viernes, 18 de diciembre de 2015
Oniria e Insomnia
He cerrado los ojos otra vez, intentando dormir. Y ya no sé si es la película que he visto antes de dormir o es que has cuelto a pasearte por mi mente sin permiso. O quizá, sólo quizá, es que ya no sé soñar si no es contigo y no hay quien coja el sueño cuando la cabeza y el corazón entran en el campo de batalla. Porque ella no quiere verte y él no quiere dejar de sentirte y, así, así no hay quien duerma.
Veo pasar las horas observando la oscuridad de mi habitación, esperando que el techo se me caiga encima en cualquier momento. Ya no puedo dormir, no quiero soñar. Son sólo recuerdos que se pasean, se solapan con imágenes de algo que nunca sucedió. Quizá un deseo, quizá un futuro que no llegó a ser, quien sabe. Sólo sé que te veo, nos veo, cada vez que cierro los ojos y duele. Es como si mis sueñpos fueran puñales que reabren heridas que aún no han cicatrizado del todo. O quizá sea mi memoria selectiva, empeñada en hacerme un daño que, algún día no podré sopoprtar.
Me rodea un vacío imenso, sumida en un cansancio que me arrastra a los brazos de Oniria mientras Insomnia se hace la fuerte y reclama su derecho a n dejarme dormir. Cierro los ojos otra vez y una sacudida me lanza al abismo de los sueños, donde ya no hay vuelta atrás. Sé que despertaré en algún momento de la noche, con el corazón encogido y el pecho convulsionando, con las lágrimas brotando y la garganta seca. Me abrazaré, hecha un ovillo, e intentaré minimizar el daño. De eso se trata, de levantarse y hacer como que nada ha pasado, como que tú no has pasado, como cada noche, sin permiso, por mis sueños.
lunes, 14 de diciembre de 2015
Con fecha de caducidad.
La nuestra era una de esas historias con fecha de caducidad.
De esas con principio de cuento y final de película. De esas que se van
degradando en el tiempo. La nuestra era una de esas historias que empiezan y acaban
en el mismo lugar. Sin darnos cuenta de que era el principio. Sin darnos cuenta
de que era el final. Una de esas historias que empiezan con una mirada, con un “no
puedo”. De esas que se viven con el estómago encogido no sabes si por nervios o
por mariposas. Con el corazón envalentonado, latiendo frenético. Sin coraza
porque la has dejado tirada en un rincón. ¿Para qué, si no me hará falta?
La nuestra era una de esas historias cortas que algunos
cuentan en dos frases y a otros les da para tres novelas. Una de esas con besos
y abrazos y paseos de la mano. Con saludos y despedidas en estaciones de tren.
Con café y cerveza. Con primeros besos. Con últimos besos. Con lugares
desconocidos. Con dos desconocidos. Porque eso éramos tú y yo, dos desconocidos
que jugaron a poder ser algo más. Que se abrazaron, que se besaron, que se tocaron…
Que caducaron.
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domingo, 13 de diciembre de 2015
De esas historias sin escribir...
De esas lluvias que no se cubren con un paraguas.
De esos fríos que no se quitan con un abrigo.
De esas heridas que no se curan con una tirita.
De esas cicatrices para las que no existe rosa mosqueta.
De esos inviernos sin calefacción.
De esos besos sin labios que besar.
De esas caricias sin piel tocar.
De ese corazón sin latidos.
De esa mirada apagada.
De ese suspiro perdido.
De ese amor sin amor...
De esos fríos que no se quitan con un abrigo.
De esas heridas que no se curan con una tirita.
De esas cicatrices para las que no existe rosa mosqueta.
De esos inviernos sin calefacción.
De esos besos sin labios que besar.
De esas caricias sin piel tocar.
De ese corazón sin latidos.
De esa mirada apagada.
De ese suspiro perdido.
De ese amor sin amor...
viernes, 11 de diciembre de 2015
Póker.
Aquí estoy, sentada en esta mesa de póker, sin saber jugar, con una mano horrible y él, guiando mis pasos, diciendome cuál debe ser la siguiente jugada, cuál es la carta que debo echar en el siguiente movimiento. Me empuja a su antojo, quiere jugar, disfrutar, divertirse sin importar las consecuencias. Paso a paso, sé que estoy perdiendo, que no voy a ganar esta partida como no gané las anteriores. Me he apostado el corazón y late agónico en el centro de la mesa. Pero quiere seguir jugando.
Me ha dicho que me apueste hasta el alma si es necesario, que acabe la partida. Y ahí está, mi alma desnuda haciéndole compañía en el centro de la mesa, junto al puñado de escusas y falsas promesas que has apostado, pero él no lo sabe y quiere seguir jugando.
Me apostado la inocencia y la autoestima, esa que tanto me cuesta ganar cada día. Las he arrastrado junto a todo lo que me queda hacia el centro de la mesa. Creo que necesito un whisky o algo más fuerte. Observo mis cartas, mi combinación perdedora, como siempre. Mi cerebro grita que una retirada a tiempo puede ser una victoria, pero yo enseño mis cartas y me resigno a perder, otra vez. Una más. Y, cuando recojo los resquicios de mis apuestas, pienso que demasiado poco he perdido siendo tan mala partida.
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