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viernes, 24 de noviembre de 2017

Un café con Sara

Quedé con Vanessa en El Café de la Luz a las cinco. Llevaba semanas hablando con ella, preparando la cita para una de sus próximas visitas a Madrid. Estaba tan emocionada que había vaciado el armario encima de la cama, el baño parecía un Sephora y, después de diez cambios, aún no había decidido qué ponerme. —Tranquila – me dijo en un wassap, - yo voy en vaqueros y camiseta. Pero no me tranquilicé. Mis vaqueros favoritos habían encogido un poco después del fin de semana de comilonas que nos habíamos dado por el aniversario de Álex y Rober, el cumpleaños de Gonzalo… Madre mía, iba a ser un desastre. Si Rober me oyera me daría un bofetón mental con una de esas frases suyas que siempre consiguen animarte y hacerte pensar, pero no estaba y no podía oírme y yo estaba entrando en crisis porque quedaba media hora para la reunión y aún no me había decidido por un modelito. Cuando llegué, Vanessa estaba sentada en uno de los sillones junto al ventanal, concentrada en su libreta. El boli se movía tan rápido que me dio pena acercarme e interrumpirla así que me acerqué a la barra y pedí un café con leche y esperé a que levantase la vista del papel para ir a sentarme frente a ella. Verla escribir daba paz y a la vez ganas de saber quién sería el protagonista de su nueva historia, si sería como la mía con Gonzalo, si también habría un Jorge… Pero no pregunté, uno no pregunta a una escritora por sus proyectos, tienes que dejar que te los cuente ella. Me sentía acobardada, ¿qué hacía yo sentada frente a una escritora que ya tenía un libro mientras yo guardaba mis proyectos en el cajón de la mesilla? Además estaba cortada, con lo lanzada que había sido para decirle de quedar y ahora… no me salían las palabras. —¿Qué tal? – me atreví a preguntar. —Bien – contestó con la boquita pequeña, no la esperaba tan vergonzosa, por wassap no lo parecía. – Esto es más fácil por teléfono – sonrió tímidamente. —Si te sirve de consuelo, yo estoy igual – di un sorbo a mi café y rebusqué en mi cabeza la lista mental de preguntas que quería hacerle, pero sólo se me ocurrió decirle – ¿llevas mucho esperando? —Ah, no, estaba escribiendo, no te preocupes. A ver si consigo encauzar el proyecto nueve, me trae de cabeza. —¿Bloqueada? —¡No! Gracias a Dios, no. Ya me pasó con el anterior, tuve que aparcarlo porque no había forma y ahora sus personajes no dejan de llamar mi atención y darme ideas para que vuelva, pero no quiero, quiero centrarme en este y en la documentación del siguiente… A veces creo que me voy a volver loca, si no lo estoy ya. Hablar con gente que sólo existe en tu cabeza es de chiflados, ¿no? —Un poco, pero creo que os pasa a todos los escritores – me reí. – No me cuentes nada vital pero, el proyecto nuevo ¿de qué va? ¿Se parece a mi historia? —Uhm... – dio un trago a su café. – Sí y no. Quiero decir, es una historia romántica, pero hasta ahí las similitudes. —¿Y el siguiente? ¿Cómo puedes llevar dos historias a la vez? —¡No puedo! – se rió. – Sólo escribo una, pero me voy documentando y tomando notas de la siguiente, cuando acabe con una, me pondré con la otra. Si no sí que me volvería loca del todo. —Vaya… Pero supongo que será difícil escribir algo con otros personajes en mente, ¿no? —Un poco, intento dejarles apartados, hacerles callar de alguna manera, o hacer sobresalir a los que necesito con música para que “hablen” más alto que el resto. Además no son sólo los futuros, no veas lo que cuesta soltaros del todo, siempre dejáis un cachito de vosotros dentro de mí. —Y tú dentro nuestro, no creas, a veces pienso que hay algo por ahí dentro que nos une. —Creo que imposible no dejar una parte del autor en el personaje, aunque sea pequeñita, eso no significa que la historia sea autobiográfica, de ser así, mis historias serían bastante aburridas, pero de alguna forma, parte de la personalidad del autor se cuela en los protagonistas. Creo que tiene que ver un poco con que viváis dentro de mi cabeza. —Eso sí que ha sonado un poco a chiflada – me reí. —Lo sé, por eso no se lo digo a casi nadie, no quiero que me tomen por loca. Aunque ya lo decía el sombrerero, las mejores personas lo están. —Además de verdad. Un poco de locura nunca está mal. Si no, no habría vivido esa aventura… —Creo que los GinTonic también tuvieron algo que ver… —¡Para que luego digan que las ensaladas son buenas! – me carcajeé. —Bueno, bueno, toda la culpa no es del alcohol… Álex puso algo de su parte. —Puso a Jorge en mi camino. Y, ¿sabes qué? No me arrepiento de nada. De lo único que hay que arrepentirse es de lo que no hacemos. Todo lo demás nos lleva al punto donde estamos, nos ayuda a crecer, a evolucionar… —Qué sabia eres a veces, Sara. —Creo que eso lo heredé de ti. Junto con alguna que otra cosilla… —El gusto por la moda, el maquillaje, algún que otro complejo… Apuesto a que has pasado un buen rato eligiendo qué ponerte, ¿me equivoco? —Mi cama parece un mercadillo, pero ya sabes: “todas las mujeres tenemos un armario lleno de nada que ponernos”. —Y tener una talla grande no está reñido con tener estilo ni vestir bien. ¿Todavía tienes ese vestido fucsia? —¡Claro! Lo tengo en el trastero en una caja, pero pienso vengarme de Nerea y ese vestido será mi arma. —¡Eso no me lo pierdo! Bueno… ¿Qué tal todos? —Bien, más o menos. Álex y Rober han pasado una pequeña crisis y me fastidia no haberme dado cuenta, estaba demasiado centrada en mis problemas y no vi que ellos no estaban en su mejor momento. Aunque en el fondo creo que les ayudó, necesitaban salir de esa rutina que se habían autoimpuesto, todos los viernes afterwork, los sábados al teatro, los domingos al centro comercial… Eso no es sano, lo sé por experiencia. —¿Sabes algo de Héctor? —No. Y la verdad es que me da igual. Me crucé un día con él por la calle, le saludé por educación y no sé si me lo devolvió, no le guardo rencor. Con el tiempo aprendes que hay cosas que es mejor que se rompan del todo que seguir remendándolas, duele, pero al menos sabes que llegará el momento en que dejen de hacerlo. Si seguíamos poniendo parches a lo nuestro acabaríamos por hacernos polvo y no merece la pena. —Eso no sé si lo has heredado de mí… —Créeme, sí, todo esto lo llevas tú dentro y nos lo traspasas a nosotros, eres nuestra voz, nuestra conciencia… Sin ti no existiríamos. —Calla, que me vas a hacer llorar… —¡Pues llora! Es liberador. A veces es necesario, no lo seas tanto como yo, pero sácalo fuera que dentro se enquista. —Es que tú eres una Drama Queen. —Sólo un poco – me reí y vi como buscaba en su memoria algún ejemplo. – No, no me digas nada, que ya lo sé. Soy muy melodramática, me crié viendo telenovelas. —Y lees demasiada novela romántica. —De eso no puedes quejarte. —Para nada. Yo encantada. Hay que leer. ¿No te animas a publicar esas cositas que tienes escondidas? —Me da vergüenza. Quizá no sean tan buenas como pienso. —Eso me pasaba a mí, pero mira, cuando tuve por primera vez “No llores por los hombres” en la mano casi lloro, me sentí muy realizada. Y después he recibido muy buenas críticas, aún no me acostumbro a que alguien que no conozco de nada me hable para decirme que le ha encantado tu historia, que se ha identificado con alguno de los personajes… Si no te atreves a lanzarte a publicar el libro, hazlo en un blog o alguna plataforma para escritores, pero no lo dejes, si es lo que te gusta y lo que quieres, escribe. Es el mejor consejo que puedo darte. Miró el reloj y apuró su café antes de despedirse con un abrazo y dos besos. Pensé que nos costaría más soltarnos y hablar, pero casi tienen que sacarnos de allí arrastras. Estábamos tan a gusto que nos daba pena dejarlo, pero habría otra ocasión. Muchas más ocasiones…

martes, 31 de enero de 2017

Para muestra, un botón.

Buenas tardes.
Ya hacía tiempo que estaba buscando la manera de hacer esto. Como consumidora soy de las que prefiere ver, tocar y probar antes de comprar. Me pasa con la ropa, la comida y, cómo no, con los libros. A veces una sinopsis no es suficiente, es muy complicado resumir en unas pocas líneas la trama de una historia ¡y sin soltar spoilers! Sin ir más lejos, a mí me costó un mundo escribir la de "No llores por los hombres" y a veces dudo de que transmita el sentido de la novela. Por eso quería enseñaros las primeras páginas del libro, para que, de alguna manera, podáis ver y probar el libro y, si os gusta, hacer click en comprar.
No me enrollo más, os dejo una pequeña muestra de "No llores por los hombres" que incluye el prólogo tan chulo que me escribió Nena Atada. Espero que os guste.

martes, 5 de julio de 2016

Ya pasó todo

Llevo semanas preparando esta cita. Nuestro primer aniversario. He reservado en tu restaurante favorito, he comprado un conjunto de ropa interior que me ha costado una pequeña fortuna, pero te va encantar, lo sé, lástima que no vaya a sobrevivir a esta noche. También he comprado un vestido de los que te gustan, negro, con un escote de vértigo en la espalda, lleno de paillettes y sin cremallera. Otra pequeña fortuna, pero me sienta tan bien, me siento muy sexy y me muero de ganas de ver cómo tus ojos recorren mis piernas desde las sandalias de tacón hasta el borde del vestido. Parecen kilométricas. Me he esforzado en taparme la ojeras y me he rizado el pelo, como te gusta. Lo tengo todo calculado al milímetro. He dejado preparado mi pequeño apartamento para después de la cena. He puesto velas en el dormitorio, un cedé con música suave, las sábanas limpias y un par de sorpresas.
Llego puntual, pero tú no estás. Le pregunto al maître, dice que aún no has llegado y me acompaña a una mesa. Aparecen veinte minutos tarde, resoplando y aflojándo el nudo de tu corbata. Vienes directo del despacho, maldiciendo, cabreado. Ni siquiera me das un beso y yo me hundo un poco, pero me recuerdo que no puedo hacerlo, es nuestra noche y vamos a disfrutarla. Pasas un cuarto de hora contándome las idas y venidas de la oficina y finjo que te escucho, que me importa, aunque en realidad sólo asiento y sonrío. Me miras mal y me echas en cara que te ignoro. No sé muy bien cómo, pero consigo resumir todo lo que has dicho.Tus hombros se relajan y te escondes detrás de la carta fingiendo que no sabes qué vas a tomar, podría recitárselo yo misma al camarero. Tartar de atún, ensalada templada de gulas, y tiramisú. Para mí una capresse sin aliño y con poco queso, no quiero engordar. Me lanzas una mirada asesina cuando paso a la página de los postres dispuesta a pedir algo, no pasa nada por una noche, pero me reprimo y sonrío entregando la carta al chico que nos atiende. Es jóven, unos treinta años, tiene los ojos azul intenso y su piel es suave, lo sé porque me ha rozado al darle la carta. Pones mala cara y me excuso, sólo quería ser educada.
Evito mirar al camarero cuando vuelve con los platos, me concentro en el entramado del mantel. Veo por el rabillo del ojo cómo asientes mientras te enseña la botella de vino que has elegido y la pruebas. El chico se aleja y doy un sorbo a mi copa de agua.
- Estás muy guapa - sonríes.
- Gracias - sonrío. Y alabo tu traje, sé que es nuevo porque hoy tenías una reunión muy importante y siempre estrenas traje en las reuniones importantes. Llevas el alfiler de corbata que te regalo tu madre por Navidad. Y los gemelos de tu padre. Nunca te pones los que te regalé yo, parece que no te gustaran.
Gimes de gusto cuando das el primer bocado. Ese restaurante es siempre un acierto. La botella de vino se acaba, yo apenas he tocado el agua y alargo mi ensalada. Noto que el camarero me mira con pena, pero me da igual, así está bien. Te tomas tu tiempo con el postre y yo miro de reojo deseando que me des a probar, pero tu plato se vacía y esta vez tampoco he podido hacerlo. Pides la cuenta y rebusco el monedero, pero dejas la VISA en el platito y niegas con la cabeza, así que me excuso y me levanto para ir al aseo antes de marcharnos. Noto tu mirada quemarme la piel desnuda que deja el escote del vestido y se me encoge el estómago. No es la reacción que esperaba.
Cuando vuelvo a la mesa te quitas la chaqueta y me la echas por los hombros, me agarras del codo, fuerte, me haces daño, y gruñes entre dientes que cómo se me ocurre ponerme ese vestido.
- Todo el mundo te mira - farfullas y yo me cubro, avergonzada. Lo dices por mi bien, lo sé, voy rpovocando y algún día tendremos una desgracia.
Casi me empujas dentro del coche, aprietas la mandíbula, estás cabreado. Repito mil veces que lo siento, que no volverá a pasar, que tiraré el vestido a la basura. Respiras aliviado y me miras con ternura, posando una mano en mi rodilla. Vuelves la vista a la carretera y reconozco el camino a tu casa. Quiero hablar y decir que vayamos a la mía, pero ya estamos lejos y se ha hecho tarde. Además, tu mano ha subido unos centímetros y se ha colado bajo la tela del vestido, casi roza el encaje del tanga. Te miro de reojo y reconozco tu sonrisa lasciva, bajo la vista y veo el bulto bajo tus pantalones. Me humedezco por instinto y subes un par de centímetros más.
Cuando entramos en tu piso el vestido vuela por los aires y el tanga se convierte en un girón de tela en el suelo de tu salón. Juro que me duele oír cómo se rompe. Me devoras la boca con tanto ansia que no presto atención a nada más. Sacas mis pechos del sujetador y los amasas a manos llenas. Aprieto los muslos, impaciente. Bajas mordiendo mi mandíbula, el cuello, hasta llegar al pezón. Duele, joder, pero no me quejo, no puedo. Una de tus manos se ha colado entre mis piernas y acaricia mis labios, abriéndolos. Cuelas un dedo dentro de mí. Otro. Me haces daño, pero sólo gimo.
Aún no sé cómo hemos llegado al dormitorio.Has lanzado tu ropa por el pasillo y estoy tirada en la cama, con las piernas abiertas, el sujetador mal puesto y los ojos cerrados. Te cuelas de una estocada, gruñendo. Ni siquiera esperas que me acostumbre a la invasión. Sólo empujas, fuerte. Me tenso y trato de concentrarme en disfrutar, pero sólo sé que duele. Cada empellón es como una puñalada. Mi cuerpo menudo rebota en la cama cada vez que entras en él. Intento tocarte, hacer que frenes, pero no me sale la voz y has sujetado mis manos por encima de la cabeza. Aprietas mis muñecas con una de tus manazas y la otra me agarra del cuello con una leve presión. Aceleras los movimientos, siento que me rompo, me desgarro. Duele. Joder. Duele. Sollozo y vuelvo la cara, pero me obligas a mirarte. Tu expresión de éxtasis cuando explotas es como una bofetadas. Me llenas de líquido caliente y das dos empujones más antes de salir. Quiero irme corriendo, pero te desplomas sobre mí, no puedo moverme. Me besas con ansia y, cogiéndome de la mandíbula, me miras fijamente a los ojos.
- Esto es mío - gruñes. - No quiero que nadie más lo mire.
Desapareces en el baño y yo me hago un ovillo. Cuento con los dedos y rezo. Joder, ¿por qué no te has puesto un condón?
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Duele. Me retuerzo de dolor. Hace media hora que te he llamado. He roto aguas, joder. Noto cómo su cabecita empuja, pero me has pedido que no llame a la ambulancia, has dicho que llegabas enseguida y que limpiase lo que se había manchado. Ni siquiera he llamado a mi madre. Entras como un huracán y haces inventario. No me dices hola, no preguntas ¿qué tal?, sólo miras que esté todo limpio y recogido antes de bajar al coche y llevarme al hospital.
Me llevan a una habitación y dices que bajas a comer algo. Murmuras que te he sacado de una reunión, que soy una inútil inoportuna, pero finjo que no te oígo. La enfermera también hace como si nada. Me ofrece un vaso de agua y dice que hay que esperar. Y espero. Una hora. Dos. Tres. Duele. Me llevan a una sala que huele a desinfectante y me colocan en una máquina de tortura. Pregunto por ti, nadie sabe dónde estás. De repente, deja de doler. Escucho voces que me dien que respire, que empuje, que ya sale, ya veo la cabeza, un pequeño empujón y saldrán los hombros. La oigo llorar. Es preciosa, diminuta y llena de sangre. Salen a buscarte, pero no apareces. Tardas cuatro horas en hacer acto de presencia en el hospital.
- ¿Dónde estabas? - murmuro, para no despertar a la niña.
- A ti qué te importa.
Me encojo, hueles a alcohol y te acercas a la cuna de mi pequeña. Quiero impedirlo cogiéndote del brazo, pero me apartas de un manotazo y te inclinas sobre la cuna. Sólo rezo porque no le vomites encima. La miras con asco y veo una de tus manazas acercarse a su cabezita. Salto de la cama y llego antes de que la toques, pero me empujas y caigo contra la pared. Acaricias su carita con delicadeza y me miras con repulsión.
- ¿Cómo puede salir algo tan bonito de una puta como tú? - gruñes. Y la enfermera que entraba en la habitación sale sin mediar palabra, con la cabeza gacha. Veo el desprecio en tu mirada, sigues sin creerte que nadie me toca, nadie más que tú.
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 Mi madre ha venido a vernos, le he dicho que tendrá que irse antes de que vuelvas, que estás muy cansado y estresado y no soportas las visitas. Dice que tengo mala cara y estoy más delgada, debería verme sin maquillar y con menos ropa. He conseguido disimular muy bien los moratones, llevo el cuello tapado con un pañuelo y un jersey gordo para que no vea cómo se me marcan las costillas. Me tomo el antibiótico en la cocina y vuelvo con el café. Me quejo un poco al sentarme y me mira interrogante. Le digo que me tiran los puntos porque no puedo contarle la verdad. No puedo decirle que anoche volviste borracho y me follaste. Después miraste con asco las sábanas llenas de sangre y fuiste a lavarte mientras yo las lavaba y rezaba por parar de sangrar o por no parar y morirme.
Estoy preocupada porque no me sube la leche. Mi madre dice que es normal, que soy primeriza, estoy nerviosa y que, cuando me relaje, todo fluirá, pero no quiero coger a la niña y es ella quien tiene que darle el biberón. Miro el reloj y la apremio a marcharse, llegarás enseguida. Lo recojo todo antes de que entres por la puerta. Me encuentras preparando la cena, pero no te acercas. Saludas a la niña, que duerme despreocupada en su cunita y, después, entras en la cocina como un elefante en una cacharrería. Me coges de la cara y preguntas qué hago maquillada y vestida. Miento. Te digo que he ido a dar un paseo con la niña y me das una bofetada. Te marchas dando un portazo y juro que respiro al pensar que puede que no vuelvas esa noche.
Me acuesto en mi lado de la cama, bien al borde, sin dejar de mirar la cuna de la niña. No puedo dormir. El estómago se me encoge cuando oigo que tanteas la cerradura y consigues abrir. Cierras de golpe y te tambaleas hasta el dormitorio. Una lamparita se cae por el camino. Entras en la habitación golpeando la puerta contra la pared. La niña se despierta, llora, y tu te inclinas sobre la cuna, gritando.
- ¡Cállate, hija de puta!
Sólo reacciono cuando te veo con un cojín en las manos. Te veo las intenciones. Te empujo y grito que te alejes de mi niña, pero me das un manotzo que hace que me caiga y me golpee la cabeza. Cuando recupero el conocimiento no estás y la niña no llora. Me acerco asustada a la cuna. No se mueve. Me agacho sobre ella. No respira. Está fría. No respira. El dolor no me deja gritar. Aprieto su cuerpecito y tanteo sobre la mesita hasta dar con el teléfono.
- Ha matado a mi niña - es todo lo que acierto a decir.
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Estoy acurrucada en la cama. Las sábanas blancas. Las paredes blancas. Voces y ruido de pasos. Hay una mujer sentada en una silla junto a mi cama y un tubo que va de mi brazo a una bolsa llena de un líquido que, dicen, me calmará el dolor. Pero nada me calma. No deja de doler. Intento alcanzar la ruleta que sube la dosis, pero la mujer me para y aleja el gotero.
- Quiero morirme - murmuro.
Reconozco a mis padres a pesar de que tengan la cara descompuesta. No quiero mirarles. Soy una vergüenza que ni siquiera es capaz de cuidar de sí misma. He matado a mi niña, me repito.
- Nadie te culpa - dicen todos.
Mi madre se sienta al borde de la cama y me acaricia el pelo. Mi padre habla con la mujer, es enfermera, que va a llamar al médico. La doctora es una mujer de unos cincuenta, con el pelo rojizo y la cara rechoncha. No se anda con rodeos. Veo a mi padre caer en la silla, con la cara entre las manos. Mi madre hunde la cabeza en mi regazo y me pide perdón. La doctora sigue hablando. Se abre la puerta. Reconozco tu olor aunque no pueda verte. Mi padre se abalanza sobre ti hecho una furia, te agarra del cuello, estampándote contra la pared.
- Hijo de puta. Maldito hijo de puta - brama cuando los de seguridad le apartan de ti. Os arrastran a cada uno en diferente dirección y dicen que vendrá la policía, que te detendrán y nos tomarán declaración.
La doctora se agacha frente a mí y dice que no tenga miedo, que ya pasó todo. Y a mí me gustaría creerlo.
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Llevo semanas preparando esta cita. Nuestro primer aniversario. He reservado en tu restaurante favorito, he comprado un conjunto de ropa interior que me ha costado una pequeña fortuna, pero te va encantar, lo sé, lástima que no vaya a sobrevivir a esta noche. También he comprado un vestido de los que te gustan. Otra pequeña fortuna, pero me sienta tan bien, me siento muy sexy y me muero de ganas de ver cómo tus ojos recorren mis piernas desde las sandalias de tacón hasta el borde del vestido. Parecen kilométricas. Me he esforzado en taparme la ojeras y me he rizado el pelo, como te gusta. Lo tengo todo calculado al milímetro. He dejado preparado mi pequeño apartamente para después de la cena. He puesto velas en el dormitorio, un cedé con música suave, las sábanas limpias y un par de sorpresas.
Llego puntual y me estás esperando en la puerta. Me encojo un poco cuando colocas una mano al final de mi espalda antes de darme un ligero beso en los labios. Retiras la silla y dejas que me siente primero. Repasas la carta, aunque ya sabes qué vas a tomar. Le pides al camarero una botella de vino blanco, mi favorito, y dos cucharillas para el postre. Sonríes, me preguntas qué tal el día, qué me ha dicho el médico y cómo ha ido la visita a mis padres. Te cuento que he quedado con unas amigas cuando he salido de la consulta y hemos ido a tomar algo. La botella de vino se acaba y pides otra. Llega el postre y me cedes la primera cucharada, es tarta selva negra. Me quejo de que irá directa a mis cartucherasy bromeas. Pides la cuenta y busco el monedero en el bolso, pero dejas la VISA sobre el platito y me excuso para ir al aseo antes de marcharnos. Me sigues con la mirada y casi puedo ver tu sonrisa a mi espalda.
Subimos al coche y murmuras que te encanta cómo todo el mundo me miraba cuando el vestido bailaba alrededor de mis caderas. Pones rumbo a mi casa, con la vista en la carretera y una mano en mi rodilla que sube a cada poco y acaba pegada al encaje de mi ropa interior. Entramos besándonos, desnudándonos. Me encojo cuando me tocas entre las piernas y susurras que me calme, que no me harás daño. Me tumbas despacio en la cama, haciéndote un hueco con una rodilla mientras te colocas un condón y me pides permiso antes de colarte en mi interior. Asiento no muy convencida, pero entras con delicadeza y te quedas quieto hasta que me acomodo a tu alrededor. Te mueves despacio, sin dejar de mirarme, de tocarme, de besarme... Y, cuando me voy, contigo palpitando dentro de mí, sonrío. Ya pasó todo.

viernes, 1 de abril de 2016

Sueños


Abrí los ojos y la vi ahí, de pie, junto a mi cama. Tebía en sus manos un bote de cristal con miles, millones, de lucecitas que brillaban. Algunas con más intensidad que otras, pero todas encendidas. De todos los colores. Revoloteaban por el tarro, chocándose con las paredes de cristal, cayendo al fondo y levantándose, aturdidas. Las miré fijamente, las conocía a todas. Y luego la miré a ella, seria, impertérrita, mirándome de esa forma en que sólo ella me mira. Me encogí en las mantas, segura de lo que iba a hacer, no quería verlo, no podía verlo.
- ¿Ves esto? - murmuró, enseñándome el bote. Y yo asentí, intentando no temblar. No había salvatoria para todas aquellas lucecitas. - Mira lo que hago con ellos.
El tarro se hizo mil añicos contra el suelo, las lucecitas trataban de volar, escapar de su destino, huir del pie que las aplastaba sin que nadie pudiera hacer nadie por evitarlo. Su brillo se apagaba, su voz se reducía a grititos de angustia...
- No, por favor... - sollozaba, tratando de salvar aunque fuera unas pocas, pero ya era tarde. Mis sueños yacían inertes junto a la cama, aplastados, apagados.
Abrí los ojos al sentir una lágrima correr por mi mejilla. Sobre la mesita de noche, un bote de cristal con miles, millones, de lucecitas que brillaban. Algunas con más intensidad que otras, pero todas encendidas. De todos los colores. Revoloteaban por el tarro, chocándose con las paredes de cristal, cayendo al fondo y levantándose, aturdidas. Las miré fijamente, las conocía a todas. Allí estaban, intactas, brillantes, tan vivas como siempre. Sólo había sido un mal sueño.

lunes, 21 de marzo de 2016

Ya no se escriben cartas de amor.


Me siento en mi escritorio y escojo mi bolígrafo favorito, ese que sólo utilizo para los textos especiales. Preparo un taco de folios en blanco y esa guía que llevo utiliando desde que iba a la universidad y me servía para no torcerme cuando pasaba los apuntes a limpio. Respiro hondo, doy un sorbo al té humeante y dejo fluir las palabras. Pienso en ti. En la forma en que me das los buenos días,acabando siempre con ese icono que lanza un beso con corazón. En la forma en que me haces sonreír con una simple palabra. Pienso en cómo me miras, en cómo me rozas casualmente, como sin querer. Pienso en lo bonito que es sentir las mariposas revoloteando por todo el cuerpo porque el estómago se les ha quedado pequeño. Pienso en lo extraños que son los días que no te veo, en lo que te echo de menos a pesar de pasarnos horas hablando.
El bolígrafo camina solo, no pienso en lo que escribo, sólo lo hago. La tinta azul dibuja trazos precisos, letras pequeñas y redondeadas que no son sino una colección de eufemismos para decirte que no hay día que mi corazón no se salte un latido cada vez que me diriges la palabra; que mi respiración se acelera cuando te tengo cerca y hasta el estómago se me encoge cuando me abrazas. Doy mil rodeos para no decirte directamente que siento tantas cosas que no sé ponerles nombre y que me muero de miedo sólo de pensar que puedas darte cuenta de ello antes de que pueda ponerlas en orden. Porque no puedo, no sé decirlo, no sé si quiero. Y tengo miedo. Y llámame cobarde, pero ya malgasté muchos "te quiero" y este es tan grande que temo soltarlo a destiempo.
Creo que desvarío, le he dado tantas vueltas al tema para no enfrentarlo que he caído en una espiral de palabras que dicen todo y no dicen nada. Espero que lo entiendas. No es fácil ponerle letras a algo tan grande que no tiene definición. Deberían inventarle un nombre a todo esto, algo nunca dicho, nunca escrito. Deberían para que pudiera decírtelo. Para que pudieras entenderlo. Y sigo escribiendo. Y creo que ya te lo he dicho todo. Y creo que me falta mucho por decir.
Doblo la hoja en cuatro partes y la meto en un sobre que lleva tu nombre y el mío. Lo cierro con cuidado y lo sostengo entre las manos. Ahí dentro van más que palabras. Siento que pesa mucho, demasiado para ponerle un sello y echarlo a un buzón. Respiro hondo, del té ya no sale humo, sólo es un líquido frío y ambarino que no me aclara las ideas.
- Hola. ¿Qué tal?
Te dejo el mensaje en el wassap. El sobre me mira desde el cajón donde lo he lanzado.. Doble check azul. Cierro el cajón, el sobre se queja.
- Bien. ¿Y tú?
Y volvemos a la rutina de escribirnos cada día con letras sin forma, letras sin alma. Porque ya... Ya no se escriben cartas de amor.

lunes, 14 de marzo de 2016

¿Y si...?



Me abrazo a la almohada una noche más.  
Finjo que no sé, que no he sabido. Finjo que no me gusta estar contigo.
Puta canción, se me ha grabado en la cabeza.
Cierro los ojos y lo intento, intento no pensar, dejar la mente en blanco. Intento no llorar.
Tarde.
No puedo evitar hacer preguntas al aire, de esas que nadie va a responder porque nadie tiene la respuesta.
¿Y si no hay más primeras veces?
¿Y si no hay más primeros besos?
¿Y si estoy condenada a que todo empiece y acabe en esa puta sensación?
¿Y si... no hay más?
Me esforcé en construir una coraza a prueba de golpes, en evitar el daño y, tal vez, no me habría venido nada mal rasparme de vez en cuando las rodillas.
Me empeñé en dejarte entrar, en permitir que pasearas a tus anchas, que descubrieras cosas que mí que ni yo misma conocía y tú...
¿Y si todo acabó contigo?
¿Y si nadie vuelve a...?
¿Y si...?

viernes, 11 de marzo de 2016

A la mañana siguiente.




Abro los ojos y hago pastitas con la boca. Es involuntario. Gimoteo un poco, no me quiero levantar, siempre me parece demasiado temprano. Y remolonear me parece una idea tan apetecible si es contigo… Me giro para buscarte y noto el frío en tu lado de la cama. La casa no huele a café y tostadas ni se oye el sonido de la ducha. Sólo hay silencio y el ruido del tráfico atravesando los cristales. Miro el reloj para comprobar que no es tarde. Me cuesta salir de entre las mantas, fuera hace frío y sólo llevo una camiseta vieja que huele a ti. Busco por el piso una nota, algo, una pista de dónde estás, de por qué no estás. Pero no hay nada. Sólo silencio y frío donde anoche había caricias y risas. Las copas aún reposan sobre la encimera, a medias. No las acabamos, había cosas más interesantes que probar. Tus labios en los míos, por ejemplo. O el sabor de tu piel cuando desfilaba por ella besando, lamiendo, mordiendo… El de tu sexo en mi boca o el del mío bebido de la tuya. El aire se llenó de palabras pronunciadas a media voz, entre dientes, de jadeos y gemidos, del sonido de nuestras pieles en la oscuridad de la noche. Como si fuéramos furtivos escondiéndonos del mundo, protegidos por las sombras que dibujan las farolas al colarse por los agujeros de la persiana. Nuestros cuerpos dibujaron siluetas en las paredes, revolvieron las sábanas y deshicieron la cama. ¿Dónde estás?
Juego con el móvil entre las manos, debatiéndome entre mandarte un mensaje, tal vez llamarte, o esperar que seas tú quien lo haga, pero algo dentro me dice que no lo harás, que sólo he sido una estación de paso. Miro hacia el dormitorio, con la taza de café calentándome las manos y los pies helados por caminar descalza. Mi mente viaja unas horas al pasado y recuerda mi cabeza en tu pecho, nuestras respiraciones acompasándose. Los párpados pesan y nos quedamos dormidos. Sé que me muevo mucho. Mi madre decía que pobre del que compartiera colchón conmigo, por eso me gusta esta cama tan grande… Sé que me separo de tu cuerpo porque noto el frío de las sábanas, pero siento tu brazo bajo la almohada y tu mano buscando mi cintura para abrazarla. Escucho tu respiración y la siento en la nuca. Sé que farfullo en sueños y hago ruiditos al respirar. Mi hermana decía que parecía Darth Vader y que era imposible conciliar el sueño a mi lado, pero te siento ahí, detrás de mí, respirando. Y me dejo vencer por Morfeo. Vuelvo al presente, no recuerdo haberte escuchado marchar. Ni haber sentido un beso en mi sien antes de que salieras de mi casa.
No llega ningún mensaje. Ninguna llamada. Y me lanzo a hacerlo. Te llamo y no respondes. Te envío un wasap que no llega. Y lo intento, has cerrado otras vías de contacto. No lo entiendo. Cierro los ojos y me apoyo en la encimera. No entiendo nada. ¿Dónde quedaron los besos y las caricias? ¿Dónde están las palabras que dijimos, las promesas que hicimos? ¿Dónde estás? Mi mente divaga entre mil razones posibles, unas duelen más que otras, algunas reabren viejas heridas y despiertan inseguridades que había conseguido dormir. Seguramente abrieras los ojos y vieras la colección de estrías, le michelín sobre mi cadera y los hoyuelos que pueblan mis muslos. Y perdiera fuerza lo mucho que te gustaban mis rizos anoche, cuando enredabas tus dedos en ellos para atraerme a tu boca; o la forma en que tus dedos se clavaban en mi carne cuando me sujetabas para entrar más adentro; puede que mis labios entreabiertos al dormir no te resultaran tan sexys como anoche mientras recorrían tu abdomen y rodeaban tu polla… Por favor, que alguien calle a esa voz que me dice que, al despertar, sólo era yo y yo no soy suficiente… Por favor, dime porqué esto a la mañana siguiente…


lunes, 29 de febrero de 2016

Y que no haya más mundo.


Dormirme en la curva de tu cuello. Aprenderme de memoria las constelaciones que forman tus lunares. Respirar ese olor que es sólo tuyo. Y sólo mío. Reconocer tus costillas y el roce de tu piel. Que me quemen tus besos. Que me den sed. Que me entren ganas de tenerte cuando te alejas un centímetro. Volverme adicta a tus caricias. Tener mono de tu aliento. Que me estorbe tu ropa. Que te estorbe la mía. Y que no haya más mundo que nosotros en un mar de sábanas.

viernes, 26 de febrero de 2016

Me gustas.


No me preguntes porqué, no lo sé. Sólo sé que esas dos palabras aparecieron un día ante mis ojos, como por arte de magia, como si antes no hubiera podido ver que era así, que me gustas.
No te asustes, no es una petición de matrimonio. Pero, ¿sabes? Me gustaría entrelazar nuestros dedos con disimulo, correr a escondernos a un rincón para matarnos a besos, que nos entre urgencia por volver a casa, por quedarnos solos...
Quizá sea porque me haces reír. Quizá tenga que ver que siempre tengas la palabra correcta. O que estés ahí para rescatarme cuando caigo, para creer en mí, para soportarme cuando ni yo misma me aguanto. No sé...
Tal vez sea la forma en que me miras. O la forma en que te miro. No sé, pero me gustas y no sé decirlo de otra manera. Puede que esté anticuada, que ya no se estile, pero nunca me importó no adaptarme a los nuevos tiempos, a esas modas que pretenden amar sin que lo parezca, que se esconden y se engañan diciendo que no llevan el corazón a cuestas. ¿A quién pretendo engañar si siempre he sido de las que pone el corazón en cada paso? Y contigo no iba a ser menos. Y ese pequeño músculo tonto, ese que tu dices que es muy grande, dice que le gustas.

miércoles, 24 de febrero de 2016

Hay quien lo llama huir.

Tu imagen, mis letras @JuliQuimi 
Adiós. Lo siento. No debería, lo sé. Debería pelear un poco más, aguantar un poco más, esperar que pase, que deje de doler, pero no puedo, ya no. Estoy demasiado cansada para seguir, siento que las fuerzas me faltan y que mi mejor opción es alejarme, poner tierra de por medio. Hay quien lo llama huir. Yo lo llamo ponerme a salvo.
Quizá, lejos, pueda evitar seguir mirando, pueda aprender a apartar la vista. Puede que te duela, sinceramente, lo dudo. Por dudar, dudo hasta de que te des cuenta de que me he ido, de que me he alejado de ti.
Mientras escribo esto pienso en que, seguramente, no te des por aludido, es más, seguramente, ni llegues a leerlo.
Me duele, es así, no puedo negarlo, pero tampoco puedo hacerte responsable de ello. No, aquí la única culpable de abrir la coraza y dejarte entrar y trastear con todo soy yo. Para ti sólo era un juego que yo me tome en serio, tampoco puedo culparte de que no supieras que yo estaba poniendo el corazón sobre la mesa y llevaba mala mano...
Tranquilo, ya he hecho las maletas, ya no molestaré más. Dejarás de saber de mí y, cuando quieras darte cuenta, habré desaparecido, habré ido lejos, donde me lleve este tren. Le he dejado mi aroma al viento, por si quisieras buscarme...

lunes, 22 de febrero de 2016

Hazlo durar

Tu imagen, mis letras @mamenflow
Una última copa de vino. Un baño caliente, con espuma. Suena música, no recuerdo quien es. Una voz femenina, suave, canta al ritmo de una melodía de piano. Abrázame fuerte mientras nos besamos... Hazlo durar.
Me sumerjo en el agua, con los ojos cerrados. Hazlo durar...
La sensación de calidez al dormir entre tus brazos. Hazlo durar...
Sentirme pequeña y grande a la vez. Sentir que todos mis miedos desaparecen cuando nos besamos y tus pestañas rozan mis mejillas. Hazlo durar...
El estallido de mil fuegos artificiales cuando tus manos recorren mi cuerpo y tu respiración encuentra refugio en la curva de mi cuello. Tú y yo unidos, fundidos, piel con piel, sin espacio para el aire. Hazlo durar...
La paz de acurrucarme en tu pecho y escuchar en silencio tus latidos. Hazlo durar...
La promesa de un para siempre, el brillo en los ojos, la ilusión de una vida a tu lado. Hazlo durar...
Los añicos de un sueño que se rompe, como miles de cristales estallando a la vez. La onda expansiva de cuatro palabras y un lo siento. Las heridas abriéndose profundas, rasgando la piel, sangrando. El corazón agonizando y una última respiración.
La canción ha terminado.
El agua se ha enfriado.
Y yo no supe hacerlo durar...

miércoles, 17 de febrero de 2016

Querido Cupido

Tu imagen, mis letras @IsikiYeah

En estas fechas tan señaladas, voy a pedirte un favor, uno fácil y pequeñito: la próxima flecha para mí, te la guardas. Mira que tienes mala pntería. Quizá seas más miope que yo y te equivoques al elegirla. Yo creo que siempre me lanzas la flecha que va dirigida a otra persona. O, tal vez, te falta intuición. Será cosa de la edad, demasiados años siendo niño y creyendo en ese amor de cuento de hadas que, permite que te diga, sólo existe en los libros.
Que sí, que no sólo es cosa tuya, lo sé. Que tú tiras la flecha y escondes la mano y me dejas el corazón lleno de pinchazos y recuerdos de historias pasajeras, infectado de aquellas que ni siquiera comenzaron. Y me pides que siga creyende en el amor, en las flores y los corazones cuando yo me conformaría con unas tiritas y unos puntos de aproximación para cerrarme las heridas. Así que hazme ese favor, no lances esa flecha. Ya me ocuparé yo de buscar a quien acusar cuando el amor triunfe.

lunes, 15 de febrero de 2016

Quiza sea yo...



Cogí la taza de café entre las manos para calmar un frío que no sabía bien de dónde venía. Llevaba tiempo dando vueltas a aquella idea en mi cabeza. Un pensamiento que escocía y hacía daño, como si alguien te arañase las entrañas o apretara tu cuello hasta dejarte sin respiración.
Sólo era una idea que había ido creciendo y haciéndose fuerte, una pregunta que no dejaba de repetirse y que siempre respondía de la misma forma. Un "¿por qué te vas?" que me respondía sola. Y, después, un "¿qué hice mal?" y el sentimiento de culpa. Quizá no fui lo que esperabas, quizá no fui quien querías que fuera, no sé, no lo entiendo. Las cosas cambiaron de la noche a la mañana y quisiera creer que no fue por mi causa, aunque esa jodida voz en mi cabeza no deja de repetirme que algo malo tiene que haber en mí, algo que no encaja, algo que no sirve... Quizá sea yo en todo mi conjunto.
Di un trago al café amargo y suspiré. Quizá esa voz tenga razón. Ojalá se callara...

viernes, 12 de febrero de 2016

Ya no me dueles...

Tu Imagen, Mis Letras. @lady_gilda
No siento nada. Nada. No tengo mariposas en el estómago ni se me encoge el corazón cuando le pienso. Soy dura. Soy fuerte. No me afecta. Juro que la piel no me escuece cuando les veo juntos, que mis lágrimas no brotan por no ser yo la que camina de su mano, la que besa sus labios, la que comparte sus buenos días y sus buenas noches...
No, no me duele el alma cuando pienso que sus manos ya no me tocan. Y, si imagino su cuerpo pegado al mío, no me recorre la electricidad. Prometo que esta coraza es infranqueable, que nunca se coló hasta lo más hondo de mi ser. Que estos labios rojos no tienen nada que ver con que me sienta pequeña e insignificante. Que el humo de este cigarro no se lleva la amargura que me llena los pulmones. Prometo que ya no busco en otras camas lo que un día dejé en la suya.
Prometo que no estoy mintiendo.

miércoles, 10 de febrero de 2016

Marañas

Tu imagen, mis letras. @Imposibleolvido
Hecha un ovillito en la cama estoy más guapa. Aquí, arrebujada entre unas sábanas que no puedo dejar de sentir frías. Todo bulle. Todo truena. En mi cabeza la tormenta no cesa.Ya no sé qué pensar. Ojalá hubiera una forma de hacer que el corazón dejara de sentir como siente. Ojalá mis ojos no te vieran como te ven. Todo sería más sencillo y esta maraña de emociones de desharía por sí sola. Podría, no sé, aprender a no ilusionarme, aprender a no sonréir cuando apareces de repente e iluminas mi vida, como esa calma en el ojo del huracán. Tú lo haces todo más fácil y, a la vez, más difícil. No lo entiendo. Quisiera poder ver las razones que me llevaron a quererte antes de conocerte, poder entender cómo eres capaz de deshacer el hielo de mi corazón mientras tu ausencia congela mis sábanas, poder tenerte aquí, conmigo, hecho un ovillito a mi lado en la cama. Sin tanta tormenta. Sin tanta maraña.

viernes, 5 de febrero de 2016

Ella y Él


Aquella noche se puso su vestido favorito y sus tacones nuevos. Se había pasado horas frente al espejo maquillándose y peinándose hasta darse el visto bueno. Se veía bien, guapa y, tras recibir una mirada de aprobación de su reflejo, cogió su bolso y se dirigió al bar donde había quedado con sus amigas. Las localizó pronto, no era difícil, siempre solían ponerse en la misma zona. Cerca de ellas, en la barra, había un grupo de chicos. Les había visto al entrar y sus ojos se habían fijado en uno de ellos. No era especialmente guapo, no sabía qué era exactamente, pero no podía dejar de mirarle.

Le habían arrastrado a aquel bar. No siquiera tenía ganas de salir, hubiera preferido quedarse en casa viendo la tele o alguna pelñicula, pero allí estaba, sentado en la barra, bebiendo y riendo. La vio entrar, como un maldito huracán, como esas escenas en que el tiempo se para, todo oscurece y un foco la alumbra sólo a ella. Estaba seguro de haberla visto antes, no lograba ubicarla, pero daba igual, no podía dejar de mirarla. Tenía esa clase de belleza que no todos saben ver, unas curvas generoas, una mirada limpia y penetrante...

Se acercó a la barra a pedir y la pilló mirándole. Ambos se cazaron. Bajó la vista, avergonzada y oyó cómo los chicos reían. Bufó y se recompuso, sonrió muy educada a la camarera y pidió una copa.

- Hola - dijo una voz a su lado.

Le temblaban hasta las pestañas. ¿Cómo le habían convencido para acercarse? Ella le lanzó una mirada asesina y él tragó saliva y volvió a intentarlo.

- No quiero molestar, pero te he visto entrar y...
- ¿Y? Te has dicho "vamos a burlarnos de ella", ¿no? ¿Qué habéis apostado? ¿Una copa, una ronda? Bah.
- Yo... Lo siento.

Volvió con sus amigos, con la abeza gacha y un nudo en la garganta. Sacudió la cabeza y recibió un par de palmadas en la espalda y alguna palabra de ánimo.

Ella se maldijo mentalmente, se repitió que era mejor así para convencerse mientras su cabeza desarrollaba un escenario idílico en que no le había apartado. Volvió con sus amigas, que le reprocharon que hubiera sido tan borde y no le diera una mínima oportunidad al chico. La tacharon de diva. De pronto ya no le apetecía la copa ni estar allí. Ya no se veía guapa y sólo quería volver a casa. Le pasó la copa a una de ellas y se despidió sin besos. Se limitó a ponerse el pijama, acurrucarse bajo las mantas y llorar hasta que el sueño la venció y dejó paso a unos sueños donde el lastre a sus espaldas no condicionaba su vida...

viernes, 29 de enero de 2016

Miénteme otra vez.


Miéteme otra vez. Dime que no me quieres, que no sientes anda. Miénteme mientras tus manos suben ansiosas por mis piernas y se deslizan bajo mi falda, dime que será la última vez. Será la tercera vez esta semana. Dime que no te cuesta un mundo separarte de mí, no besarme, no follarme. Dilo mientras te cuelas entre mis piernas y tu añiento se estrella en la curva de mi cuello. Mientras clavo mis dedos en tu espalda, los talones en tu trasero y gimoteo tu nombre.
Miénteme una vez más, dime que no hay nada entre nosotros, que somo sólo carne, como si no sintiera la ternura en tu mirada o la suavidad en tus caricias. Como si no oyera cómo tiembla tu voz cuando me llamas, cómo palpita tu corazón cuando estoy cerca.
Miénteme, dime que no te importo lo más mínimo, que no me sigues con la mirada, que no me buscas. Miénteme otra vez. Otra. Otra... Miénteme así, empujando, temblando, jadeando... Miénteme con mi nombre entre tus dientes, con tu último aliento. Dime que no se volverá a repetir y luego, tal vez, tengas que volver a mentirme.

miércoles, 27 de enero de 2016

De musas y café frío.


He dado otro sorbo a mi café, ya está frío, pero paso de levantarme a calentarlo, seguro que la musa se me escapa si aparto la vista. Últimamente se fuga a la mínima de cambio, en cuanto me despisto, desaparece y tarda en volver. Todo se resiente, las letras, la vida, todo. Es sombrío, difuso y carente de sentido. Como si funcionara a marchas forzadas. Ella me calma o, tal vez sea esa forma suya de hacerme sacar lo que llevo dentro y no sé expresar de otra manera. El amor, la rabia, el dolor, las ganas... Ella lo hace fácil, lo hace brotar, como si vomitara las emociones en letras y las plasmara en un papel dándoles dorma bonita. Quizá por eso aprendí a que me gustara el café frío.

lunes, 25 de enero de 2016

Buenos días.


Se cuelan los primero rayos de sol por la persiana. Dibujan formas curiosas en tu cuerpo. Tu pelo enrdado, revuelto sobre la almohada y yo en vela desde hace horas, mirándote dormir, pidiendo a mis manos un control que yo no tengo. Las deslizo bajo las mantas, tu cuerpo suave, caliente, se resiente ante el frío de mis dedos. Gruñes bajito y te retuerces, ahora te tengo más a mano. No me entretengo en el camino, sé que, a veces, es divertido, pero ahora no, tengo otro objetivo.
Me deslizo ligera, directa, sin prisa, sin pausa. Última frontera, ese maldito elástico que siempre me frena. La cruzo, sin pensar demasiado, mi cabeza no es buena consejera en estos casos. Te estremeces con la primera caricia y adivino un quejido atascado en el fondo de tu garganta. Estos siendo delicada, apenas las yemas de mis dedos rozando tu masculinidad. Despacio, suave. Te muerdes los labios y acallas un gemido, estás despertando, pero no abres los ojos, me dejas seguir acariciando, tocando, rozando. Te acomodas, no dices nada, sólo se escucha tu respiración agitándose y el leve sonido de mi piel en contacto con la tuya.
Te retuerces, te tensas, lo noto baj mis dedos. Tu excitación crece con la mía. Paro, en seco, preparando mi siguiente movimiento. Rápido y certero, mis braguitas caen al suelo y sólo me abriga tu camiseta. Me subo a ti, a horcajadas, y el sol ilumina los lunares de tu pecho. Mis dedos juegan a unir los puntos, mi cuerpo se balancea, buscándote. No tardamos en encontrarnos, nuestros ojos se cierran y nuestras bocas se abren. Toda mi piel se eriza al contacto con la tuya. Silencio, gemidos, cuerpos chocando... Tú, sólo tú. Tus manos se agarran a mi cintura, me mueves a tu antojo, bailo para ti. Buscamos la unión perfecta y encontramos un error constante. Quizá sólo por la diversión de seguir buscando, de seguir probando. Es un juego que ninguno de los dos quiere terminar. Uno en el que no gana ni pierde ninguno. Tú aceleras, yo freno. No quiero acabar. Se está bien aquí, así, contigo dentro, tocándome, acariciándome, llevándome al cielo... Bajándome al infierno. Te tensas más, aceleras mñas y yo te sigo el ritmo porque ya no puedo hacer otra cosa. No coordino las palabras, no las controlo, no las escucho. Sólo tu respiración y el chasqueo de nuestras pieles. Sólo ese gemido ahogado que luchas por retener.
Mi espalda se curva, tus manos se aprietan en mi cadera. Te siento más dentro, más duro, más... Gruñes. Grito. ¡Oh!
Me derrumbo sobre tu cuerpo al vaivén de nuestras respiraciones aceleradas, al compás de nuestros latidos frenéticos. Me acaricias la espalda con las yemas de los dedos. Un beso entre mis rizos desmadejados. Otro en los labios. Suave, tierno. Un susurro. Buenos días.

viernes, 22 de enero de 2016

De monstruos y otros miedos.




A veces tenemos cosas tan arraigadas, tan dentro, que cuesta un mundo sacarlas, cambiarlas...
Para alguien que no sabe que esas cosas condicionan tu forma de ser y actuar, puede ser complicado entender porqué actúas de esa forma.
Te acostumbras a que la gente se porte contigo de una manera y crees que todos van a hacerlo igual.
Desconfías de quien te trata bien porque crees que tiene algún interés o segundas intenciones, que solo será otro que quiere reírse de ti.
Alejas a la gente que te quiere y te trata bien porque crees que acabarán haciéndote daño. En el fondo sabes que no es así, no en tu cabeza.
Te encierras en una coraza. Nadie entra, nada sale. No te abres, tienes miedo de hacerlo y darles la oportunidad de destruirte. Miedo. Domina tu vida en todos los ámbitos. Miedo de ser tú mismo. Miedo al rechazo, al que dirán, a que se rían, que te hagan daño. Miedo de ser un estorbo, de molestar, de que te traten bien por compasión, por quedar bien, por compromiso. Miedo de ser una puta obra de caridad, la buena acción del año. Miedo de dejar ver lo que hay dentro de ti para que no puedan jugar con ello ni utilizarlo para herirte.
Porque en tu cabeza no vales nada. No sirves para nada. Llevas tanto tiempo creyéndolo que se convierte en tu única realidad. No le importas a nadie, no le interesas a nadie. En ningún sentido. Da igual cuántas veces te digan que no es verdad, cuantas veces te lo demuestren. No puedes creerlo ni verlo. No dejas que nadie te vea de verdad. Llevas una máscara día y noche. Te escondes del mundo en tu rincón, allí nada te hiere.
Esperas siempre el siguiente golpe. Esperas que no duela demasiado. Esperas que sea diferente. Esperas, pero sabes que no será así.
No buscas aprobación, sólo que te dejen pasar, que te ignoren, ser un fantasma, invisible. Intentas no destacar, pasar desapercibido. No crees que nadie pueda fijarse en ti. ¿Cómo van a hacerlo? Nadie vendrá a salvarte y tu solo no puedes. Todas esas cosas te arrastran, te arrasan, de nuevo al fondo, roto, herido, destrozado.
Sigues en tu rincón seguro y, de vez en cuando, lloras. Más a menudo de lo que te gustaría. Tratas de sacar todo lo que llevas dentro. Y, a veces, crees que lo has conseguido. Pero vuelve el miedo, la inseguridad y eso que creías que ya no estaba ahora es más fuerte. Y aprovechas, escondido detrás de un avatar, a desnudarte cuando nadie te lee. Y esperas, esperas que no se vuelva en tu contra.

Un café con Sara

Quedé con Vanessa en El Café de la Luz a las cinco. Llevaba semanas hablando con ella, preparando la cita para una de sus próximas visitas...