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martes, 5 de julio de 2016

Ya pasó todo

Llevo semanas preparando esta cita. Nuestro primer aniversario. He reservado en tu restaurante favorito, he comprado un conjunto de ropa interior que me ha costado una pequeña fortuna, pero te va encantar, lo sé, lástima que no vaya a sobrevivir a esta noche. También he comprado un vestido de los que te gustan, negro, con un escote de vértigo en la espalda, lleno de paillettes y sin cremallera. Otra pequeña fortuna, pero me sienta tan bien, me siento muy sexy y me muero de ganas de ver cómo tus ojos recorren mis piernas desde las sandalias de tacón hasta el borde del vestido. Parecen kilométricas. Me he esforzado en taparme la ojeras y me he rizado el pelo, como te gusta. Lo tengo todo calculado al milímetro. He dejado preparado mi pequeño apartamento para después de la cena. He puesto velas en el dormitorio, un cedé con música suave, las sábanas limpias y un par de sorpresas.
Llego puntual, pero tú no estás. Le pregunto al maître, dice que aún no has llegado y me acompaña a una mesa. Aparecen veinte minutos tarde, resoplando y aflojándo el nudo de tu corbata. Vienes directo del despacho, maldiciendo, cabreado. Ni siquiera me das un beso y yo me hundo un poco, pero me recuerdo que no puedo hacerlo, es nuestra noche y vamos a disfrutarla. Pasas un cuarto de hora contándome las idas y venidas de la oficina y finjo que te escucho, que me importa, aunque en realidad sólo asiento y sonrío. Me miras mal y me echas en cara que te ignoro. No sé muy bien cómo, pero consigo resumir todo lo que has dicho.Tus hombros se relajan y te escondes detrás de la carta fingiendo que no sabes qué vas a tomar, podría recitárselo yo misma al camarero. Tartar de atún, ensalada templada de gulas, y tiramisú. Para mí una capresse sin aliño y con poco queso, no quiero engordar. Me lanzas una mirada asesina cuando paso a la página de los postres dispuesta a pedir algo, no pasa nada por una noche, pero me reprimo y sonrío entregando la carta al chico que nos atiende. Es jóven, unos treinta años, tiene los ojos azul intenso y su piel es suave, lo sé porque me ha rozado al darle la carta. Pones mala cara y me excuso, sólo quería ser educada.
Evito mirar al camarero cuando vuelve con los platos, me concentro en el entramado del mantel. Veo por el rabillo del ojo cómo asientes mientras te enseña la botella de vino que has elegido y la pruebas. El chico se aleja y doy un sorbo a mi copa de agua.
- Estás muy guapa - sonríes.
- Gracias - sonrío. Y alabo tu traje, sé que es nuevo porque hoy tenías una reunión muy importante y siempre estrenas traje en las reuniones importantes. Llevas el alfiler de corbata que te regalo tu madre por Navidad. Y los gemelos de tu padre. Nunca te pones los que te regalé yo, parece que no te gustaran.
Gimes de gusto cuando das el primer bocado. Ese restaurante es siempre un acierto. La botella de vino se acaba, yo apenas he tocado el agua y alargo mi ensalada. Noto que el camarero me mira con pena, pero me da igual, así está bien. Te tomas tu tiempo con el postre y yo miro de reojo deseando que me des a probar, pero tu plato se vacía y esta vez tampoco he podido hacerlo. Pides la cuenta y rebusco el monedero, pero dejas la VISA en el platito y niegas con la cabeza, así que me excuso y me levanto para ir al aseo antes de marcharnos. Noto tu mirada quemarme la piel desnuda que deja el escote del vestido y se me encoge el estómago. No es la reacción que esperaba.
Cuando vuelvo a la mesa te quitas la chaqueta y me la echas por los hombros, me agarras del codo, fuerte, me haces daño, y gruñes entre dientes que cómo se me ocurre ponerme ese vestido.
- Todo el mundo te mira - farfullas y yo me cubro, avergonzada. Lo dices por mi bien, lo sé, voy rpovocando y algún día tendremos una desgracia.
Casi me empujas dentro del coche, aprietas la mandíbula, estás cabreado. Repito mil veces que lo siento, que no volverá a pasar, que tiraré el vestido a la basura. Respiras aliviado y me miras con ternura, posando una mano en mi rodilla. Vuelves la vista a la carretera y reconozco el camino a tu casa. Quiero hablar y decir que vayamos a la mía, pero ya estamos lejos y se ha hecho tarde. Además, tu mano ha subido unos centímetros y se ha colado bajo la tela del vestido, casi roza el encaje del tanga. Te miro de reojo y reconozco tu sonrisa lasciva, bajo la vista y veo el bulto bajo tus pantalones. Me humedezco por instinto y subes un par de centímetros más.
Cuando entramos en tu piso el vestido vuela por los aires y el tanga se convierte en un girón de tela en el suelo de tu salón. Juro que me duele oír cómo se rompe. Me devoras la boca con tanto ansia que no presto atención a nada más. Sacas mis pechos del sujetador y los amasas a manos llenas. Aprieto los muslos, impaciente. Bajas mordiendo mi mandíbula, el cuello, hasta llegar al pezón. Duele, joder, pero no me quejo, no puedo. Una de tus manos se ha colado entre mis piernas y acaricia mis labios, abriéndolos. Cuelas un dedo dentro de mí. Otro. Me haces daño, pero sólo gimo.
Aún no sé cómo hemos llegado al dormitorio.Has lanzado tu ropa por el pasillo y estoy tirada en la cama, con las piernas abiertas, el sujetador mal puesto y los ojos cerrados. Te cuelas de una estocada, gruñendo. Ni siquiera esperas que me acostumbre a la invasión. Sólo empujas, fuerte. Me tenso y trato de concentrarme en disfrutar, pero sólo sé que duele. Cada empellón es como una puñalada. Mi cuerpo menudo rebota en la cama cada vez que entras en él. Intento tocarte, hacer que frenes, pero no me sale la voz y has sujetado mis manos por encima de la cabeza. Aprietas mis muñecas con una de tus manazas y la otra me agarra del cuello con una leve presión. Aceleras los movimientos, siento que me rompo, me desgarro. Duele. Joder. Duele. Sollozo y vuelvo la cara, pero me obligas a mirarte. Tu expresión de éxtasis cuando explotas es como una bofetadas. Me llenas de líquido caliente y das dos empujones más antes de salir. Quiero irme corriendo, pero te desplomas sobre mí, no puedo moverme. Me besas con ansia y, cogiéndome de la mandíbula, me miras fijamente a los ojos.
- Esto es mío - gruñes. - No quiero que nadie más lo mire.
Desapareces en el baño y yo me hago un ovillo. Cuento con los dedos y rezo. Joder, ¿por qué no te has puesto un condón?
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Duele. Me retuerzo de dolor. Hace media hora que te he llamado. He roto aguas, joder. Noto cómo su cabecita empuja, pero me has pedido que no llame a la ambulancia, has dicho que llegabas enseguida y que limpiase lo que se había manchado. Ni siquiera he llamado a mi madre. Entras como un huracán y haces inventario. No me dices hola, no preguntas ¿qué tal?, sólo miras que esté todo limpio y recogido antes de bajar al coche y llevarme al hospital.
Me llevan a una habitación y dices que bajas a comer algo. Murmuras que te he sacado de una reunión, que soy una inútil inoportuna, pero finjo que no te oígo. La enfermera también hace como si nada. Me ofrece un vaso de agua y dice que hay que esperar. Y espero. Una hora. Dos. Tres. Duele. Me llevan a una sala que huele a desinfectante y me colocan en una máquina de tortura. Pregunto por ti, nadie sabe dónde estás. De repente, deja de doler. Escucho voces que me dien que respire, que empuje, que ya sale, ya veo la cabeza, un pequeño empujón y saldrán los hombros. La oigo llorar. Es preciosa, diminuta y llena de sangre. Salen a buscarte, pero no apareces. Tardas cuatro horas en hacer acto de presencia en el hospital.
- ¿Dónde estabas? - murmuro, para no despertar a la niña.
- A ti qué te importa.
Me encojo, hueles a alcohol y te acercas a la cuna de mi pequeña. Quiero impedirlo cogiéndote del brazo, pero me apartas de un manotazo y te inclinas sobre la cuna. Sólo rezo porque no le vomites encima. La miras con asco y veo una de tus manazas acercarse a su cabezita. Salto de la cama y llego antes de que la toques, pero me empujas y caigo contra la pared. Acaricias su carita con delicadeza y me miras con repulsión.
- ¿Cómo puede salir algo tan bonito de una puta como tú? - gruñes. Y la enfermera que entraba en la habitación sale sin mediar palabra, con la cabeza gacha. Veo el desprecio en tu mirada, sigues sin creerte que nadie me toca, nadie más que tú.
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 Mi madre ha venido a vernos, le he dicho que tendrá que irse antes de que vuelvas, que estás muy cansado y estresado y no soportas las visitas. Dice que tengo mala cara y estoy más delgada, debería verme sin maquillar y con menos ropa. He conseguido disimular muy bien los moratones, llevo el cuello tapado con un pañuelo y un jersey gordo para que no vea cómo se me marcan las costillas. Me tomo el antibiótico en la cocina y vuelvo con el café. Me quejo un poco al sentarme y me mira interrogante. Le digo que me tiran los puntos porque no puedo contarle la verdad. No puedo decirle que anoche volviste borracho y me follaste. Después miraste con asco las sábanas llenas de sangre y fuiste a lavarte mientras yo las lavaba y rezaba por parar de sangrar o por no parar y morirme.
Estoy preocupada porque no me sube la leche. Mi madre dice que es normal, que soy primeriza, estoy nerviosa y que, cuando me relaje, todo fluirá, pero no quiero coger a la niña y es ella quien tiene que darle el biberón. Miro el reloj y la apremio a marcharse, llegarás enseguida. Lo recojo todo antes de que entres por la puerta. Me encuentras preparando la cena, pero no te acercas. Saludas a la niña, que duerme despreocupada en su cunita y, después, entras en la cocina como un elefante en una cacharrería. Me coges de la cara y preguntas qué hago maquillada y vestida. Miento. Te digo que he ido a dar un paseo con la niña y me das una bofetada. Te marchas dando un portazo y juro que respiro al pensar que puede que no vuelvas esa noche.
Me acuesto en mi lado de la cama, bien al borde, sin dejar de mirar la cuna de la niña. No puedo dormir. El estómago se me encoge cuando oigo que tanteas la cerradura y consigues abrir. Cierras de golpe y te tambaleas hasta el dormitorio. Una lamparita se cae por el camino. Entras en la habitación golpeando la puerta contra la pared. La niña se despierta, llora, y tu te inclinas sobre la cuna, gritando.
- ¡Cállate, hija de puta!
Sólo reacciono cuando te veo con un cojín en las manos. Te veo las intenciones. Te empujo y grito que te alejes de mi niña, pero me das un manotzo que hace que me caiga y me golpee la cabeza. Cuando recupero el conocimiento no estás y la niña no llora. Me acerco asustada a la cuna. No se mueve. Me agacho sobre ella. No respira. Está fría. No respira. El dolor no me deja gritar. Aprieto su cuerpecito y tanteo sobre la mesita hasta dar con el teléfono.
- Ha matado a mi niña - es todo lo que acierto a decir.
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Estoy acurrucada en la cama. Las sábanas blancas. Las paredes blancas. Voces y ruido de pasos. Hay una mujer sentada en una silla junto a mi cama y un tubo que va de mi brazo a una bolsa llena de un líquido que, dicen, me calmará el dolor. Pero nada me calma. No deja de doler. Intento alcanzar la ruleta que sube la dosis, pero la mujer me para y aleja el gotero.
- Quiero morirme - murmuro.
Reconozco a mis padres a pesar de que tengan la cara descompuesta. No quiero mirarles. Soy una vergüenza que ni siquiera es capaz de cuidar de sí misma. He matado a mi niña, me repito.
- Nadie te culpa - dicen todos.
Mi madre se sienta al borde de la cama y me acaricia el pelo. Mi padre habla con la mujer, es enfermera, que va a llamar al médico. La doctora es una mujer de unos cincuenta, con el pelo rojizo y la cara rechoncha. No se anda con rodeos. Veo a mi padre caer en la silla, con la cara entre las manos. Mi madre hunde la cabeza en mi regazo y me pide perdón. La doctora sigue hablando. Se abre la puerta. Reconozco tu olor aunque no pueda verte. Mi padre se abalanza sobre ti hecho una furia, te agarra del cuello, estampándote contra la pared.
- Hijo de puta. Maldito hijo de puta - brama cuando los de seguridad le apartan de ti. Os arrastran a cada uno en diferente dirección y dicen que vendrá la policía, que te detendrán y nos tomarán declaración.
La doctora se agacha frente a mí y dice que no tenga miedo, que ya pasó todo. Y a mí me gustaría creerlo.
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Llevo semanas preparando esta cita. Nuestro primer aniversario. He reservado en tu restaurante favorito, he comprado un conjunto de ropa interior que me ha costado una pequeña fortuna, pero te va encantar, lo sé, lástima que no vaya a sobrevivir a esta noche. También he comprado un vestido de los que te gustan. Otra pequeña fortuna, pero me sienta tan bien, me siento muy sexy y me muero de ganas de ver cómo tus ojos recorren mis piernas desde las sandalias de tacón hasta el borde del vestido. Parecen kilométricas. Me he esforzado en taparme la ojeras y me he rizado el pelo, como te gusta. Lo tengo todo calculado al milímetro. He dejado preparado mi pequeño apartamente para después de la cena. He puesto velas en el dormitorio, un cedé con música suave, las sábanas limpias y un par de sorpresas.
Llego puntual y me estás esperando en la puerta. Me encojo un poco cuando colocas una mano al final de mi espalda antes de darme un ligero beso en los labios. Retiras la silla y dejas que me siente primero. Repasas la carta, aunque ya sabes qué vas a tomar. Le pides al camarero una botella de vino blanco, mi favorito, y dos cucharillas para el postre. Sonríes, me preguntas qué tal el día, qué me ha dicho el médico y cómo ha ido la visita a mis padres. Te cuento que he quedado con unas amigas cuando he salido de la consulta y hemos ido a tomar algo. La botella de vino se acaba y pides otra. Llega el postre y me cedes la primera cucharada, es tarta selva negra. Me quejo de que irá directa a mis cartucherasy bromeas. Pides la cuenta y busco el monedero en el bolso, pero dejas la VISA sobre el platito y me excuso para ir al aseo antes de marcharnos. Me sigues con la mirada y casi puedo ver tu sonrisa a mi espalda.
Subimos al coche y murmuras que te encanta cómo todo el mundo me miraba cuando el vestido bailaba alrededor de mis caderas. Pones rumbo a mi casa, con la vista en la carretera y una mano en mi rodilla que sube a cada poco y acaba pegada al encaje de mi ropa interior. Entramos besándonos, desnudándonos. Me encojo cuando me tocas entre las piernas y susurras que me calme, que no me harás daño. Me tumbas despacio en la cama, haciéndote un hueco con una rodilla mientras te colocas un condón y me pides permiso antes de colarte en mi interior. Asiento no muy convencida, pero entras con delicadeza y te quedas quieto hasta que me acomodo a tu alrededor. Te mueves despacio, sin dejar de mirarme, de tocarme, de besarme... Y, cuando me voy, contigo palpitando dentro de mí, sonrío. Ya pasó todo.

lunes, 21 de marzo de 2016

Ya no se escriben cartas de amor.


Me siento en mi escritorio y escojo mi bolígrafo favorito, ese que sólo utilizo para los textos especiales. Preparo un taco de folios en blanco y esa guía que llevo utiliando desde que iba a la universidad y me servía para no torcerme cuando pasaba los apuntes a limpio. Respiro hondo, doy un sorbo al té humeante y dejo fluir las palabras. Pienso en ti. En la forma en que me das los buenos días,acabando siempre con ese icono que lanza un beso con corazón. En la forma en que me haces sonreír con una simple palabra. Pienso en cómo me miras, en cómo me rozas casualmente, como sin querer. Pienso en lo bonito que es sentir las mariposas revoloteando por todo el cuerpo porque el estómago se les ha quedado pequeño. Pienso en lo extraños que son los días que no te veo, en lo que te echo de menos a pesar de pasarnos horas hablando.
El bolígrafo camina solo, no pienso en lo que escribo, sólo lo hago. La tinta azul dibuja trazos precisos, letras pequeñas y redondeadas que no son sino una colección de eufemismos para decirte que no hay día que mi corazón no se salte un latido cada vez que me diriges la palabra; que mi respiración se acelera cuando te tengo cerca y hasta el estómago se me encoge cuando me abrazas. Doy mil rodeos para no decirte directamente que siento tantas cosas que no sé ponerles nombre y que me muero de miedo sólo de pensar que puedas darte cuenta de ello antes de que pueda ponerlas en orden. Porque no puedo, no sé decirlo, no sé si quiero. Y tengo miedo. Y llámame cobarde, pero ya malgasté muchos "te quiero" y este es tan grande que temo soltarlo a destiempo.
Creo que desvarío, le he dado tantas vueltas al tema para no enfrentarlo que he caído en una espiral de palabras que dicen todo y no dicen nada. Espero que lo entiendas. No es fácil ponerle letras a algo tan grande que no tiene definición. Deberían inventarle un nombre a todo esto, algo nunca dicho, nunca escrito. Deberían para que pudiera decírtelo. Para que pudieras entenderlo. Y sigo escribiendo. Y creo que ya te lo he dicho todo. Y creo que me falta mucho por decir.
Doblo la hoja en cuatro partes y la meto en un sobre que lleva tu nombre y el mío. Lo cierro con cuidado y lo sostengo entre las manos. Ahí dentro van más que palabras. Siento que pesa mucho, demasiado para ponerle un sello y echarlo a un buzón. Respiro hondo, del té ya no sale humo, sólo es un líquido frío y ambarino que no me aclara las ideas.
- Hola. ¿Qué tal?
Te dejo el mensaje en el wassap. El sobre me mira desde el cajón donde lo he lanzado.. Doble check azul. Cierro el cajón, el sobre se queja.
- Bien. ¿Y tú?
Y volvemos a la rutina de escribirnos cada día con letras sin forma, letras sin alma. Porque ya... Ya no se escriben cartas de amor.

miércoles, 2 de marzo de 2016

Reflexiones de una noche de desengaño


Tú y yo no estábamos hechos para volar. Ni para amarnos. Tú y yo no podíamos sino herirnos con la misma intensidad que nos mirábamos y nos teníamos. Nos queríamos a nuestra manera. Sin dejar de hacernos daño. Sin dejar de acercarnos... Éramos dos piezas de distintos puzles que encajaban a la perfección, pero estábamos tan condenados a separarnos que el destino se hizo cargo por nosotros.

lunes, 29 de febrero de 2016

Y que no haya más mundo.


Dormirme en la curva de tu cuello. Aprenderme de memoria las constelaciones que forman tus lunares. Respirar ese olor que es sólo tuyo. Y sólo mío. Reconocer tus costillas y el roce de tu piel. Que me quemen tus besos. Que me den sed. Que me entren ganas de tenerte cuando te alejas un centímetro. Volverme adicta a tus caricias. Tener mono de tu aliento. Que me estorbe tu ropa. Que te estorbe la mía. Y que no haya más mundo que nosotros en un mar de sábanas.

viernes, 26 de febrero de 2016

Me gustas.


No me preguntes porqué, no lo sé. Sólo sé que esas dos palabras aparecieron un día ante mis ojos, como por arte de magia, como si antes no hubiera podido ver que era así, que me gustas.
No te asustes, no es una petición de matrimonio. Pero, ¿sabes? Me gustaría entrelazar nuestros dedos con disimulo, correr a escondernos a un rincón para matarnos a besos, que nos entre urgencia por volver a casa, por quedarnos solos...
Quizá sea porque me haces reír. Quizá tenga que ver que siempre tengas la palabra correcta. O que estés ahí para rescatarme cuando caigo, para creer en mí, para soportarme cuando ni yo misma me aguanto. No sé...
Tal vez sea la forma en que me miras. O la forma en que te miro. No sé, pero me gustas y no sé decirlo de otra manera. Puede que esté anticuada, que ya no se estile, pero nunca me importó no adaptarme a los nuevos tiempos, a esas modas que pretenden amar sin que lo parezca, que se esconden y se engañan diciendo que no llevan el corazón a cuestas. ¿A quién pretendo engañar si siempre he sido de las que pone el corazón en cada paso? Y contigo no iba a ser menos. Y ese pequeño músculo tonto, ese que tu dices que es muy grande, dice que le gustas.

lunes, 8 de febrero de 2016

Tenemos que hablar...


- Tenemos que hablar.
Tres palabras eran el detonante. Después llegaban los gritos, los reproches, los "y tú más" y los "ya no me quieres". Los "no digas eso" y una caricia para retirar mis mechones desordenados de la cara. Y tus labios cerca de mi frente y ese respirar sólo tu aliento. El olvidarnos de la discusión porque nuestros cuerpos se han juntado y son como fuego y gasolina, le shace falta muy poco para arder.
En unos segundos somos todo lenguas y saliva. Manos y ropa que sale volando a zarpazos. Gritos convertidos en susurros. Susurros convertidos en jadeos. Tu cuerpo entre mis piernas. Tú enterrado en mí y tus quejidos acompañando cada embestida. Una mirada cómplice que dice más que todos los gritos. No sabemos querernos de otra manera y sabemos que no es sano, pero se nos olvida cuando nuestros cuerpos chucan y nuestras lenguas se enredan. Cuando nuestras manos nos estudian al milímetro. Cuando respiro de tus jadeos y tú gimes mi nombre. Cuando nuestras espaldas se arquean y la electricidad nos recorre. Cuando el orgasmo nos lleva a lugares desconocidos y somos sólo cuerpos, carne, sudor y sexo.

lunes, 25 de enero de 2016

Buenos días.


Se cuelan los primero rayos de sol por la persiana. Dibujan formas curiosas en tu cuerpo. Tu pelo enrdado, revuelto sobre la almohada y yo en vela desde hace horas, mirándote dormir, pidiendo a mis manos un control que yo no tengo. Las deslizo bajo las mantas, tu cuerpo suave, caliente, se resiente ante el frío de mis dedos. Gruñes bajito y te retuerces, ahora te tengo más a mano. No me entretengo en el camino, sé que, a veces, es divertido, pero ahora no, tengo otro objetivo.
Me deslizo ligera, directa, sin prisa, sin pausa. Última frontera, ese maldito elástico que siempre me frena. La cruzo, sin pensar demasiado, mi cabeza no es buena consejera en estos casos. Te estremeces con la primera caricia y adivino un quejido atascado en el fondo de tu garganta. Estos siendo delicada, apenas las yemas de mis dedos rozando tu masculinidad. Despacio, suave. Te muerdes los labios y acallas un gemido, estás despertando, pero no abres los ojos, me dejas seguir acariciando, tocando, rozando. Te acomodas, no dices nada, sólo se escucha tu respiración agitándose y el leve sonido de mi piel en contacto con la tuya.
Te retuerces, te tensas, lo noto baj mis dedos. Tu excitación crece con la mía. Paro, en seco, preparando mi siguiente movimiento. Rápido y certero, mis braguitas caen al suelo y sólo me abriga tu camiseta. Me subo a ti, a horcajadas, y el sol ilumina los lunares de tu pecho. Mis dedos juegan a unir los puntos, mi cuerpo se balancea, buscándote. No tardamos en encontrarnos, nuestros ojos se cierran y nuestras bocas se abren. Toda mi piel se eriza al contacto con la tuya. Silencio, gemidos, cuerpos chocando... Tú, sólo tú. Tus manos se agarran a mi cintura, me mueves a tu antojo, bailo para ti. Buscamos la unión perfecta y encontramos un error constante. Quizá sólo por la diversión de seguir buscando, de seguir probando. Es un juego que ninguno de los dos quiere terminar. Uno en el que no gana ni pierde ninguno. Tú aceleras, yo freno. No quiero acabar. Se está bien aquí, así, contigo dentro, tocándome, acariciándome, llevándome al cielo... Bajándome al infierno. Te tensas más, aceleras mñas y yo te sigo el ritmo porque ya no puedo hacer otra cosa. No coordino las palabras, no las controlo, no las escucho. Sólo tu respiración y el chasqueo de nuestras pieles. Sólo ese gemido ahogado que luchas por retener.
Mi espalda se curva, tus manos se aprietan en mi cadera. Te siento más dentro, más duro, más... Gruñes. Grito. ¡Oh!
Me derrumbo sobre tu cuerpo al vaivén de nuestras respiraciones aceleradas, al compás de nuestros latidos frenéticos. Me acaricias la espalda con las yemas de los dedos. Un beso entre mis rizos desmadejados. Otro en los labios. Suave, tierno. Un susurro. Buenos días.

lunes, 4 de enero de 2016

Lo quiero contigo...


Quiero un baile entre tus brazos, de esos que acaban con los dos desnudos, revoviendo las sábanas. Escribir con mis labios por todo tu cuerpo, no dejar un rincón sin su letra. Leer cada verso de tu piel acariciándola con mis dedos- Y repetir. Releerte.
Quiero una canción de esas que susurras en mis oídos y tocas en la curva de mi espalda. Una de esas danzas malditas en las que acabamos arqueados y temblando. Uno de esos silencios cómodos llenos de respiraciones entrecortadas y latidos acelerados.
Quiero ese descansar en tu pecho después de la batalla entre los cuerpos. Ese aroma a piel y sexo. Quiero esos murmullos, esas caricias, esos dedos tuyos enredados, sin querer, en mi pelo, esas piernas entrelazadas. Quiero ese abrazo adormilado, ese gemido en sueños, ese brazo apretándome más contra tu cuerpo.
Quiero todo. Y lo quiero contigo.

lunes, 14 de diciembre de 2015

Con fecha de caducidad.




La nuestra era una de esas historias con fecha de caducidad. De esas con principio de cuento y final de película. De esas que se van degradando en el tiempo. La nuestra era una de esas historias que empiezan y acaban en el mismo lugar. Sin darnos cuenta de que era el principio. Sin darnos cuenta de que era el final. Una de esas historias que empiezan con una mirada, con un “no puedo”. De esas que se viven con el estómago encogido no sabes si por nervios o por mariposas. Con el corazón envalentonado, latiendo frenético. Sin coraza porque la has dejado tirada en un rincón. ¿Para qué, si no me hará falta? 

La nuestra era una de esas historias cortas que algunos cuentan en dos frases y a otros les da para tres novelas. Una de esas con besos y abrazos y paseos de la mano. Con saludos y despedidas en estaciones de tren. Con café y cerveza. Con primeros besos. Con últimos besos. Con lugares desconocidos. Con dos desconocidos. Porque eso éramos tú y yo, dos desconocidos que jugaron a poder ser algo más. Que se abrazaron, que se besaron, que se tocaron… Que caducaron.

Un café con Sara

Quedé con Vanessa en El Café de la Luz a las cinco. Llevaba semanas hablando con ella, preparando la cita para una de sus próximas visitas...