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lunes, 14 de diciembre de 2015

Con fecha de caducidad.




La nuestra era una de esas historias con fecha de caducidad. De esas con principio de cuento y final de película. De esas que se van degradando en el tiempo. La nuestra era una de esas historias que empiezan y acaban en el mismo lugar. Sin darnos cuenta de que era el principio. Sin darnos cuenta de que era el final. Una de esas historias que empiezan con una mirada, con un “no puedo”. De esas que se viven con el estómago encogido no sabes si por nervios o por mariposas. Con el corazón envalentonado, latiendo frenético. Sin coraza porque la has dejado tirada en un rincón. ¿Para qué, si no me hará falta? 

La nuestra era una de esas historias cortas que algunos cuentan en dos frases y a otros les da para tres novelas. Una de esas con besos y abrazos y paseos de la mano. Con saludos y despedidas en estaciones de tren. Con café y cerveza. Con primeros besos. Con últimos besos. Con lugares desconocidos. Con dos desconocidos. Porque eso éramos tú y yo, dos desconocidos que jugaron a poder ser algo más. Que se abrazaron, que se besaron, que se tocaron… Que caducaron.

viernes, 20 de noviembre de 2015

Besayúname...


Una mañana cualquiera, en una terraza cualquiera, en una calle cualquiera de una ciudad cualquiera. Dos manos se entrelazan sobre una mesa. Las miro unas milésimas de segundo y mis ojos viajan hasta los tuyos. Oscuros, profundos. Me pierdo en ellos, me sumerjo. Y tu sonrisa torcida me despista un instante. Sueltas mi mano, sujetas tu taza y das un trago largo. Veo como sube y baja tu nuez al tragar y hasta ese gesto involuntario hace que se me revuelvan las ganas de besarte. Observo tus labios, como los relames para saborear el café y acallo las voces que gritan en mi cabeza que soy yo quien debería saborearlos.

 Me concentro en mi taza y en los dibujos que la espuma forma al revolverla con la cucharilla antes de llevármela a los labios. Y me deleito en ese trago pensando que ese debe ser ahora el sabor de tus besos. Amargo, intenso. Retiro la espuma que se ha quedado pegada en mi labio superior con la lengua. No puedo pasar por alto como tus ojos recorren el mismo camino que ella. Tu rodilla empieza a temblar bajo la mesa. Adivino el bailoteo de tu pie, tu nervosismo y tus ganas, parejas a las mías. Tu boca me apetece como esa galletita que han colocado en el plato junto al azucarillo sin abrir. Me bebo mis ganas en otro trago y miro alrededor. En otra mesa, unas mujeres hablan en voz baja, se ríen y nos miran de reojo. Sigues mi mirada y escondes esa sonrisa tuya en la taza. Te imito y me da la risa. Y te da la risa. Y tus ojos brillan de esa forma que hace que me derrita por dentro, que me tiemblen hasta las pestañas y se me enciendan las mejillas. Y, entonces, te inclinas sobre la mesa y me susurras una palabra. Esa palabra. La que me robaste en su día y yo nunca pedí que me devolvieras. Me inclino sobre la mesa, a escasos centímetros de tu boca. No puedo dejar de mirar tus labios entreabiertos. Unos milímetros y sólo aliento entre nosotros. Las mujeres se han callado y ahora miran con descaro. Lo repites. Un murmullo inaudible. Rompes la distancia que nos separa. Bebo de tus labios amargos por el sabor del café, dulces por el sabor a ti. Mi sabor preferido del mundo. Nos separamos y miras con urgencia el reloj.

Nos quedan pocos minutos y media taza de café, pero preferimos seguir bebiendo de nuestras bocas. Ya habrá tiempo de pedir otro café, cargado y en vena, por favor.

Un café con Sara

Quedé con Vanessa en El Café de la Luz a las cinco. Llevaba semanas hablando con ella, preparando la cita para una de sus próximas visitas...