viernes, 24 de noviembre de 2017
Un café con Sara
lunes, 4 de julio de 2016
(In)Segura
Llevaba una camiseta que había vivido tiempos mejores, de esas que relegamos al cajón de la ropa de dormir. Me había hecho un moño que sería la envidia del nido de cigüeña más perfecto. Y mejor no decir nada de mi ropa interior. No se me ocurrió pensar que sería él quien llamaba a mi puerta. Me empujó en cuanto abrí la puerta, atrapándome entre su cuerpo y la pared, deslizando la nariz por mi cuello y las manos por mis muslos desnudos. Jadeó en mi oído, besó cada centímetro de piel hasta llegar a mi boca para devorarla y yo sólo podía pensar en que llevaba las bragas más horrendas del mundo y no quería que las viera.
Sus manos siguieron subiendo bajo mi camiseta, amasando mis pechos por debajo de la tela ajada. Clavó los dientes en mi labio inferior. Gimió de gusto y yo me removí nerviosa cuando agarró el borde de mi camiseta y tiró de ella hacia arriba. Se apartó, mirándome, agaché la cabeza, observando mis pies descalzos, las uñas descascarilladas, fijándome en los blancas que tenía las piernas y en el repaso que necesitaba mi depilación.
Se agachó frente a mí, quería verme la cara. Se hirguió y yo levanté la cabeza para mirarle. Joder, qué guapo era, siempre tan perfecto. Me mordí el labio para que no temblara. La cabeza, a veces, funciona en su propia onda. De repente sólo podía pensar en las estrías que surcaban mi vientre y el granito inoportuno que había aparecido en mi cara; en que podía haber avisado para, al menos, haberme adecentado un poco.
Torció una sonrisa y se alejó de mí para acercarse a la cafetera. Sacó una taza más del armario sirvió dos cafés con leche largos y cargados. Se subió a la encimera y me llamó al hueco que quedaba entre sus piernas, abrazándome y hundiendo los labios en la maraña de pelo que coronaba mi cabeza antes de enredar sus dedos en el coletero y tirar de él, dejando mis rizos sueltos y desmadejados. Me acurruqué contra su pecho y él aprovechó para sobarme el trasero y dejar caer al suelo mi ropa interior. Subió las manos por mi espalda y, cuando quise darme cuenta, la tela raída pasaba entre nosotros y volaba hacia la otra punta de la cocina. Y allí, desnuda entre sus brazos, olvidé que aún tenía marcas de la almohada en las mejillas, que el tiempo había dibujado surcos alrededor de mi ombligo y que debía hacerme la pedicura. Porque allí, entre sus brazos, me sentía la mujer más segura del mundo.
viernes, 11 de marzo de 2016
A la mañana siguiente.
lunes, 15 de febrero de 2016
Quiza sea yo...
Cogí la taza de café entre las manos para calmar un frío que no sabía bien de dónde venía. Llevaba tiempo dando vueltas a aquella idea en mi cabeza. Un pensamiento que escocía y hacía daño, como si alguien te arañase las entrañas o apretara tu cuello hasta dejarte sin respiración.
Sólo era una idea que había ido creciendo y haciéndose fuerte, una pregunta que no dejaba de repetirse y que siempre respondía de la misma forma. Un "¿por qué te vas?" que me respondía sola. Y, después, un "¿qué hice mal?" y el sentimiento de culpa. Quizá no fui lo que esperabas, quizá no fui quien querías que fuera, no sé, no lo entiendo. Las cosas cambiaron de la noche a la mañana y quisiera creer que no fue por mi causa, aunque esa jodida voz en mi cabeza no deja de repetirme que algo malo tiene que haber en mí, algo que no encaja, algo que no sirve... Quizá sea yo en todo mi conjunto.
Di un trago al café amargo y suspiré. Quizá esa voz tenga razón. Ojalá se callara...
miércoles, 27 de enero de 2016
De musas y café frío.
He dado otro sorbo a mi café, ya está frío, pero paso de levantarme a calentarlo, seguro que la musa se me escapa si aparto la vista. Últimamente se fuga a la mínima de cambio, en cuanto me despisto, desaparece y tarda en volver. Todo se resiente, las letras, la vida, todo. Es sombrío, difuso y carente de sentido. Como si funcionara a marchas forzadas. Ella me calma o, tal vez sea esa forma suya de hacerme sacar lo que llevo dentro y no sé expresar de otra manera. El amor, la rabia, el dolor, las ganas... Ella lo hace fácil, lo hace brotar, como si vomitara las emociones en letras y las plasmara en un papel dándoles dorma bonita. Quizá por eso aprendí a que me gustara el café frío.
lunes, 14 de diciembre de 2015
Con fecha de caducidad.
miércoles, 9 de diciembre de 2015
Con el corazón en la mano.
viernes, 20 de noviembre de 2015
Besayúname...
Una mañana cualquiera, en una terraza cualquiera, en una calle cualquiera de una ciudad cualquiera. Dos manos se entrelazan sobre una mesa. Las miro unas milésimas de segundo y mis ojos viajan hasta los tuyos. Oscuros, profundos. Me pierdo en ellos, me sumerjo. Y tu sonrisa torcida me despista un instante. Sueltas mi mano, sujetas tu taza y das un trago largo. Veo como sube y baja tu nuez al tragar y hasta ese gesto involuntario hace que se me revuelvan las ganas de besarte. Observo tus labios, como los relames para saborear el café y acallo las voces que gritan en mi cabeza que soy yo quien debería saborearlos.
Me concentro en mi taza y en los dibujos que la espuma forma al revolverla con la cucharilla antes de llevármela a los labios. Y me deleito en ese trago pensando que ese debe ser ahora el sabor de tus besos. Amargo, intenso. Retiro la espuma que se ha quedado pegada en mi labio superior con la lengua. No puedo pasar por alto como tus ojos recorren el mismo camino que ella. Tu rodilla empieza a temblar bajo la mesa. Adivino el bailoteo de tu pie, tu nervosismo y tus ganas, parejas a las mías. Tu boca me apetece como esa galletita que han colocado en el plato junto al azucarillo sin abrir. Me bebo mis ganas en otro trago y miro alrededor. En otra mesa, unas mujeres hablan en voz baja, se ríen y nos miran de reojo. Sigues mi mirada y escondes esa sonrisa tuya en la taza. Te imito y me da la risa. Y te da la risa. Y tus ojos brillan de esa forma que hace que me derrita por dentro, que me tiemblen hasta las pestañas y se me enciendan las mejillas. Y, entonces, te inclinas sobre la mesa y me susurras una palabra. Esa palabra. La que me robaste en su día y yo nunca pedí que me devolvieras. Me inclino sobre la mesa, a escasos centímetros de tu boca. No puedo dejar de mirar tus labios entreabiertos. Unos milímetros y sólo aliento entre nosotros. Las mujeres se han callado y ahora miran con descaro. Lo repites. Un murmullo inaudible. Rompes la distancia que nos separa. Bebo de tus labios amargos por el sabor del café, dulces por el sabor a ti. Mi sabor preferido del mundo. Nos separamos y miras con urgencia el reloj.
Nos quedan pocos minutos y media taza de café, pero preferimos seguir bebiendo de nuestras bocas. Ya habrá tiempo de pedir otro café, cargado y en vena, por favor.
Un café con Sara
Quedé con Vanessa en El Café de la Luz a las cinco. Llevaba semanas hablando con ella, preparando la cita para una de sus próximas visitas...
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No recuerdo cuándo nos conocimos, no recuerdo cuando empezamos a interactuar ni cuándo comenzamos a seguirnos. No recuerdo cuál fue nuest...
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No recuerdo bien en qué ciudad estábamos, da igual. Estábamos tú y yo y la triste historia de tu cuerpo sobre el mío . Creo que Marwan so...
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