domingo, 13 de diciembre de 2015

De esas historias sin escribir...

De esas lluvias que no se cubren con un paraguas.
De esos fríos que no se quitan con un abrigo.
De esas heridas que no se curan con una tirita.
De esas cicatrices para las que no existe rosa mosqueta.
De esos inviernos sin calefacción.
De esos besos sin labios que besar.
De esas caricias sin piel tocar.
De ese corazón sin latidos.
De esa mirada apagada.
De ese suspiro perdido.
De ese amor sin amor...

viernes, 11 de diciembre de 2015

Póker.


Aquí estoy, sentada en esta mesa de póker, sin saber jugar, con una mano horrible y él, guiando mis pasos, diciendome cuál debe ser la siguiente jugada, cuál es la carta que debo echar en el siguiente movimiento. Me empuja a su antojo, quiere jugar, disfrutar, divertirse sin importar las consecuencias. Paso a paso, sé que estoy perdiendo, que no voy a ganar esta partida como no gané las anteriores. Me he apostado el corazón y late agónico en el centro de la mesa. Pero quiere seguir jugando.
Me ha dicho que me apueste hasta el alma si es necesario, que acabe la partida. Y ahí está, mi alma desnuda haciéndole compañía en el centro de la mesa, junto al puñado de escusas y falsas promesas que has apostado, pero él no lo sabe y quiere seguir jugando.
Me apostado la inocencia y la autoestima, esa que tanto me cuesta ganar cada día. Las he arrastrado junto a todo lo que me queda hacia el centro de la mesa. Creo que necesito un whisky o algo más fuerte. Observo mis cartas, mi combinación perdedora, como siempre. Mi cerebro grita que una retirada a tiempo puede ser una victoria, pero yo enseño mis cartas y me resigno a perder, otra vez. Una más. Y, cuando recojo los resquicios de mis apuestas, pienso que demasiado poco he perdido siendo tan mala partida.

miércoles, 9 de diciembre de 2015

Con el corazón en la mano.



No lo sé, últimamente se me vuelan las horas del día sentada junto a una taza de café que, casi siempre, acaba quedándose fría mientras aporreo las teclas con cualquier estupidez que se me pase por la cabeza. Que si amor, que si heridas, que si corazas, que si cicatrices. Y a mí lo único que me apetece es sentarme en cualquier lugar que no sea este, junto a una taza de café que se quede fría porque me importa un carajo el café, porque mis manos vuelan sobre el teclado o dejan correr el bolígrafo por las hojas en blanco en un arrebato de inspiración de estos que hacen que no puedas levantarte hasta que el camarero se acerca y te dice que, por favor, vayas marchándote, que van a cerrar. Pero sólo se me ocurren gilipolleces, minucias, y es que si te saco de la ecuación, si dejo de pensar con el corazón, mis letras se resienten, se vacían y quedan desinfladas. No tienen sentido alguno. Son borrones de sentimientos que no pueden expresarse con palabras. Son miedos que tiemblan igual que mi mano cuando quiero forzarme a escribir algo coherente. Son esa canción que no termina de gustar. Esa tormenta que sólo deja el aire enrarecido. Y es que yo aprendí a escribir con el bolígrafo en una mano y el corazón en la otra, pero, claro, ahora al pobre le cuesta respirar y bastante tiene con acordarse de cómo hacerlo. No quiero hacerle pensar, la última vez casi se desangra y aún está cicatrizando. Se le saltan los puntos de sutura y tiene unas cicatrices horribles. Creo que, desde la última vez, ha envejecido cien años. Y, aún así, junto a esta taza de café que hace horas se quedó fría, me ha dicho que tiene ganas de volver a sentir, de volver a emocionarse, de correr hasta ahogarse, de revolucionar a las mariposas dormidas… Y yo, yo que no sé negarle nada, le he dejado pensar, le he prestado un bolígrafo y ahí está, desangrándose sobre una hoja en blanco mientras yo preparo otro café que volverá a quedarse frío.

lunes, 7 de diciembre de 2015

Se me ha subido a la cabeza...



Perdóname, es que, a veces, el corazón se me sube a la cabeza y no me deja pensar con claridad. Mi piel tiene memoria y recuerda tus manos desfilando por mi cuerpo y, claro, a ver quién es la guapa que se concentra cuando a mis labios les da por rememorar el beso que me has dado antes de marcharte, con el sabor a café y tostadas del desayuno. O quizá sea yo, que ya te encuentro en cada detalle, en cada esquina. Pero es que mi camisa huele a tu colonia y mi pelo tiene la forma que le han dado tus dedos al colocarlo tras mi oreja y, claro, a ver quién es la guapa que puede dejar a un lado todo eso. Si hasta mis ojos se cierran solos para poder ver esa sonrisa que me dedicaste anoche antes de dormir. Si mis piernas tiemblan sólo de recordar tu cuerpo junto al mío y, claro, a ver quién es la guapa que olvida ahora ese arrebato entre las sábanas y los susurros entrecortados que vibraban en tu garganta y hacían eco en mis oídos. Pero, tranquilo, es sólo que el corazón se me ha subido a la cabeza y y le ha dado por revolver en el cajón de los recuerdos canturreando el vals de Amèlie y mi cabeza se ha quedado tonta y ya no sabe razonar, pero pronto lo pongo todo en orden y recuerdo a ese músculo bobo que aún nos quedan unas horas para que tus manos vuelvan a dejar recuerdos en mi piel.

Un café con Sara

Quedé con Vanessa en El Café de la Luz a las cinco. Llevaba semanas hablando con ella, preparando la cita para una de sus próximas visitas...