lunes, 28 de diciembre de 2015
Sigue leyendo
Si quieres que me desnude, sigue leyendo. Aquí no encontrarás kilómetros de piel expuesta, no verás unas curvas donde perderte o un cuerpo en el que hundirte. Aquí encontrarás un alma que grita, unos ojos que hablan, unas letras que calan. Lo que hay aquí dentro es una coraza abollada de tantos golpes, deslucida por lo salado de unas lágrimas que brotan, a menudo, con demasiada facilidad. Una coraza que esconde mucho, pero, si te fijas bien, deja ver más de lo que crees. Una coraza que encierra mucho miedo y muchas inseguridades, muchas tormentas sin amainar. También encontrarás un corazón que late, a veces frenético, otras, agónico; unos pulmones a los que, a menudo, les cuesta llenarse de aire; un estómago que se encoge ante un abrazo, repleto de mariposas que aletean con fuerza y lo revolucionan todo y se equivocan casi siempre; una cabeza que piensa demasiado, que razona lo irrazonable, que se desoye cuando le viene en gana y le cede las riendas al corazón para que actúe a sus anchas, ya le dirá eso de "te lo dije" cuando venga retorciéndose de dolor.
Sigue leyendo. Aquí leerás palabras que sangran, de esas que sólo se escriben cuando uno se abre en canal, de par en par, dejando todo al aire. Hay palabras bonitas, tristes; palabras que excitan, que incitan; palabras que pretenden hacerte sentir, recordar o, tal vez, olvidar. Aqui me encontrarás a mí, desnuda, porque no hay mayor desnudez que poner el alma en cada letra, escribir a corazón abierto, desangrarse en palabras...
Pasen y lean.
miércoles, 23 de diciembre de 2015
Resetear(me)
Necesito encontrar ese botón que lo apaga todo. Necesito fluir, dejarme llevar, que sea la inercia quien me mueva. No pensar. No sentir. Sólo un rato, algo momentaneo. Resetear cabeza y corazón para poder seguir. Soltar lastre. Olvidarme de todo. Descansar. Sonreír. Despreocuparme. RESPIRAR... Y volver a sentir.
viernes, 18 de diciembre de 2015
Oniria e Insomnia
He cerrado los ojos otra vez, intentando dormir. Y ya no sé si es la película que he visto antes de dormir o es que has cuelto a pasearte por mi mente sin permiso. O quizá, sólo quizá, es que ya no sé soñar si no es contigo y no hay quien coja el sueño cuando la cabeza y el corazón entran en el campo de batalla. Porque ella no quiere verte y él no quiere dejar de sentirte y, así, así no hay quien duerma.
Veo pasar las horas observando la oscuridad de mi habitación, esperando que el techo se me caiga encima en cualquier momento. Ya no puedo dormir, no quiero soñar. Son sólo recuerdos que se pasean, se solapan con imágenes de algo que nunca sucedió. Quizá un deseo, quizá un futuro que no llegó a ser, quien sabe. Sólo sé que te veo, nos veo, cada vez que cierro los ojos y duele. Es como si mis sueñpos fueran puñales que reabren heridas que aún no han cicatrizado del todo. O quizá sea mi memoria selectiva, empeñada en hacerme un daño que, algún día no podré sopoprtar.
Me rodea un vacío imenso, sumida en un cansancio que me arrastra a los brazos de Oniria mientras Insomnia se hace la fuerte y reclama su derecho a n dejarme dormir. Cierro los ojos otra vez y una sacudida me lanza al abismo de los sueños, donde ya no hay vuelta atrás. Sé que despertaré en algún momento de la noche, con el corazón encogido y el pecho convulsionando, con las lágrimas brotando y la garganta seca. Me abrazaré, hecha un ovillo, e intentaré minimizar el daño. De eso se trata, de levantarse y hacer como que nada ha pasado, como que tú no has pasado, como cada noche, sin permiso, por mis sueños.
lunes, 14 de diciembre de 2015
Con fecha de caducidad.
La nuestra era una de esas historias con fecha de caducidad.
De esas con principio de cuento y final de película. De esas que se van
degradando en el tiempo. La nuestra era una de esas historias que empiezan y acaban
en el mismo lugar. Sin darnos cuenta de que era el principio. Sin darnos cuenta
de que era el final. Una de esas historias que empiezan con una mirada, con un “no
puedo”. De esas que se viven con el estómago encogido no sabes si por nervios o
por mariposas. Con el corazón envalentonado, latiendo frenético. Sin coraza
porque la has dejado tirada en un rincón. ¿Para qué, si no me hará falta?
La nuestra era una de esas historias cortas que algunos
cuentan en dos frases y a otros les da para tres novelas. Una de esas con besos
y abrazos y paseos de la mano. Con saludos y despedidas en estaciones de tren.
Con café y cerveza. Con primeros besos. Con últimos besos. Con lugares
desconocidos. Con dos desconocidos. Porque eso éramos tú y yo, dos desconocidos
que jugaron a poder ser algo más. Que se abrazaron, que se besaron, que se tocaron…
Que caducaron.
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domingo, 13 de diciembre de 2015
De esas historias sin escribir...
De esas lluvias que no se cubren con un paraguas.
De esos fríos que no se quitan con un abrigo.
De esas heridas que no se curan con una tirita.
De esas cicatrices para las que no existe rosa mosqueta.
De esos inviernos sin calefacción.
De esos besos sin labios que besar.
De esas caricias sin piel tocar.
De ese corazón sin latidos.
De esa mirada apagada.
De ese suspiro perdido.
De ese amor sin amor...
De esos fríos que no se quitan con un abrigo.
De esas heridas que no se curan con una tirita.
De esas cicatrices para las que no existe rosa mosqueta.
De esos inviernos sin calefacción.
De esos besos sin labios que besar.
De esas caricias sin piel tocar.
De ese corazón sin latidos.
De esa mirada apagada.
De ese suspiro perdido.
De ese amor sin amor...
viernes, 11 de diciembre de 2015
Póker.
Aquí estoy, sentada en esta mesa de póker, sin saber jugar, con una mano horrible y él, guiando mis pasos, diciendome cuál debe ser la siguiente jugada, cuál es la carta que debo echar en el siguiente movimiento. Me empuja a su antojo, quiere jugar, disfrutar, divertirse sin importar las consecuencias. Paso a paso, sé que estoy perdiendo, que no voy a ganar esta partida como no gané las anteriores. Me he apostado el corazón y late agónico en el centro de la mesa. Pero quiere seguir jugando.
Me ha dicho que me apueste hasta el alma si es necesario, que acabe la partida. Y ahí está, mi alma desnuda haciéndole compañía en el centro de la mesa, junto al puñado de escusas y falsas promesas que has apostado, pero él no lo sabe y quiere seguir jugando.
Me apostado la inocencia y la autoestima, esa que tanto me cuesta ganar cada día. Las he arrastrado junto a todo lo que me queda hacia el centro de la mesa. Creo que necesito un whisky o algo más fuerte. Observo mis cartas, mi combinación perdedora, como siempre. Mi cerebro grita que una retirada a tiempo puede ser una victoria, pero yo enseño mis cartas y me resigno a perder, otra vez. Una más. Y, cuando recojo los resquicios de mis apuestas, pienso que demasiado poco he perdido siendo tan mala partida.
miércoles, 9 de diciembre de 2015
Con el corazón en la mano.
No lo sé, últimamente se me vuelan las horas del día sentada
junto a una taza de café que, casi siempre, acaba quedándose fría mientras
aporreo las teclas con cualquier estupidez que se me pase por la cabeza. Que si
amor, que si heridas, que si corazas, que si cicatrices. Y a mí lo único que me
apetece es sentarme en cualquier lugar que no sea este, junto a una taza de
café que se quede fría porque me importa un carajo el café, porque mis manos
vuelan sobre el teclado o dejan correr el bolígrafo por las hojas en blanco en
un arrebato de inspiración de estos que hacen que no puedas levantarte hasta
que el camarero se acerca y te dice que, por favor, vayas marchándote, que van
a cerrar. Pero sólo se me ocurren gilipolleces, minucias, y es que si te saco
de la ecuación, si dejo de pensar con el corazón, mis letras se resienten, se
vacían y quedan desinfladas. No tienen sentido alguno. Son borrones de
sentimientos que no pueden expresarse con palabras. Son miedos que tiemblan
igual que mi mano cuando quiero forzarme a escribir algo coherente. Son esa
canción que no termina de gustar. Esa tormenta que sólo deja el aire
enrarecido. Y es que yo aprendí a escribir con el bolígrafo en una mano y el
corazón en la otra, pero, claro, ahora al pobre le cuesta respirar y bastante
tiene con acordarse de cómo hacerlo. No quiero hacerle pensar, la última vez
casi se desangra y aún está cicatrizando. Se le saltan los puntos de sutura y
tiene unas cicatrices horribles. Creo que, desde la última vez, ha envejecido
cien años. Y, aún así, junto a esta taza de café que hace horas se quedó fría,
me ha dicho que tiene ganas de volver a sentir, de volver a emocionarse, de
correr hasta ahogarse, de revolucionar a las mariposas dormidas… Y yo, yo que
no sé negarle nada, le he dejado pensar, le he prestado un bolígrafo y ahí
está, desangrándose sobre una hoja en blanco mientras yo preparo otro café que
volverá a quedarse frío.
lunes, 7 de diciembre de 2015
Se me ha subido a la cabeza...
Perdóname, es que, a veces, el corazón se me sube a la
cabeza y no me deja pensar con claridad. Mi piel tiene memoria y recuerda tus
manos desfilando por mi cuerpo y, claro, a ver quién es la guapa que se
concentra cuando a mis labios les da por rememorar el beso que me has dado
antes de marcharte, con el sabor a café y tostadas del desayuno. O quizá sea
yo, que ya te encuentro en cada detalle, en cada esquina. Pero es que mi camisa
huele a tu colonia y mi pelo tiene la forma que le han dado tus dedos al colocarlo
tras mi oreja y, claro, a ver quién es la guapa que puede dejar a un lado todo
eso. Si hasta mis ojos se cierran solos para poder ver esa sonrisa que me
dedicaste anoche antes de dormir. Si mis piernas tiemblan sólo de recordar tu
cuerpo junto al mío y, claro, a ver quién es la guapa que olvida ahora ese
arrebato entre las sábanas y los susurros entrecortados que vibraban en tu
garganta y hacían eco en mis oídos. Pero, tranquilo, es sólo que el corazón se
me ha subido a la cabeza y y le ha dado por revolver en el cajón de los
recuerdos canturreando el vals de Amèlie y mi cabeza se ha quedado tonta y ya
no sabe razonar, pero pronto lo pongo todo en orden y recuerdo a ese músculo
bobo que aún nos quedan unas horas para que tus manos vuelvan a dejar recuerdos
en mi piel.
viernes, 4 de diciembre de 2015
Nadie está a salvo
Nadie está a salvo de sentir. Ni siquiera quien presume de
dejar el corazón en casa. Un día llega alguien que pone tu mundo patas arriba
con unas palabras, una caricia, una mirada… Alguien que consigue traspasar los
muros de tu coraza por muy altos y fuertes que sean. Alguien a quien cedes el
poder de curar tus heridas a sabiendas de que puede reabrirlas. Alguien que
ocupa tu mente, tu corazón, tus días, tus horas, tus minutos, tus segundos…
Alguien que consigue hacerse un hueco entre tus miedos, que te regala certezas
de las que más asustan, de las que te cuentan que el corazón te sigue a todas
partes aunque intentes dejarlo bajo llave en una caja de seguridad. Alguien a
quien tu miedo puede hacerte alejar de tu vida, impedirte aceptar que, ni
siquiera tú, que presumes de dejar el corazón en casa, estás a salvo de
enamorarte.
miércoles, 2 de diciembre de 2015
Tormentas
El día despuntaba con las calles mojadas por la lluvia. La
tormenta de la noche anterior había tenido una réplica brutalmente exacta en mi
interior. Mi cabeza tronaba entre pensamientos, recuerdos y una resaca
monumental que había fraguado poco a poco a base de chupitos de vodka y bebidas
con nombres divertidos y colores brillantes. La ciudad se despertaba
lentamente. Pronto el tráfico lo inundaría todo y las calles se llenarían de
gente. A esa hora, mis tacones resonaban en el asfalto con un eco lejano y el
soniquete de la loza de las vajillas asomándose a las ventanas. La ciudad
entera olía a café y tostadas. O quizá fuera yo. O mi estómago vacío de nada
que no llevara alcohol. Tenía que recordarme a mí misma cómo caminar, pensar
antes de poner un pie delante del otro. ¿Cómo había llegado a aquel estado en
que apenas sabía dónde estaba y, sin embargo, lo sabía perfectamente? Estaba
dando un rodeo, lo que fuera por no llegar a casa y meterme en aquella cama inmensa
y vacía en la que mi tormenta mental se transformaba en un huracán
incontrolable que se desbordaba inundándolo todo de lágrimas y sollozos que
ahogaba contra una almohada cansada de tragar tanto, de aguantar tanto, de
escuchar tanto…
He dejado los tacones en la entrada. Mi ropa ha ido cayendo
esparcida por el suelo de esa caja de zapatos que parece tan enorme desde que
te fuiste. Y me he hecho un ovillo entre las mantas y el nórdico esperando que
el último chupito, el que he bebido directamente de la botella antes de
acostarme, haga amainar la tormenta.
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