío donde anoche había caricias y risas. Las copas aún reposan sobre la encimera, a medias. No las acabamos, había cosas más interesantes que probar. Tus labios en los míos, por ejemplo. O el sabor de tu piel cuando desfilaba por ella besando, lamiendo, mordiendo… El de tu sexo en mi boca o el del mío bebido de la tuya. El aire se llenó de palabras pronunciadas a media voz, entre dientes, de jadeos y gemidos, del sonido de nuestras pieles en la oscuridad de la noche. Como si fuéramos furtivos escondiéndonos del mundo, protegidos por las sombras que dibujan las farolas al colarse por los agujeros de la persiana. Nuestros cuerpos dibujaron siluetas en las paredes, revolvieron las sábanas y deshicieron la cama. ¿Dónde estás?
Juego con el móvil entre las manos, debatiéndome entre mandarte un mensaje, tal vez llamarte, o esperar que seas tú quien lo haga, pero algo dentro me dice que no lo harás, que sólo he sido una estación de paso. Miro hacia el dormitorio, con la taza de café calentándome las manos y los pies helados por caminar descalza. Mi mente viaja unas horas al pasado y recuerda mi cabeza en tu pecho, nuestras respiraciones acompasándose. Los párpados pesan y nos quedamos dormidos. Sé que me muevo mucho. Mi madre decía que pobre del que compartiera colchón conmigo, por eso me gusta esta cama tan grande… Sé que me separo de tu cuerpo porque noto el frío de las sábanas, pero siento tu brazo bajo la almohada y tu mano buscando mi cintura para abrazarla. Escucho tu respiración y la siento en la nuca. Sé que farfullo en sueños y hago ruiditos al respirar. Mi hermana decía que parecía Darth Vader y que era imposible conciliar el sueño a mi lado, pero te siento ahí, detrás de mí, respirando. Y me dejo vencer por Morfeo. Vuelvo al presente, no recuerdo haberte escuchado marchar. Ni haber sentido un beso en mi sien antes de que salieras de mi casa.
No llega ningún mensaje. Ninguna llamada. Y me lanzo a hacerlo. Te llamo y no respondes. Te envío un wasap que no llega. Y lo intento, has cerrado otras vías de contacto. No lo entiendo. Cierro los ojos y me apoyo en la encimera. No entiendo nada. ¿Dónde quedaron los besos y las caricias? ¿Dónde están las palabras que dijimos, las promesas que hicimos? ¿Dónde estás? Mi mente divaga entre mil razones posibles, unas duelen más que otras, algunas reabren viejas heridas y despiertan inseguridades que había conseguido dormir. Seguramente abrieras los ojos y vieras la colección de estrías, le michelín sobre mi cadera y los hoyuelos que pueblan mis muslos. Y perdiera fuerza lo mucho que te gustaban mis rizos anoche, cuando enredabas tus dedos en ellos para atraerme a tu boca; o la forma en que tus dedos se clavaban en mi carne cuando me sujetabas para entrar más adentro; puede que mis labios entreabiertos al dormir no te resultaran tan sexys como anoche mientras recorrían tu abdomen y rodeaban tu polla… Por favor, que alguien calle a esa voz que me dice que, al despertar, sólo era yo y yo no soy suficiente… Por favor, dime porqué esto a la mañana siguiente…


Un café con Sara

Quedé con Vanessa en El Café de la Luz a las cinco. Llevaba semanas hablando con ella, preparando la cita para una de sus próximas visitas...